Sanidad Interior – Las Moradas de Iniquidad 3

 

Continuemos.

Por eso es que hoy por hoy tenemos tantos cristianos enfermos, pobres, oprimidos, sin poder, con profundos problemas de carácter y pecado. Ellos nunca han destruido las moradas de iniquidad en las que fue formada su alma. Además, no se han establecidos en moradas celestiales. Muchas personas recaen en sus pecados, porque por un lado quieren dejar esa forma de vida, y se alejan por un tiempo, pero nunca desarraigaron la iniquidad ni destruyeron la morada que edificó ese pecado en su alma.

Tenemos el caso de un alcohólico, que cayó en esta esclavitud, por abusos que sufrió en su pasado. El alma se edificó en una estructura de evasión y escapismo, usando el alcohol como salida. Luego, éste hombre se vuelve al Señor, y entrega su alcoholismo a manos de Dios; es liberado de espíritus de alcoholismo, pero nunca deshace la estructura de escapismo. Tarde o temprano el diablo usará esa edificación para conducirlo a nuevas formas de evasión a través de otro pecado, como pornografía, violencia verbal o lo que sea.

Lo mismo sucede con la pobreza y escases. Por generaciones las personas vienen edificando dentro de ellas pensamientos de pobreza, de incapacidad y de limitaciones sin fin. Luego vienen al Señor, se llenan la cabeza de Biblia, inclusive se vuelven siervos de Dios, pero nunca destruyen esas moradas. Esas son moradas de maldad, Dios no las edificó, por lo que causan que estos siervos vivan limitados continuamente en sus finanzas. Por más que siembren y siembren en el Reino de Dios, no prosperarán jamás en la medida que Dios preparó para ellos, porque sus almas están rodeadas de estructuras que atraen pobreza alrededor de ellos.

Con la boca confiesan a Dios, pero con sus pensamientos toman decisiones conforme a sus limitaciones financieras. Si van a edificar una iglesia, se la imaginan hecha de palos o en un garaje mecánico. DIOS NO PIENSA ASÍ. Todo lo que Dios piensa y proyecta para nosotros es grandioso.

Solo llegaré a ser aquello que sea la esencia de mi morada espiritual: ya sean las moradas de Dios o las moradas de iniquidad. La labor principal de la Iglesia es edificar la morada de Dios en cada creyente, no llenarnos de Biblia y de fórmulas humanas que niegan la eficacia del poder de Dios.

«Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo; en el cual, todo el edificio bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor: En el cual vosotros también sois juntamente edificados, para morada de Dios en Espíritu» (Efesios 2:20-22).

Jesús vino a restaurar lo que se había perdido y una de estas cosas es precisamente la morada de Dios en el alma y en el espíritu del hombre. El rey David penetró la belleza y el poder de esas moradas pero no podía establecerlas en su interior, esto solo fue posible después que vino el Espíritu Santo en el Pentecostés. Sin embargo, el Padre le permitió entrar en ellas, disfrutarlas temporalmente y ver su magnificencia; la herencia de Jesús para nosotros.

«El que habita al abrigo (en el lugar secreto) del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente. Diré yo á Jehová: Esperanza mía, y castillo mío; Mi Dios, en él confiaré. Y él te librará del lazo del cazador: De la peste destructora. Con sus plumas te cubrirá, y debajo de sus alas estarás seguro: Escudo y adarga es su verdad. No tendrás temor de espanto nocturno, ni de saeta que vuele de día; ni de pestilencia que ande en oscuridad, ni de mortandad que en medio del día destruya. Caerán a tu lado mil, y diez mil a tu diestra: Mas a ti no llegará. Ciertamente con tus ojos mirarás, y verás la recompensa de los impíos. Porque tú has puesto a Jehová, que es mi esperanza. Al Altísimo por tu habitación. No te sobrevendrá mal, ni plaga tocará tu morada. Pues que a sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos. En las manos te llevarán, porque tu pie no tropiece en piedra. Sobre el león y el basilisco pisarás; Hollarás al cachorro del león y al dragón. Por cuanto en mí ha puesto su voluntad, yo también lo libraré: Lo pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre. Me invocará, y yo le responderé: Con él estaré yo en la angustia: Lo libraré, y le glorificaré. Lo saciaré de larga vida, y le mostraré mi salud» (Salmo 91:1-16).

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “La Iniquidad”

Por Ana Méndez Ferrel

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