cristo-responde-a-nuestra-necesidad-de-amorMatrimonios Cristianos – Cristo Responde a Nuestra Necesidad de Amor 1

 

Todo el mundo sabe que necesitamos amor. Nadie duda que tener y dar amor es fundamental para una vida realizada. No obstante, hay pocas personas entera­das de que nuestra sociedad tiene una perspectiva con­fusa del amor. La cultura popular, particularmente como se expresa en la televisión y en las películas, proyecta un panorama de novela sentimental que intenta convencer a la población de que el romance es lo único de lo que se trata el amor. En realidad, cuando se analiza cuidado­samente, se nota con claridad que el romance es tan distinto al amor, que nos hace dudar si debiéramos considerarlo siquiera como una forma de amor.

El romance es egocéntrico. Si se requiriera prueba de ello, sólo hay que prestar atención a las palabras en las canciones populares de amor. Ellas proporcionarán toda la evidencia necesaria para formar un caso sobre el egocentrismo del romance. Oigalas cuando vienen a través de las ondas radiales o en las grabaciones. Escúchelas con cuidado mientras el «artista» dice: «Te necesito; te deseo; no puedo vivir sin ti». El énfasis total de la canción es «yo». A primera vista pareciera que la otra persona sea importante, cuando en realidad es la satisfacción del ego del amante que es preeminente en la letra de las cancio­nes populares.

Repasando mi propia vida, puedo reflexionar en el egocentrismo de mis relaciones románticas. Cuando era estudiante universitario, salí regularmente con una mu­chacha como por un año y medio. Después de ese tiempo ella había tenido suficiente de mí, y decidió darme «calabazas». Yo estaba por lo menos contrariado, no tanto porque la había perdido sino porque había sido un golpe para mi ego. Me dijo que todo había terminado, y recuer­do que yo le dije: No me puedes hacer eso. Te necesito, te quiero; mi vida no tiene significado sin ti.

Ella respondió de una manera desinteresada: -¡Caramba, qué vergüenza!

Merecía la respuesta. Después de todo, la única razón que le ofrecí para que se quedara conmigo era para servir a mi propio interés. Yo la necesitaba. Yo la quería. Estaba preocupado por lo que ella me estaba haciendo a mí. En ninguna de mis declaraciones románticas había dicho algo que expresa­ra un interés por ella. Esa es la naturaleza del romance; es egocéntrico. Por eso es que una prominente escritora en el campo del amor y del romance sostiene que el romance ni se debiera llamar amor.

Según 1 Corintios 13:4-8, el amor no tiene ninguna de las características egocéntricas del romance.

El primer problema con el romance es que no es muy estable. Una persona normal tiene por lo menos seis experiencias románticas antes del matrimonio. La mayo­ría de nosotros tiene un ardor romántico tras otro. Se admite que hay algunas perso­nas que tienen una gran experiencia romántica y afirman que les dura toda una vida. Pero esas personas son pocas. Son mucho más raras de lo que los románticos nortea­mericanos queremos admitir. Por lo general, somos per­sonas que nos enamoramos y desamoramos hasta que llegamos a la edad en que la sociedad dice que debiéra­mos estar casados. En los Estados Unidos la edad para los hombres es como de 23 años; para las mujeres es como de 21 años. Por lo regular, lo que sucede es que las personas se casan con quien sea que estén románticamente relacionados durante esas edades pres­critas por la sociedad para casarse.

Eso hará que la mayoría de la gente casada me pregunte: «¿Sugiere que si yo hubiera esperado diez años, pude haberme casado con una persona diferente con la que estoy casado?»

¡Probablemente sí! En esos 10 años usted hubiera teni­do relaciones románticas con varios cónyuges posibles. Sin la experiencia de vivir juntos en el matrimonio, usted y su cónyuge se hubieran desarrollado y cambiado en formas tan diferentes que probablemente no habrían sido atraídos el uno al otro si se hubieran conocido una década después.

Una vez casados, el romance muestra a menudo seña­les de declinación rápida. Según la investigación realiza­da por los sociólogos W.F. Nimkoff y Arthur L. Wood, el romance disminuye como en un ochenta por ciento de intensidad durante los primeros dos años de matri­monio. No nos gusta oír esas cosas y, cuando hago estas declaraciones, la gente exclama: «¡No es cierto! ¡No es cierto!» Pero sí es cierto, aunque la mayoría de la gente se niegue a admitirlo.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Es Viernes Pero el Domingo Viene”

Por Tony Campolo

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