ng2008_21Relatos – Los Personajes de la Primera Navidad 6

 

 

Un Mago del Oriente

Vengo de una tierra muy lejana, desde las tierras del Oriente. Mi nombre no es importante, sólo importa la razón de mi viaje. Sólo importa haber vivido aquella primera Navidad.

Soy un estudioso de las estrellas y un profundo conocedor de la medicina y de la astrología. Las profecías hablaban de un fenómeno celeste que anunciaría el nacimiento más esperado de la humanidad: el Mesías, el Rey de los judíos. Noche a noche estudiábamos el profundo universo esperando una señal porque las profecías indicaban éste tiempo. Y el tiempo llego. Una estrella se movía en el firmamento de una manera extraña. Nunca habíamos visto algo igual. Una rara mezcla de sorpresa, ansiedad y gozo se apoderó de nosotros. Ei tiempo se había cumplido. Rápidamente nos preparamos para el viaje. Seguiríamos a la estrella hasta donde fuese necesario. Queríamos ser parte de aquel nacimiento.

Fueron largos días de viaje y largas noches de espera hasta que la estrella que nos guiaba, movida por la propia mano del Creador, se detuvo en las cercanías de Jerusalén. Era tal nuestra alegría que olvidamos rápidamente el cansancio por nuestro viaje. En la gran Jerusalén preguntamos ansiosamente: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella en el oriente, y venimos a adorarle”. Las personas se quedaban perplejas ante nuestras palabras. Ellos sólo respondían: “Herodes es el rey de los judíos. Él es el único rey. No conocemos a otro”. Nuestras preguntas sólo generaban confusión y extrañeza en esta alborotada ciudad.

¿Cómo era posible que nadie supiera que el Cristo había nacido? ¿Cómo era posible que nadie estuviese preparado para este momento? ¿Quién le rendiría honores en esta ciudad ignorante de su nacimiento y ciega en sus dramas cotidianos? ¿Quién se acercaría hasta el hogar donde el Rey ha nacido para inclinarse ante Él y adorar? Sin embargo, era cierto, nadie en aquel lugar esperaba al Mesías. Nadie entendía de lo que hablábamos. Nuestra alegría se empañó. Estábamos desconcertados, pero ¡nosotros sí queríamos conocer al Rey y entregarle nuestra adoración!

Sorpresivamente fuimos llamados, en secreto, por el rey Herodes para que le informáramos acerca del nacimiento de éste nuevo Rey. Los sacerdotes judíos nos dijeron que Belén de Judea era el lugar señalado por las profecías. Allí nos envió Herodes luego de pedirnos que le hiciéramos saber quién era el niño para que él también fuera a adorarlo. La estrella volvió a moverse sobre Belén y se detuvo exactamente sobre la casa señalada. Estábamos agitados por la emoción.

Allí estaba el niño con sus padres. Allí estaba el Rey, y ante Él nos postramos y adoramos. Abrimos nuestros tesoros y entregamos como ofrenda, el oro, el incienso y la mirra que habíamos preparado. Pero entregamos mucho más que eso, le entregamos nuestras propias vidas.

Por revelación de Dios, en sueños, se nos fue dicho que no volviéramos a Herodes. Entonces regresamos a nuestra tierra por otro camino. El Rey había nacido y en aquella primera Navidad yo le entregué mi corazón y mi adoración.

 

Por Edgardo Tosoni

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingresa para comentar!
Por favor ingresa tu nombre