Ver lo Invisible

Pasaje Clave: Marcos 5.21-24, 35-43. Hebreos 11.1.

Anoche intenté enseñar a mis hijas a ver con sus ojos cerrados.

Le pedí a Jenna, de ocho años, que fuera a un lado de la sala. A Andrea, de seis, le dije que se parara del otro lado. Sara, la de tres años y yo nos sentamos en el sofá en el medio y observamos. A Jenna le tocaba cerrar los ojos y caminar. A Andrea le tocaba servir de ojos a Jenna y guiarla de manera segura hasta el otro lado de la habitación.

Usando frases como: «Da dos pasos de bebé hacia la izquierda» y «Cuatro pasos gigantes hacia adelante», Andrea guió exitosamente a su hermana a través de un traicionero laberinto de sillas, una aspiradora y una cesta de ropa.

Luego le tocó a Jenna. Ella guió a Andrea hasta pasar la lámpara favorita de su mamá y le gritó justo a tiempo para evitar que chocara con la pared cuando pensó que su pie derecho era el izquierdo.

Luego de varias expediciones por la oscuridad, se detuvieron y procesamos los datos.

«No me gustó», se quejó Jenna. «Causa temor ir hacia un lugar que no se puede ver».

«Tenía miedo de caer», asintió Andrea. «Me la pasé dando pasitos para estar segura».

Me siento identificado ¿y usted? A nosotros los adultos tampoco nos gusta la oscuridad. Pero andamos en ella. Al igual que Jenna, a menudo nos quejamos del temor que nos produce caminar hacia un lugar que no podemos ver. Y al igual que Andrea, frecuentemente damos pasos tímidos para no caer.

Tenemos motivos para ser precavidos: estamos ciegos. No podemos ver el futuro. No vemos absolutamente nada más allá del presente. No puedo decirle con certeza que viviré el tiempo que sea necesario para poder acabar este párrafo. (¡Puf, lo logré!) Tampoco puede decirme si usted vivirá el tiempo que sea necesario para leer el siguiente. (¡Espero que lo logre!)

No me refiero a ser corto de vista ni a tener la vista obstruida; me refiero a la ceguera opaca. No me refiero a una condición que se pasa con la niñez; estoy describiendo una condición que sólo se va con la muerte. Somos ciegos. Ciegos al futuro.

Es una limitación común a todos. Los ricos son tan ciegos como los pobres. A los cultos les falta tanto la vista como a los incultos. Y los famosos saben tan poco sobre el futuro como los desconocidos.

Ninguno de nosotros sabe cómo resultarán nuestros hijos. Nadie sabe qué día morirá. Ninguno sabe con quién se casará o aun si el matrimonio le aguarda o no. Somos universal, absoluta e inalterablemente ciegos.

Todos somos Jenna con sus ojos cerrados, tanteando por una habitación oscura, tratando de escuchar una voz conocida, pero hay una diferencia. Su entorno es conocido y amistoso. El nuestro puede ser hostil y fatal. Su mayor temor es tropezar y lastimarse el dedo. Nuestro mayor temor es más amenazante: Cáncer, divorcio, soledad, muerte.

Y por más que intentemos andar en línea recta, lo más probable es que tropecemos y nos lastimemos.

Pregúntele a Jairo. Él es un hombre que ha hecho todo lo posible por andar en rectitud. Pero cuyo camino había presentado un repentino viraje hacia una cueva. Una cueva oscura. Y él no desea entrar a solas.

Jairo es el líder de la sinagoga. Eso tal vez no signifique mucho para usted y para mí, pero en los días de Cristo el líder de la sinagoga era el hombre más importante de la comunidad. La sinagoga era el centro de la religión, la educación, la dirección y la actividad social. El líder de la sinagoga era el líder religioso mayor, el profesor de mayor rango, el alcalde y el ciudadano de mayor renombre, todo eso en uno.

Jairo lo tiene todo. Seguridad de empleo. Una acogida asegurada en la cafetería. Un plan de jubilación. Golf todos los jueves y un viaje anual pago a la convención nacional.

¿Quién pudiera pedir más? Y sin embargo Jairo quiere más. Necesita pedir más. De hecho cambiaría todo el paquete de beneficios y privilegios por una sola seguridad: Que su hija viva.

Extracto del libro “Todavía Remueve Piedras”

Por Max Lucado

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Psicólogo, docente, consultor familiar, conferencista y autor (Verdades Que Sanan, Desafíos Para Jóvenes y Adolescentes). Trabajé con la niñez y la formación de maestros de niños. Fui pastor de adolescentes y jóvenes por más de 10 años. En la actualidad me dedico a enseñar, escribir, dictar conferencias y dirigir www.devocionaldiario.org y www.desafiojoven.com, donde millones de personas son alentadas, edificadas y fortalecidas en su fe. Casado y padre de tres hijos.

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