Estudios Bíblicos – Madurez de Oro 3

 

Continuemos.

Puedes ir a Dios Padre y pedirle los recursos que te corresponden y luego apartarte como el hijo pródigo, pero entonces la bendición se te escapará como el agua entre los dedos. Muchas personas han venido a la iglesia, han recibido bendición y luego se apartaron y perdieron todo lo recibido.

¿Por qué buscar sólo bendición si podemos pedir más de Dios? Podemos contar con su presencia todos los días y nadie podrá robarnos las bendiciones que recibamos.

Cuando el hijo pródigo volvió a la casa de su padre, el padre hizo tres cosas: le puso un anillo, que es símbolo de un nuevo pacto; le puso calzado, que es símbolo de un nuevo caminar, y mató un becerro, que significa que hizo fiesta con él. Volver a la casa del Padre significa renovar el pacto, significa que Dios te dará nuevas metas y que hará fiesta contigo.

Debes decidirte a caminar bajo la unción y la pre­sencia del Padre. Declara en este día: «Yo no quiero sólo la bendición; yo quiero la presencia de Dios, porque si tengo la presencia tengo la bendición, ensancho mi territorio y capturo los sueños y las metas de Dios para mi vida».

 

Derriba a tus Gigantes.

Josué les respondió: ‘Si sois pueblo tan grande, subid al bosque y talad para vosotros allí en la tierra de los ferezeos y de los refaítas,ya que los montes de Efraín os resultan estrechos.’ (Josué 17.15).

Josué le dijo a Efraín y a Manasés que para tener más territorio primero tendrían que matar a dos enemigos: los ferezeos y los refaitas.

Los ferezeos eran los gigantes. Si quieres ensanchar tu territorio debes derribar a tus gigantes y después tomar tu territorio.

Quizás tengas que derribar al gigante del miedo, al de la incredulidad, o al de la indiferencia; podrás derribara los ferezeos porque tenemos «armas que son poderosas en Dios para destrucción de fortalezas y de todo argumento que se levanta en contra del cono­cimiento de Dios» (2º Corintios 10.5).

 

El Gigante más Grande es la Ignorancia.

Los gigantes más grandes no son el diablo ni los demo­nios. Es la ignorancia lo que te hace esclavo tanto en lo material como en lo espiritual.

José era el segundo en autoridad en Egipto. Pero pasaron varias generaciones y vinieron faraones que no conocían a José y no respetaron a su descendencia. Y los hijos de José también ignoraban que descendían de un hombre que había sido gobernador de Egipto y llegaron a ser esclavos porque ignoraban quiénes eran. Israel no tendría que haber permanecido esclavo en Egipto sino que debiera haber sido dueño de la tierra.

De la misma manera, si somos ignorantes comu­nicaremos ignorancia. Si como padres no tenemos conocimiento, transmitiremos ignorancia a nuestros hijos. Y el poder de Satanás es tan efectivo como la medida de nuestra ignorancia.

Piensa en el gran potencial que derramarías en tu hijo si pudieras lograr que a los diez años él supiera lo que tú sabes a los cincuenta.

En la vida cristiana todo es por fe, pero la fe viene por el oír, por conocer la Palabra de Dios. Si no la cono­ces, tu fe no se alimenta y por eso pereces. Cada vez que aprendes recibes más fe, y cuanto más aprendas más podrás conquistar.

Tienes que derribar al gigante de la ignorancia. Tienes que desear aprender más de Dios. Hoy debes abrazar la sabiduría.

Yo pagaría por haber sabido a los diez años lo que sé hoy…

Hubiera querido saber que Dios quería que yo fuese líder. No me lo enseñaron, me dijeron que la vida cris­tiana era venir, sentarse, cantar un rato, salir a comer pizza con los hermanos; pero no me enseñaron que Dios quería que yo fuese un líder.

No me enseñaron que tenía que soñar. Me hubiera gustado saber que Dios quería que yo fuese un soñador.

Hubiera querido que alguien me enseñara que la meta más grande es dar a luz un avivamiento. Me dije­ron que evangelizara, que asistiera a la iglesia, pero no me dijeron que el sueño más grande que una persona puede abrazar es el de un avivamiento, cuando el río de Dios se suelta y se desata: mega fe, mega milagros. Y entonces las multitudes se entregan a Cristo.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Alcanzando el Éxito”

Por Bernardo Stamateas

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