El Loco Convertido en Misionero

Aquí tengo una pregunta para los coleccionistas de trivialidades. ¿Quién fue el primer misionero enviado por Jesús?

Alguno bien instruido, ¿verdad? O que tenía una íntima relación con Cristo. Un seguidor devoto. Un discípulo cercano. Uno con profundo conocimiento de las Escrituras y del sacrificio, ¿no le parece?

Permítame que le de una pista. Para hallarlo no busque en la Gran Comisión. No busque entre los nombres de los apóstoles. Este orador de vanguardia no figuraba en esa lista.

¿Qué tal los setenta discípulos enviados por Cristo? Lo siento, se ha equivocado otra vez. ¿Las epístolas? No. Mucho antes de que Pablo tomara una pluma, este predicador ya estaba dedicado a la obra.

¿Dónde fue Jesús para encontrar su primer misionero? (No lo va a creer.) A un cementerio.

¿Quién fue el primer embajador enviado? (Tampoco podrá creer esto.) Un lunático. El hombre enviado por Jesús era un loco convertido en misionero. Su historia se encuentra en Marcos 5.2–5.

Él es el hombre que su madre le dijo que evitara. Es el tipo que la policía frecuentemente encierra. Es el loco que recorre los barrios y asesina familias. Este es el rostro que llena la pantalla durante el noticiero de la noche. Y este fue el primer misionero de la iglesia.

Palestina no sabía qué hacer con él. Lo ataban pero rompía las cadenas. Se arrancaba las ropas. Vivía en las cuevas. Se cortaba con rocas. Era un coyote rabioso que andaba suelto, una amenaza para la sociedad. A nadie le servía para nada. Nadie tenía lugar para él. Excepto Jesús.

Aun hoy lo mejor que podría ofrecer la medicina moderna para tal tipo de hombre sería medicamentos y un tratamiento prolongado. Es posible que después de mucho tiempo, gastos y ayuda profesional, se pudiera lograr controlar un comportamiento tan destructivo. Pero eso requeriría años.

Con Jesús bastan unos segundos. El encuentro es explosivo. La barca de los discípulos atraca a poca distancia de un cementerio y de un hato de cerdos. Ambos son considerados impuros por los judíos. Al bajar Jesús, un loco sale de una caverna hecho una tromba.

El cabello desordenado. Las muñecas ensangrentadas. Presentando escoriaciones en la piel. Una verdadera furia hecha carne. La locura desnuda. Unos brazos que se agitan y una voz que grita. Los apóstoles quedan boquiabiertos y vuelven a poner un pie en la barca.

Están horrorizados. Pero Jesús no. Lea los siguientes versículos con cuidado, pues nos conceden un raro privilegio: Echarle una mirada a la guerra invisible. Por unos pocos minutos el conflicto invisible se vuelve visible y se nos ofrece una posición desde donde puede ser observado el campo de batalla.

Primeramente habla Jesús: «Sal de este hombre, espíritu inmundo» (v. 8).

El espíritu se pone nervioso: «¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo?» (v. 7).

Jesús quiere recuperar al hombre. Los demonios no ofrecen resistencia. No profieren amenazas. Han escuchado esta voz con anterioridad. Cuando Dios ordena, los demonios sólo tienen una respuesta. Suplican. «Le rogaban mucho que no los enviase fuera de aquella región» (v. 10).

La misma presencia de Jesús humilla a los demonios. A pesar de que habían dominado a este hombre, se doblegan ante Dios. A pesar de haber llenado la región de temor, piden clemencia de parte de Jesús. Sus palabras los convierten en llorones y debiluchos arrastrados.

Sintiéndose más seguros en un hato de cerdos que en la presencia de Dios, los demonios solicitan entrar en los cerdos. Jesús consiente y como dos mil cerdos poseídos se despeñan cayendo al mar.

Y mientras tanto los discípulos no hacen nada. Mientras Jesús lucha los seguidores lo observan anonadados. No saben qué más hacer.

¿Se siente identificado? ¿Se encuentra observando un mundo descontrolado sin saber qué hacer? Si ese es el caso, haga lo que hicieron los discípulos: Cuando arrecie la lucha, de un paso hacia atrás para permitir que luche el Padre.

Tengo una foto en mi álbum mental que ilustra este principio. En la escena, mi padre y yo estamos lidiando con una tormenta en un bote pesquero. Nos rodean montañas de crestas blancas, la mayoría más altas que cualquiera de los dos. La línea de la costa está escondida, la niebla se espesa y sinceramente comenzamos a dudar que podamos alcanzar nuevamente la costa.

Yo soy pequeño, tal vez de nueve años. El bote es pequeño, mide unos tres metros. Y las olas son altas, de suficiente altura como para hacer zozobrar a nuestra nave. El cielo retumba, las nubes se hinchan y el relámpago forma zigzag.

Papá ha dirigido el bote hacia la playa más cercana, apuntando la proa a las olas. Él está sentado en la parte de atrás con una mano sobre el acelerador y su cara al viento. Yo estoy en el frente mirando para atrás hacia donde está él. La lluvia hace arder mi cuello descubierto y empapa mi camisa. Una ola tras otra nos levanta y nos baja de un golpe. Agarro ambos lados del bote y me aferro.

Extracto del libro “Todavía Remueve Piedras”

Por Max Lucado

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