Dios manifiesta Su gloria al pueblo de Israel.

Así era continuamente: la nube lo cubría de día, y de noche la apariencia de fuego (Números 9:16)

Dios manifestó Su gloria al pueblo de Israel en forma de nube y columna de fuego; la nube los protegía de las incandes­centes temperaturas del desierto durante el día, y el fuego los calentaba durante la noche, cuando las temperaturas bajan a punto de congelación. Bajo esa gloria o shekiná se produjeron muchos sucesos sobrenaturales: el Mar Rojo se abrió ante ellos, el maná diario descendió del cielo, y el calzado nunca se gastó; en cuarenta años no hubo enfermos; Dios proveyó agua de la roca; los gigantes no pudieron entrar, y muchos otros sucesos sobrenaturales. La gloria de Dios también se manifestó en for­ma de nube, cuando el templo que edificó Salomón fue dedica­do; esto fue una señal que Jehová habitaba con Su pueblo

Dios reveló Su gloria a través de Cristo.

Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad (Juan 1:14)

Jesucristo vino a revelar la gloria del Padre que Adán per­dió; y a través de Su muerte y resurrección nos llevó de regre­so a esa dimensión de gloria, para que hoy podamos camina), como Adán lo hizo en el principio. Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos. Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria. (Hebreos 2:9-10)

Jesús soportó nuestra vergüenza para que pudiéramos compartir Su gloría. Todo lo que es el Padre —virtudes, atributos, carácter, na­turaleza, poder, autoridad y gracia—, fue manifestado por el Hijo en la tierra. Además, Jesús prometió manifestarse a aque­llos que le obedecen a Él y al Padre.

El Hijo es el resplandor de la gloria de Dios, la fiel ima­gen de lo que él es, y el que sostiene todas las cosas con su palabra poderosa (Hebreos 1:3)

Antes de ser arrestado, Jesús oró al Padre pidiendo que le regresara a la humanidad la gloria que había perdido, para que entonces, cada creyente pudiera vivir en su manifestación.

Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad…. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno…. Para que vean mi gloria que me has dado (Juan 17:18-19, 22, 24)

En el testimonio que presento a continuación podemos apreciar lo que sucede cuando caminamos en la dimensión de la gloria de Dios:

Un buen día llegó a nuestra iglesia un hombre infectado con SIDA. En ese entonces sólo era portador del virus, pero al manifestarse la enfermedad, empezó a debilitarse y hasta el co­lor de su piel comenzó a cambiar; se puso muy pálido, se can­saba de nada, comenzó a sentir stress, no podía dormir, tenía vómitos, incluso le empezaron a salir unas feas manchas en la piel las cuales rápidamente se reprodujeron en todo su cuerpo, hasta que su sistema inmunológico quedó anulado por comple­to. Cuando llegó a la iglesia, oré por él, reclamando su sanidad desde la dimensión de la gloria de Dios. Conocía que la enfer­medad es incurable para la ciencia humana, pero también sabía el poder sobrenatural de Dios para hacer las cosas que parecen imposibles para los hombres. Como aquel hombre tenía un gran deseo de vivir, recibió la Palabra y demandó su sanidad. De la misma manera como había visto avanzar el mal día a día, también lo vio retroceder. Las manchas comenzaron a desapa­recer, los exámenes de su sistema inmunológico mostraban un aumento sostenido de sus defensas. Al poco tiempo recuperó las fuerzas y la vitalidad de su organismo. ¡Dios lo sanó por com­pleto! Hoy en día, ese hombre es un ministro de nuestra iglesia, un hombre con gran don de servicio, un corazón agradecido con Dios y un apasionado por la intercesión.

Extracto del libro “Cómo Caminar en el Poder Sobrenatural de Dios”

Por Guillermo Maldonado

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