IIC_MC_VOL01_003Relatos – Los Personajes de la Primera Navidad 2

 

 

María

Mi nombre es María. Y aquí en mi pueblo, a pesar de los años que han pasado, todos recuerdan lo que viví en las vísperas de aquella primera Navidad. La más hermosa de todas las Navidades.

Yo era muy joven, pero como cualquier chica de Nazaret era soñadora, romántica y esperaba ansiosamente que llegaran las tardes para ver a mi novio José. Ibamos a casarnos y no faltaba mucho. Yo contaba cada día mientras preparaba mi vestido de novia y junto a las demás doncellas armábamos los adornos y hacíamos los arreglos florales, contagiándonos de la emoción por la noche de bodas. Faltaba tan poco.

Fue en una de esas tardes de preparativos, cuando las demás doncellas se habían ido, que viví la experiencia más rica y transformadora de toda mi vida. Un ángel de Dios entró en mi casa y me saludo. Me dijo que era muy favorecida y bendita entre las mujeres y que el Señor estaba conmigo. ¡Yo no podía creer lo que veían mis ojos! Había en mi una mezcla de confusión, miedo y sorpresa. No entendía qué era esto, y no entendía por qué a mí habiendo tantas otras.
Todavía suena en mis oídos la voz del ángel diciéndome: “María, no tengas miedo, porque hallaste gracia delante de Dios. Y ahora vas a concebir en tu vientre y vas a dar a luz un hijo, y vas a llamar su nombre Jesús”.

Mi corazón estaba agitado por la emoción mientras mi mente trataba de comprender cada una de las palabras del ángel. Las Escrituras que mis padres me habían enseñado desde niña hablaban de que el Mesías vendría a Israel para liberar a su pueblo, y como señal Él nacería de una virgen. ¡Era yo! ¡Esa virgen que recibiría en su vientre al Mesías, era yo! Recuerdo que una lágrima corrió por mis mejillas, y luego otra y otra. No podía contener el gozo y la emoción que sentía ante cada una de las palabras que el ángel me revelaba: “María, éste será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David y reinará para siempre y su reino no tendrá fin”.

¡El Rey de Reyes, el Hijo del Altísimo! ¡El nos traería libertad y su reinado justo no tendría fin! Y yo sería su madre. Pero… ¿cómo? ¿Cómo podía ser esto si nunca había tenido relaciones con ningún hombre? Yo estaba guardando mi virginidad como regalo de bodas para mi amado José.
El ángel comprendió la sinceridad de mis palabras y me dijo que el Espíritu Santo de Dios vendría sobre mí y que el poder del Altísimo me cubriría con su sombra y por lo tanto, el Santo Ser que nacería, sería llamado Hijo de Dios. En mi se iba a gestar el Santo Ser de Dios. ¡Dios mismo naciendo en forma de hombre!

Ni la felicidad por mi boda podía compararse con aquello. Nada de lo que había vivido, ni de lo que viviría después, podría compararse con aquel momento en el que Dios mismo, sin principio ni fin, comenzaría a gestarse dentro mío. Caí de rodillas como una sierva delante de su amo y lo único que atiné a decir, ante tanta bondad divina, fue que se cumpliera su palabra en mí. Entonces el ángel se fue de mi presencia.

Mi corazón palpitaba de emoción, pero ya no sentía miedo ni confusión. Mi alma engrandeció al Señor y mi espíritu se regocijó en Dios mi Salvador, porque Dios miró mi bajeza humana y aún así Él quiso que todas las generaciones me llamen bienaventurada. Él hizo proezas con su brazo, exaltó a los humildes y colmó de bienes a los hambrientos. Él cumplió la palabra que le había dado a nuestros padres.

Fue en aquella primera Navidad, sin lugar a dudas, la más hermosa de todas.

 

Por Edgardo Tosoni

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