Cristianismo Indiferente

Pasaje Clave: Lucas 23:33-42.

Casi pierde el vuelo. De hecho, pensé que dispondría de toda la hilera de asientos hasta que levanté la vista y la vi resoplando por el pasillo, arrastrando dos grandes bolsos.

-Odio volar- dijo abruptamente al dejarse caer en su asiento. -Postergo mi llegada aquí lo más que puedo.

«Casi lo postergaste demasiado», dije sonriendo. Era alta, joven, rubia, bronceada y conversadora. Sus pantalones de mezclilla, respetando la moda, lucían sendos tajos a la altura de las rodillas. Y en sus botas negras relucían punteras plateadas. Descubrí que de veras detestaba volar. Utilizaba la charla como una válvula de escape.

-Voy a casa para ver a mi papá. Se sorprenderá al ver mi bronceado. Piensa que estoy loca por vivir en California, por el hecho de que soy soltera y otras cosas por el estilo. Tengo un nuevo novio, es del Líbano. Pero viaja mucho de modo que sólo puedo verlo los fines de semana, lo cual me viene bien porque me permite tener la casa para mí sola. No está muy lejos de la playa y…

He aprendido lo que debo hacer cuando una amistosa y atractiva mujer se sienta a mi lado. Tan pronto como me sea posible le revelo mi profesión y mi estado civil. De esa manera ambos evitamos dificultades.

-A mi esposa tampoco le gusta volar- dije rápidamente cuando hizo una pausa para respirar, -así que entiendo lo que sientes. Como soy pastor, conozco una porción de la Biblia que tal vez quieras leer mientras despegamos.

Saqué mi Biblia de mi portafolios y la abrí en el Salmo 23. Por primera vez se quedó callada.

-El Señor es mi pastor- leyó las palabras y luego levantó la vista mientras sonreía ampliamente-. Lo recuerdo- dijo mientras que el avión iniciaba el despegue-. Lo leí cuando era pequeña.

Se dio vuelta para leer un poco más. La siguiente vez que levantó la vista había una lágrima en uno de sus ojos.

-Ha pasado mucho tiempo. Demasiado-. Me contó que antes creía. Se había convertido cuando era pequeña, pero no podía recordar cuándo había sido la última vez que había asistido a la iglesia.

Hablamos un poco acerca de la fe y de las segundas oportunidades. Le pregunté si podía hacerle una pregunta. Dijo que sí.

-¿Crees en el cielo?

-Sí.

-¿Piensas que irás allí.

Miró hacia otro lado por un minuto y luego giró la cabeza y contestó confiada:

-Sí, seguro que estaré en el cielo.

-¿Cómo lo sabes?

-¿Cómo sé que iré al cielo?- Se quedó callada mientras formulaba su respuesta.

Por algún motivo la sabía antes de expresarla. Yo la veía venir. Ella iba a darme su «lista». (Todos tienen una.)

-Bueno, básicamente soy buena. No fumo más de un paquete de cigarrillos por día. Hago ejercicios. Soy responsable en mi trabajo- contaba con sus dedos cada logro- e hice que mi novio se hiciera la prueba del SIDA.

Así me presentó su lista. Sus calificaciones. Según su modo de pensar, el cielo se podía ganar con buenos hábitos de salud y sexo protegido. Su línea de pensamiento era simple, en la tierra respeto mi lista y consigo un lugar en el cielo. Ahora, antes de que seamos demasiado severos con ella, permítame que le haga una pregunta: «¿Qué cosas están en su lista?»

La mayoría de nosotros tiene una. Casi todos nos parecemos a la muchacha del avión. Pensamos que somos «básicamente buenos». Decentes, personas trabajadoras. Muchos tenemos una lista para probarlo. Tal vez la suya no incluya los cigarrillos ni la prueba del SIDA. Pero igual que ella usted tiene una lista.

«Pago mis deudas».

«Amo a mi cónyuge y a mis hijos».

«Asisto a la iglesia».

«Soy mejor que Hitler».

«Soy básicamente bueno».

La mayoría tenemos una lista. La misma tiene un propósito: Probar que somos buenos. Pero tiene un problema: ninguno de nosotros es suficientemente bueno.

Extracto del libro “Todavía Remueve Piedras”

Por Max Lucado

(CONTINÚA… DALE CLICK ABAJO EN PÁGINAS…)

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