Sermones Cristianos – ¿Qué Dejarás Tú en la Cruz? 2

 

Continuemos.

Debimos de haber descrito el momento en una forma diferente. ¡Pregúntanos cómo debió Dios de haber redimido el mundo y te lo diremos! Caballos blancos, espadas llameantes. El maligno aplastado. Dios sobre su trono.

¿Pero Dios sobre una cruz?

¿Un Dios sobre una cruz con la boca abierta, los ojos inflamados y sangrando?

¿Una esponja arrojada a su rostro?

¿Una espada clavada en su costado?

¿Dados lanzados a sus pies?

No. No habríamos podido escribir el drama de la redención de esta manera. Pero, de nuevo, nadie nos pidió hacerlo. Estos actores, principales y secundarios, fueron reclutados en el cielo y ordenados por Dios. No se nos pidió a nosotros fijar la hora.

Pero sí se nos ha pedido que reaccionemos a ella. Para que la cruz de Cristo sea la cruz de tu vida, tú y yo necesitamos llevar algo al cerro.

Hemos visto lo que Jesús trajo. Con manos heridas ofreció perdón. A través de su piel horadada prometió aceptación. Dio los pasos para llevarnos de vuelta a casa. Vistió nuestra propia ropa para darnos la suya. Hemos visto los regalos que trajo.

Cabe preguntarnos ahora: ¿Qué llevaremos nosotros?

No se nos pidió que pintáramos el letrero ni que lleváramos los clavos. No se nos pidió que lo escupiéramos ni que compartiéramos la corona. Pero se nos ha pedido que hagamos el camino y dejemos algo en la cruz.

Por supuesto, no tenemos que hacerlo. Muchos no lo hacen.

Muchos han hecho lo que nosotros hemos hecho. Más decididos que nosotros han leído acerca de la cruz; mejor dispuestos que yo, han escrito acerca de la cruz. Muchos se han preguntado qué dejó Jesús; pocos se han preguntado qué debemos dejar nosotros.

¿Quieres que te sugiera algo que podrías dejar en la cruz? Puedes observar la cruz y analizarla. Puedes leer sobre ella e incluso orar por ella. Pero mientras no dejes algo allí, no habrás abrazado la cruz.

Has visto lo que Jesús dejó. ¿No querrías tú dejar algo también? ¿Por qué no comienzas con tus malos momentos?

¿Aquellos malos hábitos? Déjalos en la cruz.

¿Tus egoísmos y las mentiritas blancas? Entrégaselos a Dios.

¿Tus parrandas y tus intolerancias? Dios quiere que se lo des todo. Cada caída, cada fracaso. Él quiere cada una de estas cosas. ¿Por qué? Porque sabe que nosotros no podemos vivir con eso.

No se puede vivir sin caer, y no hay caída sin daño. ¿Pero, sabes una cosa? A veces tratamos de volver al juego sin quitarnos las espinas. Esto ocurre, por ejemplo, cuando no queremos que nadie sepa que nos caímos y actuamos como si no tuviéramos ninguna molestia. Como consecuencia, vivimos con dolor. No podemos caminar bien, dormir ni descansar bien. Y nos ponemos insoportables.

¿Querrá Dios que vivamos de esa manera? De ningún modo. Esta es su promesa: «Este es mi compromiso con mi pueblo: quitar sus pecados» (Romanos 11.27).

Dios hace más que perdonar nuestras faltas; ¡Él las quita! Lo que nosotros sencillamente tenemos que hacer es llevárselas a Él.

Él no solo quiere las faltas que hemos cometido. ¡También las que estamos cometiendo! ¿Estás cometiendo una en este momento? ¿Estás bebiendo demasiado? ¿Estás engañando en tu trabajo? ¿En tu matrimonio? ¿Estás administrando mal tu dinero? ¿Tu vida?

Si es así, no trates de aparentar que todo está bien. No intentes hacer creer que no has caído. No trates de volver al juego. Acude primero a Dios. El primer paso después de una caída debe darse en dirección de la cruz. «Si confesamos nuestros pecados a Dios, siempre podremos confiar que nos perdonará y quitará nuestros pecados» (1 Juan 1.9).

¿Qué puedes dejar en la cruz? Comienza con tus malos momentos. Y mientras estás allí, entrega a Dios tus momentos de enojo.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Él Escogió los Clavos”

Por Max Lucado

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