Cómo Comprender las Prioridades de Dios

Pasaje Clave: Marcos 2.1–12

Hablemos un momento acerca de las explosiones de amor. Afecto espontáneo. Momentos tiernos de amor radiante. Devoción encendida. Explosiones de ternura. ¿Me permite ilustrar el tema?

Usted y su esposo están en una fiesta. Una de esas donde permanecen de pie en la sala mientras comen y conversan. Está charlando con un grupo de mujeres y su esposo se encuentra al otro lado de la habitación integrando un círculo de hombres. El tema que trata su grupo son los esposos y la opinión colectiva es negativa. Las mujeres se quejan de la cantidad de golf, medias sucias y largas noches dedicadas al trabajo. Pero usted permanece en silencio. Habla poco porque tiene muy poco que decir. El hombre con el que se casó no es perfecto, pero tampoco es una carga. En realidad, comparado con los otros mencionados, parece bastante especial. Él ha cambiado su cuota de pañales y sus palos de golf no han salido del desván desde que nació el último bebé. Dirige su mirada hacia el otro lado de la sala donde está su esposo y sonríe al ver la forma en que tironea la corbata que le convenció que usara para esta ocasión. Sigue siendo tan buen mozo como el día en que se conocieron. Un tanto más relleno o calvo quizás, pero eso no lo nota. Lo único que usted ve es el hombre que le robó el corazón. Y repentinamente siente que iría hasta la China en un bote de remos para hacerle saber lo feliz que la pone que lo haya hecho.

Así son las explosiones de amor. Aquí va otra.

Hace tiempo que no sostiene a un bebé. Ha pasado bastante tiempo desde que estuvo cerca de un bebé. Pero ahora está a solas con uno. Sus hijos lo dejaron en su casa por unas horas y su esposa corrió hasta el almacén para comprar un poco de leche y ahora usted se encuentra a solas con su nieto. Sólo tiene unos pocos días de nacido y está envuelto más apretado que los tabacos que le entregó a sus amigos. Al acunarlo en sus brazos se da cuenta de que es la primera vez en que ambos se encuentran a solas. Con toda la fanfarria y los amigos en el hospital todavía no han compartido un momento en privado. De modo que se acomoda en su sillón y lo gira para poder ver el rostro del bebé. Se pregunta acerca del futuro… Su futuro: los primeros pasos, el primer beso, fútbol, universidad. Se pregunta cómo será ser un niño en un mundo donde el dolor parece aguardar en cada esquina.

El mirar a los ojitos y ver la nariz que vino del otro lado de la familia, le golpea. De un sitio no determinado cae un relámpago de devoción. Repentinamente toma conciencia de que el mismo infierno tendría que vencerlo para poder llegar hasta este que lleva su nombre. «Todo va a estar bien» escucha la promesa que le hace al niño durmiente. «Pase lo que pase, recuerda que estoy aquí. Todo estará bien».

¿Puedo relatar uno más?

Llegó a la casa malhumorado porque le adelantaron una fecha de entrega. Ella llegó gruñona porque en la guardería se olvidaron de administrar a la hija de ambos, de cinco años, su medicina para la garganta. Cada uno esperaba recibir del otro un poco de comprensión pero ninguno de los dos la recibió. De modo que ahora están sentados a la mesa de la cena (malhumorados y gruñones) con la pequeña Emily. Ella junta sus manos para orar (según se le ha enseñado) y ambos inclinan sus cabezas (pero no sus corazones) y escuchan. De dónde proviene esta oración, sólo Dios lo sabe.

«Dios, soy yo, Emily. ¿Cómo estás? Estoy bien, gracias. Mamá y papá están enojados. No sé por qué. Tenemos pájaros, juguetes y puré de papas, además nos tenemos a nosotros mismos. Tal vez puedas lograr que dejen de estar enojados. Por favor hazlo, de otro modo, sólo seremos tú y yo los que nos divertiremos esta noche. Amén».

La oración es respondida antes de finalizar; ambos levantan la cabeza a la mitad, se ríen al terminar, sacuden sus cabezas y piden perdón. Y ambos agradecen a Dios por la vocecita que les hizo recordar lo que verdaderamente importa.

Eso es lo que logran las explosiones de amor. Le recuerdan lo que tiene importancia. Un telegrama despachado a la puerta trasera de lo familiar que le dice que valore el tesoro que tiene mientras lo tenga. Un susurro de un ángel o alguien que suene como tal que le recuerda que lo que tiene es de mayor importancia que lo que quiere y que lo urgente no siempre es lo que más importa.

Extracto del libro “Todavía Remueve Piedras”

Por Max Lucado

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