Sectas – El Principio de la Deidad 2

 

Continuemos.

Es importante reconocer que necesitamos de una buena dosis de fe para creer, sea cual sea nuestra decisión sobre cuáles van a ser los fundamentos sobre los que vamos a basar nuestra vida. Para creer en cualquier forma de dios es indispensable tener fe. Para creer en cualquier teoría sobre la formación del universo requiero de fe.

Mientras me documentaba para llegar a las conclusiones en las que baso este libro, leí las más increíbles teorías sobre al origen de nuestro universo y del hombre, escritas por científicos ateos, pensadores, dioses, avatares, iluminados, etc. Al final, resultaba que todas las teorías que planteadas requerían de fe. Ninguna podría ser comprobable, puesto que ni siquiera la teoría «científica» de la evolución puede ser verificable, como lo confesara el mismo Darwin. Al menos en mi caso, necesito de más fe para creer y hasta imaginarme que un reptil se dedicó una tarde a mirar al cielo y se le ocurrió volar, hasta que un día, así como así, sin explicación alguna, empezaron a cambiar sus células y le salieron alas juntamente con todas las nociones de la aeronáutica. Si esto fuera cierto, ¿cómo es posible que el hombre nunca lo haya conseguido, siendo un ser infinitamente más inteligente que un reptil?

Es mucho más fácil creer en un Dios todopoderoso que dijo «sean las aves de los cielos» y fueron así hechas. O, como dice el libro de los Hebreos en la Biblia: «Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la Palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía» (Hebreos 11:3).

En una magnífica explicación sobre lo que es la fe, el famoso teólogo suizo Francis Schaeffer dijo: «Supongamos que dos escaladores están perdidos en una densa neblina en una escarpada cumbre de Los Alpes. Están atrapados en el final de una estrecha cornisa y, desesperados por encontrar una solución a su problema, uno dice: Yo creo por fe que debajo de nosotros, a medio metro de altura, se encuentra una saliente en la montaña que conduce a un camino». Y, sin pensarlo más, se lanza al vacío que se encuentra frente a él. El otro decide esperar hasta que, de pronto, escucha el grito melodioso de dos montañeses provenientes de esa región. Reconociendo que la voz que escucha es de alguien que conoce a la perfección el terreno, le pregunta: “¡Oiga, estoy perdido!, ¿me escucha?”

-Sí, le contesta el montañés- me encuentro muy cerca de usted. Camine hacia la derecha unos 10 metros y va a llegar a una roca escarpada donde empieza un camino que lo va a traer hasta donde yo estoy. El hombre, aunque no ve absolutamente nada, pone su fe en la voz que reconoció como verdadera, camina conforme a las instrucciones del montañés y salva su vida».

En ambos casos de esta pequeña historia se requirió de fe para tomar una decisión. Sin embargo, en el segundo, no se trataba de una fe ciega sino basada en la seguridad que provenía de la voz que lo dirigía. De esta misma manera necesitamos de fe para creer en la reencarnación, en la transmutación de los elementos, en la existencia de un Nirvana (estado espiritual paradisiaco de los yoguis), en la evolución de Darwin, en la creación alquímica de Hermes Trimesgisto o en el Génesis de la Biblia y en el Dios personal que creó todo lo que existe.

Lo importante ahora no es la historia filosófica o religiosa que impera en una cultura o en una fraternidad como la Masonería, sino saber a ciencia cierta quién es la voz que escuchamos tras esa Doctrina.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “GADU: Gran Arquitecto Del Universo”

Por Ana Méndez Ferrel

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