Pensamientos – Avergonzado

 

Al día siguiente Juan vio a Jesús que se acercaba a él, y dijo: «¡Aquí tienen al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!» (Juan 1:29)

Cada aspecto de la crucifixión tenía el propósito no solo de hacer sufrir a la víctima, sino avergonzarla. Por lo general, la muerte de cruz estaba reservada para los delincuentes más viles: esclavos, asesinos y así por el estilo. A la persona conde­nada se la hacía caminar por las calles de la ciudad, cargando el travesaño de la cruz y llevando colgada del cuello una pla­ca donde se indicaba su delito. En el lugar de la crucifixión lo desnudaban y se mofaban de él.

La crucifixión era tan aborrecible que Cicerón escribió: «Alejen hasta el nombre de la cruz no solo del cuerpo de un ciudadano romano, sino aun de sus pensamientos, ojos y oídos».

Jesús no solo fue avergonzado ante su pueblo, sino que fue avergonzado también ante el cielo.

Ya que cargó con los pecados de homicidio y adulterio, sintió la vergüenza del homicida y del adúltero. Aunque nunca mintió, cargó con la vergüenza del mentiroso. Aunque nunca engañó, sintió la vergüenza de un engañador. Como llevó el pecado del mundo, sintió la vergüenza colectiva del mundo.

Mientras estuvo en la cruz, Jesús sintió la indignidad y la vergüenza de un criminal. No, no era culpable. No, él no había cometido pecado. Y, no, no merecía ser sentenciado. Pero tú y yo sí lo merecíamos. Y estuvimos en pecado y fui­mos culpables.

Pero «Él tomó nuestro lugar» (ver Gálatas 3:13).

Extracto del libro “3:16 Los Números de la Esperanza”

Por Max Lucado

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