Predicaciones – Su Trato Íntimo Con Nosotros 2

 

Continuemos.

Se imagina usted a un muchacho muy enamorado que le diga a su novia: «Querida, lavas muy bien, planchas muy bonito, cocinas muy sabroso, sabes tener la casa linda, limpia y adornada. ¿Te quieres casar conmigo?» La novia lo manda­ría a volar. «¡Descarado!», le diría. «Si lo que quieres es una sirvienta, ¡paga una! Si te quieres casar conmigo, debes hacerlo por lo que soy, no por lo bien que hago la cosas».

¡No seguimos al Señor en busca de prebendas! Anhelamos servir al Rey por lo que Él es. Sí, Él es un excelente proveedor de las necesidades de su obra y de cada uno de sus hijos que le sirven con fidelidad. Todavía no ha pasado de moda lo que dice Mateo 6.33: «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas». Pero si uno no lo sirve como es debido, no espere que la provisión de Dios sea abundante. La Biblia dice: «Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma» (2 Tesalonicenses 3.10).

 

La Provisión Viene de Dios.

Sé que es preciso hablar de las necesidades de nuestro ministerio para conseguir el apoyo económico que necesita­mos. Nosotros lo hacemos, y seguiremos haciéndolo. Nues­tras metas de servir al Señor son cada vez más grandes y cada vez necesitamos mayores recursos económicos. Además, sa­bemos que es una bendición para el pueblo de Dios apoyar financieramente a los que sirven al Señor. Pero la manera más efectiva de presentar las necesidades de un ministerio es mostrar los frutos del trabajo, demostrar que Dios está ben­diciendo, que se está honrando a Dios, y que están pasando cosas buenas en la vida de las congregaciones, en la vida de los líderes y, sobre todo, en la vida de los que se arrepienten y vienen por primera vez a Jesucristo.

Por otro lado, ¿de dónde viene realmente el dinero para hacer la obra del evangelio? ¿Quién realmente es el susten­tador económico del trabajo de la obra? Después de años de ministerio y de batallar continuamente en eso, no me cabe la menor duda que Dios es el que provee. ¡Tengo tantos testi­monios acerca de esto!

Recuerdo un reciente viaje a Bogotá, Colombia. Era apenas un viaje de cuatro días. Dos los iba a pasar con una cadena radial y los demás en dos diferentes ciudades preparando el camino de futuras cruzadas. Humanamente hablando, mis recursos económicos para ese viaje consistían en los libros que esperábamos distribuir durante esos cuatro días. Pero los libros no llegaron; un funcionario legalista los detuvo en la aduana y no los dejó sacar de allí hasta varios días después de mi viaje por ese país. Por momentos me sentía muy mal. Eran tiempos en que no teníamos fondos de reserva. En la oficina quedaban cuentas por pagar; y yo andaba viajando sin manera de recuperar lo gastado.

El domingo por la mañana tenía que predicar. Muy tem­prano me despertó el Señor. «Quiero que prediques sobre el Dios que provee», me dijo claramente. Me sonreí, quizá hasta con un poco de soma. Pero Él me volvió a hablar con insis­tencia: «Quiero que hoy prediques sobre el Dios que provee». «¡Vamos, Señor, no me vengas con esas!», le dije. «Primero demuéstramelo a mí». (¡Qué tonto fue decírselo! Llevaba años en el ministerio, había probado en muchísimas ocasiones la fidelidad de Dios y ¡todavía me atrevía a reaccionar con aquella carnalidad!) Por tercera vez, y con insistencia, el Señor me reclamó: «Quiero que prediques sobre el Dios que provee». Con el rostro cubierto por las lágrimas y con las manos en alto en adoración, le dije: «Señor, lo que Tú quieras. Tú eres mi máxima autoridad. Haré lo que me órdenes».

Cuando ministré esa mañana, su presencia fue muy real. Cuando salí al día siguiente del aeropuerto de Bogotá, llevaba conmigo más de cuatro mil quinientos dólares para continuar el ministerio. No había distribuido libros, y nadie se había comprometido conmigo en cuanto a pagar mis gastos, pero los llevaba. Fue como que el Señor me estuviera diciendo: «Tonto siervo mío, sigo siendo el mismo. «Yo Jehová no cambio». No dependo de las circunstancias temporales, ni me muevo por estados de ánimo. Yo te llamé y yo te sustentaré. Yo soy tu proveedor».

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “El Poder de su Presencia”

Por Alberto Mottesi

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