Predicaciones Cristianas – La Iglesia del Siglo XXI 3

 

Continuemos.

La Iglesia del siglo 21 será como una nave de regatas. Cada pasajero recibirá un remo y remará hacia adelante con el resto de los escogidos. Todos deberán, como en las olimpiadas, estar en forma para hacer su trabajo. Aquí todos son iguales. Se caracterizan por una cosa común: deben servir. Hay uno que en un extremo marca el ritmo a los remadores y lleva el rumbo correcto hacia la meta. De igual manera, la tarea del pastor es ser el líder, levantarlos, prepa­rarlos y ponerlos a trabajar. Pablo, describiendo la enorme responsabilidad de un espíritu pastoral, dijo a los gálatas: «Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros» (4.19).

La tarea del líder es descubrir los dones que hay en el Cuerpo. Porque en la iglesia no se trabaja, ni se tiene una posición de servicio a causa de la cultura, la educación, la preparación académica o profesional, la experiencia, la capa­cidad económica o la amistad con el pastor. En la Iglesia se sirve haciendo uso de los dones del Espíritu Santo: 1º Pedro 4.10.

De quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor (Efesios 4.16).

El líder cristiano es como el minero frente a la montaña. Aunque solo vea barro y rocas, sabe que adentro y debajo hay minerales preciosos. Su tarea es excavar, extraerlos, proce­sarlos y pulirlos para ponerlos a brillar.

El mismo trabajo es el deber del líder cristiano. Tiene delante de sus ojos personas simples. Si es inteligente y tiene discernimiento espiritual, sabrá que dentro de su gente, no importa lo sencillos que sean, hay tesoros escondidos. Sabrá invertir su vida en ellos, los enseñará, los discipulará, los desarrollará. Como un escultor, del mármol frió y abandonado en la cantera de la vida, hará una obra maestra que pondrá al servicio de Cristo, su Iglesia y su Reino.

Esto es lo que Pablo hacía con sus discípulos: «Lo que has oído de mí, ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles, que sean Idóneos para enseñar también a otros» (2 Timoteo 2.2). «Pero tú has seguido mi doctrina, conducta, propósito, fe, longanimidad, amor, pa­ciencia, persecuciones, padecimientos» (2 Timoteo 3.10-11).

El líder cristiano debe multiplicarse o reproducirse en la vida de sus seguidores, para que estos, imitando su ejemplo, hagan «la obra del ministerio». Dios es muy inteligente, ¿se dio cuenta de esto? Es mejor muchos trabajando bajo la dirección de uno, que no uno trabajando para muchos.

La descentralización del ministerio va a provocar también una descentralización del edificio, por error llamado templo. ¿Dónde dice la Biblia que vayan y traigan personas al templo?

La Palabra es muy clara: «Id y haced discípulos». Una traducción más castiza y acorde con el original griego del Nuevo Testamento, como ya vimos antes, diría: «Vayan, y mientras van, hagan discípulos». Mientras caminan, mien­tras estudian, mientras trabajan, mientras viven, hagan dis­cípulos. El hecho es que la Iglesia, más que una institución confinada al encierro del «templo», es un organismo en marcha. Los del Camino, como les llama Pablo, forman la Iglesia.

Creo que los evangélicos sufren de una enfermedad, muy aguda por cierto, que denomino «templitis». Como ya mencio­né, hemos hecho de la iglesia un arca de Noé. ¡Todos metidos en el arca! Afuera hay tormenta, desgracia, engaño, corrupción y muerte, pero nosotros estamos muy cómodos, protegidos y sin contaminación dentro del edificio de reuniones. ¿Qué será? ¿Convicción, miedo al mundo o desobediencia? Esta vez no será igual que en los tiempos de Noé. El diluvio actual solo se acabará el día que la iglesia salga a las calles, alumbre con su luz, dé sabor con su sal y declare, aun proféticamente, el pecado del mundo. Cuando viva como Cristo, podrá señalar a Cristo como el «Camino, la Verdad y la Vida».

Para curar esta terrible infección de «templitis» serán necesarias repetidas dosis de «obediencilina» al mandamiento de «id por todo el mundo y predicad el evangelio».

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “El Poder de su Presencia”

Por Alberto Mottesi

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