Gracia de Galilea

Pasaje Clave: Juan 21.1–11.

El sol se reflejaba en el agua antes de que Pedro lo notara. Un dorado círculo de ondas en la superficie del mar. Un pescador suele ser el primero en vislumbrar al sol naciente que aparece sobre la cresta de las colinas. Significa que su noche de trabajo finalmente se ha acabado.

Pero no sucedió así con este pescador. A pesar de que la luz se reflejaba en el lago, la oscuridad permanecía en el corazón de Pedro. El viento era helado, pero no lo sentía. Sus amigos dormían profundamente, pero no le importaba. Las redes a sus pies estaban vacías, el mar había sido avaro, pero Pedro no pensaba en eso.

Sus pensamientos estaban muy distantes del mar de Galilea. Su mente estaba en Jerusalén, reviviendo una noche de angustia. Al sacudirse el bote, los recuerdos se le agolpaban en la mente:

El ruido metálico de la guardia romana, el relucir de una espada y una cabeza que se agachaba, un toque para Malco, una reprimenda para Pedro, soldados que se llevaban a Jesús.

«¿En qué pensaba?» se preguntaba Pedro al mirar fijamente el fondo del bote. ¿Por qué corrí?

Pedro había corrido; le había dado la espalda a su amigo más querido y se había alejado corriendo. No sabemos adónde fue. Tal vez ni Pedro lo sabía. Encontró una cueva, una cabaña, un cobertizo abandonado; encontró un escondite y se metió allí.

Él se había jactado: «Aunque todos se escandalicen… yo nunca…» (Mateo 26.33). Y sin embargo lo hizo. Pedro hizo lo que juró no hacer. Había caído de bruces en el foso de sus propios temores. Y allí permaneció sentado. Lo único que podía escuchar era su promesa hueca. Aunque todos se escandalicen… yo nunca. Todos… Yo nunca. Yo nunca. Yo nunca. Una guerra rugía dentro del pescador.

En ese momento su instinto de supervivencia chocó con su alianza con Cristo y por un instante ganó la alianza. Pedro se puso de pie y salió de su escondite, siguió tras el ruido hasta ver el jurado iluminado por las antorchas en el patio de Caifás.

Se detuvo cerca de una fogata para calentarse las manos. El fuego chisporroteaba con ironía. La noche había sido fría. El fuego estaba caliente. Pero Pedro no estaba frío ni caliente. Estaba tibio. «Pedro lo seguía de lejos», describe Lucas (22.54).

Él era leal… Desde lejos. Esa noche se acercó lo suficiente como para poder ver sin ser visto. El problema fue que lo vieron. Otras personas que estaban cerca de la fogata lo reconocieron. «Estuviste con Él», le dijeron. «Estuviste con el nazareno». Tres veces se lo dijeron y cada vez Pedro lo negó. Y cada una de ellas Jesús lo escuchó.

Por favor, comprenda que el personaje principal de esta negación no es Pedro, sino Jesús. Jesús, que conoce los corazones de todas las personas, sabía de la negación de su amigo. Tres veces la sal de la traición de Pedro hizo arder las heridas del Mesías.

¿Cómo sé que Jesús lo sabía? Por lo que hizo. «El Señor se volvió y miró directamente a Pedro» (Lucas 22.61). Cuando cantó el gallo, Jesús se volvió. Sus ojos buscaron a Pedro y lo encontraron. En ese momento no había soldados, no había acusadores, no había sacerdotes. En ese momento que precedió al amanecer en Jerusalén sólo había dos personas: Jesús y Pedro.

Pedro nunca olvidaría esa mirada. Aunque la cara de Jesús ya estaba ensangrentada y amoratada, sus ojos se mantenían firmes y enfocados. Eran un bisturí que cortaba hasta dejar al descubierto el corazón de Pedro. A pesar de que la mirada sólo duró un momento, perduró para siempre.

Y ahora, unos días después en el mar de Galilea, la mirada aún penetraba. Lo que ocupaba sus pensamientos no era la resurrección. Ni la tumba vacía. Tampoco la victoria sobre la muerte. Eran los ojos de Jesús observando su fracaso. Pedro los conocía muy bien. Los había visto antes. De hecho, los había observado en este mismo lago.

Esta no era la primera noche pasada en el mar de Galilea. Después de todo él era pescador. Al igual que otros trabajaba de noche. Sabía que los peces se alimentarían cerca de la superficie durante el fresco de la noche y que regresarían a las profundidades durante el día. No, esta no era la primera noche que pasaba Pedro en el mar de Galilea. Tampoco era la primera noche que no pescaba nada.

Hubo una ocasión similar unos años antes…

Extracto del libro “Todavía Remueve Piedras”

Por Max Lucado

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Psicólogo, docente, consultor familiar, conferencista y autor (Verdades Que Sanan, Desafíos Para Jóvenes y Adolescentes). Trabajé con la niñez y la formación de maestros de niños. Fui pastor de adolescentes y jóvenes por más de 10 años. En la actualidad me dedico a enseñar, escribir, dictar conferencias y dirigir www.devocionaldiario.org y www.desafiojoven.com, donde millones de personas son alentadas, edificadas y fortalecidas en su fe. Casado y padre de tres hijos.

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