Matrimonios Cristianos – La Fatiga y el Agotamiento Femenino 2

 

Continuemos.

Recuerdo bien el día en que mi esposa puso a Ryan que tenía catorce meses, sobre la mesa para cambiarle el pañal. Tan pronto como se lo quitó Ryan orinó y manchó basta la pared. Shirley no bien había terminado de limpiar, cuando sonó el teléfono. Mientras ella contestaba, Ryan sufrió un «ataque de diarrea» y ensució la cuna y toda su ropa. Pacientemente mi esposa bañó al niño, limpió la cuna y el piso y le cambió la ropa ya a punto de caer rendida. Cuando ya Ryan estaba limpio lo cargó y amorosamente lo apoyó en su hombro, entonces el pequeñín le vomitó encima todo el desayuno que había tomado. La ensució a ella y él quedó de nuevo todo sucio.

Shirley me dijo esa tarde que pensaba replantear sus responsabilidades en el hogar, para ver si días como este se podrían describir en letra de molde. De más está decir que esa noche toda la familia fue invitada a cenar afuera.

La presentación acerca de la fatiga de las madres no sería completa si no mencionamos las horas de la tarde. Estas son las más difíciles del día para aquellas madres que tienen hijos pequeños. Mucho se ha escrito últimamente acerca de la crisis mundial de energía, pero nada hay comparable al «bajón» de energías que experimenta una madre en estas horas. El mo­mento de la cena se acerca, y después hay que lavar los platos. Ella se siente cansada pero ahora tiene que lidiar con los niños para que vayan a la cama. Hay que dañarlos, que se laven los dientes, ponerle pañales, leerles cuentos y orar con ellos. Luego tendrá que llevarles vasos de agua todas las veces que pidan. Esto no sería tan difícil si los niños quisieran en verdad dormir. Pero no es así. Ellos desarrollan refinadas técnicas para resistir y posponer el momento de dormir. Para los niños es tonto aquel que no logra mantener un proceso que debe durar unos diez minutos a más de una hora. Y al fin cuando la madre ha terminado el proceso y sale del cuarto a punto de caerse, su marido la espera apasionado para compartir abrazos y besos en la cama. ¡Bonito momento para hacer el amor!

Ahora miremos el problema del cansancio y de la vida apresurada desde la perspectiva infantil. ¿Cómo enfrentan ellos la vida familiar con su constante y agitado ir y venir?

Primero, ellos se dan cuenta de la presión que existe en el hogar, aunque los padres quieran ignorarla o negarla. Un padre me contó que una vez estaba amarrando los cordones de los zapatos de su hijo, y no se daba cuenta de lo apurado que lo hacía. El niño lo observó cuidadosamente y le preguntó:

—¿Estás apurado otra vez, papi? La pregunta certera le llegó al corazón y contestó:

—Sí, hijo, creo que siempre estamos de prisa —fue lo único que pudo decir pesarosamente.

El punto de vista infantil fue expresado de forma hermosa por una niña de nueve años que escribió acerca de lo que ella pensaba que era una abuela. Creo que usted apreciará la increíble profundidad de los conceptos expuestos por esta niña de segundo grado.

¿Qué es una Abuela?

«Una abuela es aquella mujer que no tiene niños propios. Le gustan los hijos de las otras personas. Un abuelo es como una abuela, con la diferencia que él es un hombre. Le gusta caminar con sus nietos, y que ellos le hablen de pesca, y de toda clase de pequeñeces.

La abuela no hace nada, excepto lo que se le presente. Es vieja, de manera que no puede jugar fuerte o correr rápido. Así que basta con que nos lleve al supermercado a cabalgar en los caballitos mecánicos. Y siempre tendrá las monedas listas para irlas poniendo a fin de que sigan funcionando. Y si nos saca a caminar, irá lentamente pisando las hojas caídas de los árboles.

Jamás la abuela dirá: «Vamos, niños, apúrense».

Por lo general, las abuelas son gordas, pero siempre se las arreglan para poder atarnos los cordones de los zapatos. Usan lentes y ropa muy graciosa. Y se pueden sacar los dientes y mostrár­telos. Las abuelas no son personas inteligentes. Sólo tienen que responder a preguntas sencillas como: «Abuela, ¿Dios está casado?», o ¿Por qué los perros persiguen a los gatos?»

Las abuelas siempre nos hablan en un idioma fácil, y no como las visitas a quienes es difícil entender. Y cuando nos leen un cuento, no protes­tan, ni nos recuerdan que ya lo han leído varias veces.

Cada niño debería tratar de tener una abuela. Especialmente, si no tiene televisión. Porque ellas son la únicas entre los adultos que siempre tienen tiempo».

(CONTINÚA…)

Extracto del libro «Lo que las Esposas Desean que los Maridos Sepan Sobre las Mujeres»

Por James Dobson

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