Sectas – Testimonios de Iniciaciones 5

 

Continuemos.

Continuando ahora con la iniciación de Tanya:

«Según nos acercamos a lo que me enteré que era el sitial del Segundo Vigilante, llegamos al segundo portal. Aquí me presentaron a los espíritus de la tierra y del agua que son los pertenecientes a la región Astral que estábamos penetrando. Empezamos a caminar lentamente hasta encontrar un lugar lleno de animalillos que sentía cómo se aplastaban bajo mis pies.

«¡Saltad!», gritó la voz del que me tenía asida, «está lleno de arañas y víboras». En medio de las discordantes notas musicales las podía escuchar deslizándose por el suelo. Trataba de sacudírmelas agitando las piernas y procurando apenas tocar el suelo con mi pie desnudo. Sentía las finas patas de los arácnidos resbalar por mi blusa. Tenía escalofríos en todo el cuerpo. Me sentí con ganas de correr y de gritar. ¿Pero correr hacia dónde?; ¿Gritar a quién? Me parecía estar entrando al mismo infierno. Mi único punto de confianza era esa mano desconocida que me guiaba y esa voz solemne que me avisaba los peligros. Por un momento pensé en lo absurdo que me parecía estar pasando por ese momento tan ajeno a todo lo que mi conciencia entendía por el bien. Hoy en perspectiva sé, que sólo existe un poder que está interesado en entrenarnos para el infierno eterno, y ese es Satanás«.

«Seguimos hacia adelante, donde un pantano húmedo cubierto de vapores putrefactos era nuestro siguiente paso. Al fondo se escuchaban voces angustiadas y entrecortadas. La música se semejaba a lánguidos gemidos que flotaban en el aire como voces de ultratumba que clamaban por ser liberadas de su tormento. Bajo mis pies sentía la sensación de estar caminando en un lodazal donde algunos pedazos de ramas y de piedrecillas lo hacían a veces áspero y a veces punzante. Sentí algo que rasgaba mi pierna descubierta pero no tuve tiempo de pensar qué era porque en ese momento la voz me dijo con cautela: «¡Cuidado!, agachaos lentamente y caminad despacio, sobre nosotros hay una enorme boa. No nos mira fijamente, pero nos presiente. Tenemos que hacer que piense que tiene mucho tiempo para atacar, porque en cuanto clave su mirada en nosotros se arrojará para estrangularnos».

«Caminamos muy lentamente. Algo frió tocó mi espalda, como si fuera una mano alargada que resbalara a lo ancho de mis costillas. Me quedé sin respiración. La presión arterial me subía por minutos. Estaba en un estado de tensión que entorpecía cada vez más mis movimientos. Se escuchaba el ruido de follaje que se agitaba y como si la mirada de algún ser nos vigilara y nos fuera siguiendo, esperando el momento exacto de salimos al encuentro. Quizás era una sola mirada la que nos cazaba sigilosamente, pero yo sentía miles de ojos que traspasaban mi cuerpo y me erizaban la piel con un desconocido propósito. Eran tal vez las miradas desesperadas de esas voces que trataban de decirme que nunca pudieron salir de ahí; que se quedaron para siempre atrapadas en el infierno y que ya no había esperanza. El clamor desgarrado de sus entrañas ya no encuentra eco en esa casi imperceptible presencia de lo divino que se siente al levantar un ruego al cielo. En sus almas sólo se escucha el vacío; sus voces se pierden en el tormento de la eterna separación de Dios. Este pensamiento sacudió mi conciencia, pero no tuve tiempo de ahondar en mi reflexión».

«Estamos entrando a la tierra de los mandriles», dijo la voz de mi guía, «aunque los árboles son altos y frondosos, tenemos que caminar con tranquilidad, que sientan que no tienen nada que temer, que somos amistosos».

«No había concluido la frase cuando el golpe sordo de varios de ellos que caían desde lo alto me dejó paralizada. Sentía su respiración cerca de mí. Uno de ellos se colgó de mi camisa y empezó a sacudirme. Sus uñas clavándose en mi espalda y su aliento cerca de mi cuello me hizo pensar que el fin había llegado. Me zarandeaba con tal fuerza que caí al suelo. Se oían rugidos y alboroto, como si estuvieran peleándose entre ellos para ver quién devoraría nuestras carnes. Ya no podía más, estaba presa del terror y estaba a punto de arrancarme el vendaje cuando me detuvo un largo gemido a lo lejos que pensé que debía de provenir de aquéllos que no habían podido resistir y habían fallado en la prueba».

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “GADU: Gran Arquitecto Del Universo”

Por Ana Méndez Ferrel

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