Matrimonios Cristianos – Guía Básica Para los que Quieren Casarse 4

 

Continuemos.

Terminaste contestando lo que todos: un par de cajoncitos en el dormitorio y alguno que otro más en el galpón de herramientas. Todo lo demás, es propiedad de ella.

Sin animosidad de comparar, como un fiel ovejero alemán, ellas van marcando su territorio de a poco, sin que te des cuenta. Cuando te per­catas, absolutamente toda tu casa pasa a ser ocupada por los imple­mentos personales de tu esposa.

Llegamos otro concienzudo ejer­cicio: recorre mentalmente el sanita­rio de tu casa y trata de recordar qué espacio ocupan tus efectos per­sonales de limpieza. ¡Acertaste! Apenas un rinconcito, donde le dejan amontonar tímidamente tu afeitadora y un cepillo de dientes (siempre y cuando, no se te ocurra ocupar más que eso). Todo el espa­cio de ella está invadido por cre­mas, potes con contenidos sospe­chosos, cepillos, secadores de cabe­llo y shampú (que, obviamente, ni se te ocurra utilizar, ya que son para un tratamiento especial para su cabello, que no es el mismo que el tuyo, que puedes arreglarte con cualquier cosa)… alicates, depiladoras, tijeritas, anteojos, hisopos, cre­mas humectantes y otros efectos desconocidos de ella.

Como verás, estimado hombre ingenuo, la mujer lo ha invadido todo bajo tus propias narices, y por razones de sentido común, la casa no es tan tuya como creías.

Antes de pasar al siguiente punto, realiza una sincera oración y agradece a Dios, que todavía le deja dormir allí.

 

11. El Hombre Come, la Mujer Consume Calorías.

Un varón en un restaurante puede ordenar sin el menor remor­dimiento, un sándwich con doble carne, huevo frito, tocino en canti­dad industrial, jamón, tomate, pepi­nillos, queso y condimentos. Ella en cambio, ordenará una espantosa ensalada de berro y espárragos que calmarán su conciencia e intentarán mantener su figura. Aunque luego se la pasará sacándole las papas fri­tas a su esposo y pellizcando todo lo que él haya pedido.

 

12. Las Vacaciones Para el Hombre son un Tiempo de Descanso, Para Ella, un Motivo Para Estresarse.

El varón no tiene problemas de ir a la playa y parecer un «blanco- enfermo», y que todos crean que lo sacaron de terapia intensiva porque su última voluntad era morir miran­do el mar. Y mucho menos se preo­cupa si tiene panza; por el contrario, la exhibe como un trofeo ganado con mucho sacrificio y esfuerzo.

Por otra parte, la mujer no tiene manera de disimular aquello que no le agrada de su cuerpo, y siente que está obligada a exponerlo al mundo, sencillamente porque están en vaca­ciones. Si se pone una malla enteri­za cree que se transforma en un huevo de pascua; si se pone una malla de dos piezas, se siente un hipocampo. Aunque nadie le presta demasiada atención, ella está segura que todos notan que los elásticos de la malla le hacen el efecto «bandoneón». Por si fuera poco, descubre con horror, que tiene más celulitis que el año pasado, y algunas estrías ya parecen cráteres lunares.

-No vengo más -dice enojada- me vengo cuidando todo el año con las comidas, mi vida es una ensala­da con pan integral, y por venir de vacaciones y cenar a la par tuya, ¡estoy comiendo como un huérfano!

 

13. El Hombre va a Comprar y la Mujer va de Compras.

Aunque todo hombre es dema­siado básico para el gusto general de cualquier mujer, tiene a favor que es extremadamente pragmático y directo. ¿Cómo resume un varón el trá­mite de ir a comprarse una camisa?

-Buenas tardes, andaba buscan­do una camisa blanca.

-¿De qué tipo?

-Blanca común, para usar con corbata.

-¿Qué talle tiene? Large, me parece.

-¿Le gusta esta? ¿Se la quiere probar?

-No hace falta. ¿Seguro que es large?

-Segurísimo.

-La llevo.

Esto en versión femenina podría estresar a un monje tibetano que se instaló a vivir en la casa de las pra­deras junto a la familia Ingalls.

Quiero un pantalón que sea tiro largo, pero no muy largo; que sea moderno, pero tampoco algo muy «onda adolescente» (porque a mi edad no creo que me quede), pero que tampoco sea antiguo y parezca una vieja. Fíjese también que no me achate la cola y que me oculte los rollos de la panza, y fíje­se que no me haga petisa, porque hay pantalones que me achican y otros que me estilizan, debe ser por el corte.

Si la atendiera un hombre pro­medio, la respuesta más adecuada sería: «¿Pero usted qué busca? ¿Un pantalón o un milagro?»

(CONTINÚA…)

Por Dante Gebel

Tomado de la Revista Ediciones G

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