Matrimonios Cristianos – Creencias Acerca del Amor 2

 

Continuemos.

Esto es lo más maravilloso que podía ocurrirles, piensa nuestra joven pareja. Y desearían estar juntos las 24 horas del día; caminar bajo la lluvia o sentarse cerca del fuego, abrazar­se, mimarse, besarse y hasta morderse. Se dan cuenta que experimentan los mismos deseos y sensaciones y no pasa mucho tiempo en que no comiencen a hablar de matrimonio. Acuerdan una fecha, reservan el templo, hablan con el minis­tro religioso y ordenan las flores.

Después de estos prelimina­res llega la gran noche, entre las lágrimas de las madres y las abuelas, las sonrisas de los padres y la envidia de los amigos, y los niños pequeños que van lanzando flores al paso del cortejo nupcial. Las velas del templo están encendidas y un solista del coro o un familiar de los novios entonan una bella canción.

La pareja formula los votos matrimoniales, se intercambian los anillos entre dedos temblorosos, y el pastor invita al novio a besar a su flamante esposa, y luego salen por el pasillo, mien­tras los «flashes» de los fotógrafos destellan una y otra vez. La pareja se dirige al salón donde va a celebrarse la fiesta, y los invitados expresan sus buenos deseos a los nuevos cónyuges.

Se corta la torta y por último, los flamantes esposos salen del salón bajo una lluvia de papelitos y de arroz para comenzar, llenos de entusiasmo, su luna de miel. De esta forma, el hermoso sueño se mantendrá en alto, durante esos días robados a la vida real.

La primera noche de luna de miel en el hotel, no sólo resulta menos excitante de lo que se habían imaginado, sino que hasta suele convertirse en un drama tragicómico. Ella se siente tensa y cansada mientras él se muestra con una «falsa» autoconfianza. De este modo la pareja se enfrentan con la iniciación sexual bajo el temor de un posible fracaso.

Sus amplias expectaciones acerca de lo que serán sus relaciones sexuales pueden ser trastornadas por el temor, la decepción o la frustración. Muchos seres humanos padecen de un deseo neurótico de sentirse competentes en la relación sexual y echan la culpa de sus fracasos en lograr la plenitud de sus expectativas al otro miembro de la pareja. De aquí comienzan a aparecer notas discordantes de amargura y resentimiento en su relación.

Al día siguiente de esa primera noche, a las tres de la tarde, él se detiene a pensar un momento sobre el asunto en cues­tión: «¿Me habré equivocado al casarme?» El silencio de él aumenta la ansiedad de ella. Y la semilla de la desilusión empieza a desarrollarse. En ese momento, cada uno de ellos tiene tiempo de pensar sobre las consecuencias de su nueva situación y ambos se sienten atrapados dentro de la misma.

Entonces surge la primera desavenencia por una tonte­ría: «No están de acuerdo en la cantidad de dinero que pueden gastar en la cena de su tercera noche de luna de miel». Ella desea ir a un lugar romántico que tenga un ambiente apropia­do. El prefiere ir a cenar al restaurante más económico de la ciudad. La llama de la desarmonía se eleva sólo unos minutos, pero rápidamente es sofocada en medio de mutuas disculpas, pero ya el antiguo sueño de maravillas en común ha sido afectado por un elemento mordaz e incisivo. Y a partir de entonces, aprenderán a hacerse daño mutuamente de modo más efectivo.

No obstante, realizan su viaje de bodas en seis días y finalmente regresan para instalarse en su nuevo hogar para comenzar una vida juntos. A partir de entonces, el mundo empieza a desintegrarse y se va haciendo pedazos ante la pareja recién casada. La siguiente desavenencia es más acalo­rada y amarga que la primera. Él se va de la casa durante dos horas, y ella llama por teléfono a su mamá.

Durante el primer año de matrimonio la pareja va a enfrentarse en una lucha constante de voluntades que cada uno intentará imponerse el uno al otro. En medio de esta batalla campal, ella sale de la consulta del ginecólogo con unas palabras resonándole en los oídos: «Señora Rodríguez, tengo una buena noticia para us­ted: está embarazada». Y, precisamente, en ese momento lo menos que desea la señora Rodríguez son «las buenas noticias» de un ginecólogo.

A partir de este instante y hasta el conflicto final, tendremos a dos jóvenes desengañados y frustrados, que se preguntan a sí mismos cómo pudo haber ocurrido todo lo que están viviendo. También hay que añadirles la presencia de un pequeño inocente que nunca podrá disfrutar los bene­ficios de un hogar estable. Será educado fundamentalmente por su madre, y preguntará siempre: «Mamá, ¿dónde está mi papa?”.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Lo Que Las Esposas Desean Que los Maridos Sepan Sobre las Mujeres”

Por James Dobson

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