Sorprendente galería, ¿no le parece? Una habitación de retratos que van del dolor a la paz. Una sala de fuerza renovada. Un bosque de vigor restaurado. Una exposición de segundas oportunidades.

¿No sería increíble visitar una de verdad? ¿No sería grandioso recorrer una verdadera colección de «Cañas cascadas y pábilos humeantes»? ¿Qué sucedería si pudiese ver uno tras otro los retratos de los encuentros de Dios con las personas en sus momentos de dolor? No solamente de los personajes bíblicos, sino también los de las personas contemporáneas como usted. ¡Personas de su generación y de su mundo!

¿Y qué pasaría si esta galería tuviera no sólo la historia de ellos, sino la suya y la mía también? ¿Qué sucedería si hubiese un lugar donde se pudiesen exponer nuestras experiencias de «antes» y «después»? Bueno, es posible que haya uno. Tengo una idea para tal galería. Tal vez le parezca fantasioso, pero vale la pena contárselo.

Antes de hacerlo, debemos tratar una pregunta final. Una pregunta que es fundamental. Recién acaba de leer una historia tras otra en las cuales Dios se encontró con las personas en su sitio de dolor. Dígame ¿por qué razón se encuentran estas historias en la Biblia? ¿Por qué están los Evangelios repletos de tales personajes? ¿Personas tan desesperadas? Aunque sus situaciones varíen, sus condiciones no. Están atrapadas. Apartadas. Rechazadas. No tienen dónde ir. En sus labios hay una oración desesperada. En sus corazones, sueños desolados. Y en sus manos, una soga rota. Pero delante de sus ojos está un hombre de Galilea que nunca se rinde y se especializa en entrar cuando los demás se retiran.

Las acciones de este hombre sorprenden por su simpleza. Sólo palabras de misericordia o toques de bondad. Dedos sobre ojos no videntes. Una mano sobre un hombro cansado. Palabras para corazones tristes. Todos estos cumpliendo la profecía: «La caña cascada no quebrará, y el pábilo que humea no apagará».

Vuelvo a preguntar. ¿Por qué se encuentran estas historias en la Biblia? ¿Por qué existe esta galería? ¿Por qué nos dejó Dios un relato tras otro de vidas heridas que eran restauradas? ¿Para que pudiésemos estar agradecidos por el pasado? ¿Para poder mirar hacia atrás y admirar la obra de Jesús?

No. No. No. Y mil veces no. El propósito de estas historias no es el de relatarnos lo que Jesús hizo. Su propósito es el de hacernos saber lo que Jesús hace. «Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron», anotó Pablo, «a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza» (Romanos 15.4).

Estas historias no son sólo para la Escuela Dominical. No son fábulas románticas. Tampoco son ilusiones del más allá. Son momentos históricos en los cuales un Dios real se encontró con verdadero dolor para que pudiésemos responder a la pregunta: «¿Dónde está Dios cuando sufro?»

¿Cómo reacciona Dios ante las esperanzas destruidas? Lea la historia de Jairo. ¿Qué siente el Padre con respecto a los enfermos? Párese con Él junto al estanque de Betesda. ¿Anhela que Dios hable a su corazón solitario? Entonces escuche cuando le habla a los discípulos camino a Emaús. ¿Cuál es la palabra de Dios para los avergonzados? Observe mientras su dedo dibuja en la tierra del patio del templo en Jerusalén.

No lo hace por ellos solamente. Lo está haciendo por mí. Lo está haciendo por usted.

Lo cual nos lleva hasta la pintura final de la galería, la suya. Ahora que ha terminado el libro, levante el pincel. Ahora que ha leído estas historias, reflexione sobre la suya. Párese frente a los lienzos que llevan su nombre y dibuje sus retratos.

No es necesario que sea sobre un lienzo con pintura. Pudiera ser en un papel utilizando un lápiz, en una computadora usando palabras, en una escultura con arcilla, en una canción con letras. No importa cómo lo haga, pero le animo a que lo haga. Registre su drama. Relate sus peripecias. Trame su travesía.

Comience con el «antes». ¿Cómo era su vida antes de conocerlo? ¿Lo recuerda? Tal vez hayan pasado décadas. Quizás fue ayer. A lo mejor lo conoce bien. Quién sabe si es que recién lo haya conocido. Repito, eso no tiene importancia. Lo que importa es que nunca olvide cómo es la vida sin Él.

Los recuerdos pueden doler. Algunas partes de nuestro pasado no resultan agradables de recordar. Pero es necesario traerlos a la memoria. «Piensen en lo que eran cuando fueron llamados», instruyó Pablo (1 Corintios 1.26). Nosotros, los adoptados, no podemos olvidar cómo era la vida siendo huérfanos. Nosotros, los liberados, debiéramos volver a visitar la prisión. Los hallados, no podemos olvidarnos de la desesperación de estar perdidos.

La amnesia promueve la arrogancia. No podemos permitir que nos olvidemos. Necesitamos recordar. Es necesario que contemos nuestra historia. No necesariamente a todo el mundo, pero a alguno. Existe alguien que es como era usted. Él o ella necesitan saber lo que Dios puede hacer.

Extracto del libro “Todavía Remueve Piedras”

Por Max Lucado

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