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Sermones – CONSTRUIR PUENTES

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Hay solamente dos alternativas pero no nos permiten construir puentes. Como el error que cometimos todos los papás con nuestros hijos chiquitos. El nene va caminando, se golpea con la mesa y ¿qué le decimos? «Mesa mala, mala la mesa, ¡pobrecito mi bebé!». Ya le enseñamos desde chiquito a echarle la culpa a los demás de las pavadas que hace uno mismo. Entonces después el nene va a crecer y va a decir: «Jefe malo, esposa mala, chas, chas, chas en la colita». Lo correcto sería decirle: «Mi amor no corras por toda la casa porque te podés golpear», de esa manera se pone el foco en la responsabilidad.

Todos dijimos alguna vez «mesa mala»… ¡y así nos fue! O como esa fábula de Esopo donde el viento desafía al sol para ver quién tiene más fuerza y el viento le responde: «Yo te voy a demostrar que tengo más fuerza que vos. Mirá cómo le saco el sombrero a ese hombre que está ahí». El viento empieza a soplar cada vez más fuerte y el hombre se sostiene el sombrero hasta que la tormenta se cansa. Después el sol comienza a soltar sus cálidos rayos lentamente sobre el rostro del hombre que lo disfruta tanto que termina por sacarse el sombrero. El viento enojado le pregunta cómo lo hizo y el sol contesta: «En vez de usar la fuerza, querido amigo viento, usá la calidez y lograrás tu objetivo». El enojo construye muros. La palabra de sabiduría construye puentes.

Me contaba una persona famosa conocida que en las redes sociales lo insultaban mucho, hasta que leyó en un libro cómo ganar amigos e influenciar sobre los demás: decir «gracias» y «por favor». Empezó a ponerlo en práctica en el Twitter y en el Facebook y bajaron considerablemente los insultos. Me lo dijo cómo si hubiera descubierto la bomba atómica más o menos. Lo cierto es que las palabras amables son palabras de sabiduría.

Sam Walton, el fundador de Wallmart, enseñaba a sus empleados que cuando el cliente estuviera a menos de tres metros de distancia, tenían que sonreírle, mirarlo a los ojos y saludarlo amablemente. Por algo les ha ido tan bien. Si hay alguien cerca de vos en un perímetro de tres metros, sonreile, miralo a los ojos y saludalo.

Cuenta una anécdota que había dos hermanos peleados y que uno de ellos contrató a un carpintero y le dijo: «Quiero que levante una cerca entre mi hermano y yo, porque no lo aguanto más. Le pagaré lo que sea». El hombre se fue al pueblo y a las cinco horas volvió cuando ya estaba terminado el trabajo. Y vio que el carpintero no había construido un muro, había construido un puente. Lo miró y le dijo: «¡Pero yo le pedí un muro!», y mientras estaba hablando el hermano de la otra casa se acercó caminando y exclamó: «Gracias por tu deseo de comunicarte conmigo, yo también te extrañaba. Te pido perdón». Los hermanos se abrazaron, se perdonaron y ambos invitaron al carpintero a quedarse a cenar esa noche. Pero el carpintero respondió: «No, tengo mucho trabajo que hacer: seguir construyendo puentes». Las palabras de bendición nos conectan con los demás. Usá siempre palabras amables, palabras positivas.

Hace muchos años, cuando estábamos en el otro templo, siempre había un chico sentado adelante en la reunión que era autista. Un día este chico empezó a hacer ruido mientras yo estaba predicando y vi que entró una familia y se sentó en el fondo. El nene siguió haciendo ruido y la pobre mamá no tenía manera de calmarlo. Esta familia se quedó cinco minutos y se fue. A la semana me mandaron un mail diciendo: «Su iglesia es una vergüenza, no vamos a ir más, están a los gritos hablando en lenguas… ¡es una vergüenza!». «¿En lenguas?», pensé. Claro, lo escucharon al chico que estaba haciendo ruidos y creyeron que eran lenguas espirituales «pentecostalizadas». Les respondí y les dije: «Esas lenguas que escucharon eran de un pibe autista». ¿Qué habría pasado si esa pareja hubiese preguntado? Habrían cambiado su manera de pensar y habrían hecho un puente. Cuando no afirmamos, sino que damos el beneficio de la duda, podemos construir un puente. La sabiduría consiste en construir puentes, en estar enfocado en lo que queremos lograr.

Por Bernardo Stamateas

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