Pensamientos – Apoyándose en su Palabra

 

Pasaje clave: «Había allí, junto a la puerta de las Ovejas, un estanque… En esos pórticos se hallaban tendidos muchos enfermos, ciegos, cojos y paralíticos» (Juan 5:2-3).

Jesús se encuentra con el hombre cerca de un gran estanque al norte del templo de Jerusalén. Mide aproximadamente cien­to diez metros de largo, cuarenta de ancho y tres de profun­didad. Una columnata con cinco pórticos domina el cuerpo de agua.

Se llama Betesda. Una corriente de agua subterránea hacía que ocasionalmente el estanque burbujeara. La gente creía que las burbujas eran causadas por la agitación de las alas de un ángel. También creían que la primera persona en tocar el agua después de que lo hiciese el ángel sería sanada.

Imagínese un campo de batalla cubierto de cuerpos heri­dos y puede ver a Betesda. Un sinfín de gemidos. Un campo de necesidades sin rostro. La mayoría pasaba de largo ignoran­do a las personas.

Pero no así Jesús. Él está en Jerusalén para una fiesta. Está solo. No está allí con el fin de enseñar a los discípulos ni para atraer a una multitud. La gente lo necesita… por eso está allí.

¿Se lo puede imaginar? Jesús caminando entre los que sufren. Ha venido gente de muchos kilómetros a la redonda para encontrarse con Dios en el templo. No se imaginan que esté con los enfermos. No es posible que piensen que el joven y fuerte carpintero que observa la harapienta escena de dolor es Dios.

Antes de que Jesús lo sane, le formula una pregunta: «¿Quieres quedar sano?»

«Señor… no tengo a nadie que me meta en el estanque cuando se agita el agua, y cuando trato de hacerlo, otro se mete antes» (Jn 5:6-7).

¿Se está quejando el hombre? Quién sabe. Pero antes de que dediquemos mucho tiempo a este pensamiento, observe lo que sucede a continuación.

«—Levántate, recoge tu camilla y anda —le contestó Jesús. Al instante aquel hombre quedó sano, así que tomó su camilla y echó a andar» (w. 8-9).

Ojalá pudiésemos hacer eso. Desearía que aprendiésemos que lo que Él dice ocurre. Cuando Jesús nos diga que nos levantemos, hagámoslo.

Extracto del libro «3.16 Los Números de la Esperanza»

Por Max Lucado

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