Predicaciones Cristianas – La Esposa del Cordero en América Latina 2

 

Continuemos.

Recuerdo la experiencia de un amigo mío. Era domingo por la tarde. Se había terminado el culto, y él estaba afuera del edificio saludando a los que habían asistido. De pronto apareció frente a él un hombre totalmente borracho, desqui­ciado por el alcohol; en su rostro se veían señales de una vida degradada. «En aquel momento», dice mi amigo, «lo codicié para Dios; lo deseé para Cristo. Se me nubló la mente; no podía pensar en ninguna otra cosa. Mi único interés era ganar a esa pobre criatura para el Reino de Dios. Se me anudó la garganta. Lo único que pude hacer fue ponerle una mano en el hombro y, mirándole fijamente, decirle:

—Amigo, ¿sabe usted que Dios le ama?

El borracho golpeó en la mano a mi amigo, y se fue gritando por el medio de la calle:

—¡Qué me va a amar Dios, qué me va a amar Dios!

Dos días después alguien golpeó a la puerta de la casa de mi amigo, que vive en la misma calle del edificio de la iglesia. Cuando abrió la puerta, vio un rostro conocido.

—¿Me recuerda —dijo el visitante—. Soy el borracho que vio dos días atrás.

Estaba afeitado, con camisa limpia y aspecto presentable. Trémulo de emoción, siguió diciendo: ¿Sabe por qué regresé? Lo he hecho porque desde hace dos días no puedo sacarme su mano de encima de mi hombro.

En este día gigante de avivamiento las mujeres y hombres que harán la diferencia serán aquellos que vivan una vida saturada de la presencia de Dios.

El poder para testificar, el poder que nos llega de la presencia de Dios, también es el poder de una certidumbre personal. Los primeros cristianos estaban seguros de Jesu­cristo. Se enamoraron de Él. Se apasionaron con la Buena Nueva del evangelio; y con aquella convicción con aquella certeza, fueron por toda la tierra predicando el mensaje del Reino de Dios y cambiaron el curso de la historia.

«¡Oh Señor, también hoy levanta una generación que te ponga a ti primero, que con certidumbre, convicción y pasión lleve a la Iglesia hasta el último rincón de la tierra a proclamar tu glorioso nombre!»

 

Tercera Verdad.

En este día incomparable de visitación de Dios sobre la tierra, es necesario mantener un estricto escrutinio de nuestra vida personal. En tiempos de bendición es fácil ser cristiano. Es fácil cantar, escuchar los mensajes, ir a las reuniones de las iglesias. ¡Hoy casi se ha puesto de moda ser cristiano! Pode­mos simplemente dejarnos llevar por la corriente sin tomar cuidado de las cosas que para Dios son fundamentales. Ahí precisamente está el peligro. ¡El que sea costumbre no necesariamente quiere decir que agrada a Dios!

Tenemos, por ejemplo, que estar muy seguros de nuestra experiencia de conversión a Jesucristo (Mateo 7.21-23). Hay personas que predicaron el evangelio, echaron fuera demonios, hicieron grandes mara­villas, pero no realizaron lo más importante: la voluntad de nuestro Padre que está en los cielos. Jesús les dirá: «Ustedes supieron de mí, e hicieron uso del poder de mi Nombre; pero yo, personalmente, no tuve trato con ustedes, no les conocí».

Tenemos que estar muy seguros de nuestra relación íntima con el Señor. En nuestra cultura hispana, somos activistas por naturaleza, y esto lo trasmitimos a nuestra experiencia religiosa. Pero nada de lo que hagamos será tan importante como nuestro caminar diario e íntimo con nuestro Dios. Conocerle a Él, vivir en el círculo de su santidad, escuchar su voz personal y directa, tendrá que ser siempre nuestra prio­ridad número uno.

Nuestra vida en familia es sumamente fundamental. El evangelio más importante no es el que expresamos en la reunión de la iglesia, sino el que vivimos en el seno de nuestro hogar. Cuando yo llegue a su presencia no podré decirle a Dios: «Señor, recuerda las grandes cruzadas donde a veces en una sola reunión teníamos más de cien mil personas. No olvides que yo predicaba diariamente a través de más de ochocientas radioemisoras y también por muchos canales de televisión. Recuerda, Señor, el ministerio a los gobernantes. No olvi­des…» El Señor me dirá: «Cállate la boca, Albertito. Cuéntame primero cómo trataste a tu esposa, cómo me representaste delante de tus hijos». Para Dios es fundamental la forma en que vivimos en nuestro hogar.

También es vital la calidad de nuestro compromiso. La palabra compromiso no aparece en el Nuevo Testamento, pero es el concepto más fuerte en el Nuevo Testamento. ¿Ponemos primero el Reino de Dios y su justicia? ¿Ordenamos nuestro tiempo y usamos nuestro dinero de acuerdo a las demandas del Reino de Dios? ¿Hacemos de la evangelización la razón de ser de nuestra vida?

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “El Poder de su Presencia”

Por Alberto Mottesi

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