Cuando Esté Atrapado por el Legalismo

Pasaje Clave: Juan 3.1–21

Es una realidad de la agricultura. Aun el suelo más fértil, si no recibe semilla, no da fruto. Aparentemente Nicodemo no sabía eso. Él pensó que el suelo podría dar frutos sin semillas. Ponía el énfasis en lo que le tocaba hacer al agricultor pero se olvidaba de la parte que le tocaba a la semilla. Era un legalista. Y así es como piensa un legalista. Uno que prepara el suelo pero se olvida de la semilla.

Nicodemo adquirió su legalismo de manera sincera. Era un fariseo. Los fariseos enseñaban que la fe era un asunto exterior. La ropa que usabas, la forma en que te comportabas, el título que llevabas, el sonido de tus oraciones, la cantidad de tus regalos… Todos estos eran los elementos usados por los fariseos para medir la espiritualidad.

De haber sido agricultores, habrían tenido las tierras más atractivas de la región: Silos pintados y equipos relucientes. Las cercas habrían estado blanqueadas y limpias. El suelo arado y regado. De haber sido agricultores habrían pasado largas horas en la cafetería discutiendo la teoría de la agricultura. ¿Es mejor fertilizar antes o después de una lluvia? ¿Se debe dejar descansar un campo un año de por medio o cada tres años? ¿Qué ropa debe usar un agricultor: Overol [también se le llama «mono»] o pantalones de mezclilla? ¿Sombreros de ala ancha o gorra con visera?

Los fariseos sólo tenían un problema. Para la cantidad de discusiones que se llevaban a cabo acerca de las técnicas apropiadas, cosechaban muy pocos frutos. De hecho, un inculto hombre de Galilea había dado más frutos en unos pocos meses que el que habían producido los fariseos durante toda una generación. Esto los ponía celosos. Airados. Altivos. Y la forma en que trataron con Él fue: ignorar sus resultados e insultar sus métodos.

Es decir, todos los fariseos excepto Nicodemo. Él era curioso. No, más que curioso, se encontraba conmovido; y lo estaba por la forma en que la gente escuchaba a Jesús. Le prestaban atención como si fuera el único dueño de la verdad. Como si se tratara de un profeta. Nicodemo estaba conmovido por lo que le veía hacer a Jesús. Como la vez que Jesús entró como una tromba al templo y volcó las mesas de los cambistas. Nicodemo tuvo una vez tal pasión. Pero eso había ocurrido hacía mucho tiempo… Antes de los títulos, antes de las túnicas, antes de las reglas. Nicodemo se siente atraído por el carpintero, pero no puede ser visto con Él. Nicodemo forma parte de la alta corte. No puede llegarse a Jesús siendo de día. De manera que se encuentra con Él de noche. Se dirige hacia allí en la oscuridad.

¡Qué apropiado! Pues el legalismo no ofrece luz.

Nicodemo abre la conversación con cortesía: «Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él» (v. 2).

Jesús le resta importancia al elogio. «De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios» (v. 3).

Nada de cháchara. Nada de conversación vana. Directo al grano. Al corazón. Al problema. Jesús sabe que el corazón del legalista es duro. No puede ser atravesado con palabras suaves. Hace falta un cincel. Así que Jesús comienza a martillar:

Al ciego no lo ayuda que incrementemos la luz, Nicodemo.

Al sordo no lo ayuda que levantemos el volumen de la música, Nicodemo.

Decorar el exterior no modifica el interior, Nicodemo.

No se pueden obtener frutos sin semilla, Nicodemo.

Debes nacer de nuevo.

¡Tac! ¡Tac! ¡Tac!

El encuentro de Jesús con Nicodemo fue más que un encuentro entre dos figuras religiosas. Fue un choque entre dos filosofías. Dos puntos de vista opuestos con respecto a la salvación. Nicodemo pensaba que la persona hacía la obra; Jesús dice que Dios hace la obra. Nicodemo pensaba que era una permuta. Jesús dice que es un regalo. Nicodemo pensaba que al hombre le correspondía merecerlo. Jesús dice que al hombre le corresponde aceptarlo.

Extracto del libro “Todavía Remueve Piedras”

Por Max Lucado

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