Predicaciones Cristianas – Qué Hacer Cuando Nada da Resultado 1

 

¿Cuántos de ustedes se han encontrado en un estado tal que han sentido el deseo de decir «parece que nada resulta»?

Si hubo alguna ocasión en que los discípulos, así como cualquiera otra persona necesitada, hubieran podido decir «nada parece dar resultado», se encuentra en la siguiente Escritura, Mateo 17:14-20.

Aquí tenemos el caso de un hombre que tiene una gran necesidad, su hijo es epiléptico, está poseído por un demonio, enfermo, y sufre toda clase de convulsiones. Este hombre lleva a su hijo a los mejores liberadores evangélicos de la época: A los seguidores de Jesús, que recibieron su entrenamiento directamente, bajo el ministerio de Jesús. Si vas a llevar a alguien para que quede curado, tu deseo sería llevarlo a lo mejor, alguien como los discípulos que estaban cerca de Jesús.

Ese hombre llevó a su hijo a nueve de los discípulos (tres de los doce se encontraban en una misión de oración con Jesús en el Monte de la Transfiguración). Aquellos discípulos reprendieron al diablo. Tal vez sacudieron al joven hasta que estuvo a punto de sufrir otra convulsión. Hicieron todo lo que pudieron, y todos fallaron. Cada uno, probablemente, tomó su turno con el joven, y desplegó todo el conocimiento que poseía.

¿Has tenido la experiencia de encontrarte alguna vez en un valle cuando todos los demás parecen estar en la cima de la montaña? ¿Que tu enfermedad se dilataba, que nada daba resultado?

Permíteme decirte que siempre hay esperanza cuando estás angustiado, tal como lo dijo David (Salmo 121:1).

Si elevas la vista y miras, hay Alguien que baja de la montaña ¡Su nombre es Jesús!

Su rostro todavía resplandece a medida que baja de la montaña. Cuando llega a la escena, todo fracaso, toda enfermedad y todo demonio desaparecen. ¡Todo lo que tenemos que hacer es traer a Jesús a la escena!

Jesús es la Palabra viva. Tenemos la Palabra escrita, y Él es esa Palabra personificada, que nos dice por medio de Juan: «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad» (Juan 1:14).

Si podemos activar la Palabra de Dios en medio de nuestros fracasos, entonces podemos encontrar la ayuda de Dios.

Jesús vino a este valle y le preguntó al hombre lo que deseaba de los discípulos. El hombre le contó acerca de su hijo. Le dijo a Jesús que los discípulos no habían sido capaces de ayudar a su hijo. Jesús le dijo que le trajera al niño. «Y reprendió Jesús al demonio, el cual salió del muchacho, y éste quedó sano desde aquella hora» (Mateo17:18).

Este hombre encontró su respuesta en el Señor Jesús. El trajo la Palabra viva a su situación concreta. ¡Jesús es maravilloso!

Necesitamos predicar sobre Jesús. Esta generación necesita ver a Jesús. Si tan sólo pudiéramos permitir que la humanidad doliente, llorosa, moribunda, vislumbrara a Jesús, que es el mismo siempre, y que tiene el poder de darnos lo que necesitemos, las personas correrían a buscarlo. Correrían a Él porque Él todavía es el maravilloso Hijo de Dios como leemos en la Biblia (Hebreos13:8).

Necesitamos saber qué hacer cuando nos encontremos en el valle.

¿Te has encontrado alguna vez en una situación concreta donde te parece que nada de lo que has aprendido te ayuda, que nada resulta en tu favor, que no se concretiza lo que debía concretizarse?

Las personas oran y buscan a Dios para prosperar, para sanarse y para liberarse del demonio. Buscan también que los dones del Espíritu Santo se manifiesten en ellos y que se les abran las puertas del ministerio. Desean tantas cosas. Oran y oran y oran, prueban todas las fórmulas que conocen, pero nada parece dar resultado.

Saben que se encuentra en la Biblia, pero, pero, pero, pero…

¿Te encuentras en el valle? Necesitas a Jesús en tu valle, trae Su palabra a ese valle. ¡Él te revelará el camino, porque Él es el Camino! (Juan 14:6).

Una vez tuve un automóvil nuevo. Me sentía tan orgulloso de él, era tan lujoso y uno de los mejores. Lo conducía a todas partes. Un día, mientras lo conducía, se detuvo súbitamente. El motor no encendía, no avanzaba, y ¡era un automóvil nuevo!

Me sentía tan desilusionado.

(CONTINÚA…)

Por John Osteen

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