Pues verá, una boda en tiempos de Cristo no era poca cosa. Por lo general se iniciaba con una ceremonia a la caída del sol en la sinagoga. La gente a continuación abandonaba ese sitio y comenzaba una larga procesión por la ciudad llevando velas, caminando por las calles retorcidas a la suave luz del sol del atardecer. La pareja era acompañada y pasaban por el mayor número posible de hogares para que todos pudiesen expresarles sus deseos de felicidad. Después de la procesión, sin embargo, la pareja no salía de luna de miel; la luna de miel era llevada hasta ellos.

Regresaban hasta su hogar donde les esperaba una fiesta. Durante varios días habría entrega de regalos, discursos, comida y (¡adivinó!) vino. La comida y el vino eran tomados muy en serio. El anfitrión honraba a los huéspedes manteniendo sus platos llenos y sus copas rebosantes. Se consideraba un insulto a los huéspedes que el anfitrión se quedase sin comida o vino.

La hospitalidad en las bodas era un deber sagrado. Tan serias eran estas costumbres sociales que, si no eran observadas, ¡podían ser motivo de juicio por parte de los ofendidos!

«Sin vino», decían los rabinos, «no hay gozo». El vino era fundamental, no para emborracharse, la cual era considerado una desgracia, sino por lo que demostraba. La presencia de vino indicaba que este era un día especial y que todos los huéspedes eran invitados especiales.

Por lo tanto, su ausencia era una vergüenza social. María, la madre de Jesús, es una de las primeras en darse cuenta de que el vino se ha acabado. Se aproxima a su hijo y le señala el problema: «No tienen vino».

¿La respuesta de Jesús? «¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora» (v. 4).

Allí están otra vez esas palabras. «Mi hora». Jesús está consciente del plan. Tiene un lugar y una hora para su primer milagro. Y no es este.

Más o menos a esta altura el comité angelical para los milagros del Mesías deja escapar un suspiro colectivo de alivio.

-Menos mal. Por un momento pensé que iba a arruinarlo todo.

-Yo también. ¿Se imagina a Jesús dando comienzo a su ministerio con un milagro de agua convertida en vino?

-Así se hace, Jesús, di que no. Aférrate al plan.

Jesús conoce el plan. Al principio parece que lo respetará. Pero al escuchar a su madre y ver los rostros de los que están en la fiesta de las bodas, cambia de opinión. El significado del plan es lentamente eclipsado por su preocupación por la gente. El tiempo es importante, pero la gente lo es aún más.

Como resultado, modifica su plan para satisfacer las necesidades de unos amigos. Increíble. El programa del cielo es alterado para que unos amigos no sean avergonzados. Lo que motiva el milagro inicial no es la tragedia ni el hambre ni el colapso moral, sino la preocupación por unos amigos que se encuentran en un aprieto.

Ahora si usted fuera un ángel del comité de milagros mesiánicos, no le agradaría ni un poquito. No, señor. No le complacería este cambio de parte de Jesús. Todo lo que a esto se refiere está mal. Momento inapropiado. Sitio erróneo. Milagro equivocado.

«Vamos, Jesús. Recuerda la agenda», le insta usted. «Recuerda la estrategia. No es así como lo habíamos planificado».

No, si usted fuera un ángel del comité, este cambio no le agradaría para nada.

Pero si es un ser humano que alguna vez ha sido avergonzado, le agradará mucho. ¿Por qué? Porque este milagro le dice que lo que a usted le interesa, también le interesa a Dios.

Probablemente piense que esto es verdad cuando se trate de asuntos importantes. Cuando se trate de dificultades grandes como la muerte, la enfermedad, el pecado y algún desastre; usted sabe que Dios se interesa.

Pero, ¿qué sucede con las cosas pequeñas? ¿Qué sucede con los jefes gruñones, las gomas ponchadas o los perros extraviados? ¿Qué sucede con la vajilla rota, los vuelos atrasados, los dolores de muelas o un disco duro de computadora que ha perdido sus datos? ¿Le importan estas cosas a Dios?

Lo que intento decir es que tiene que supervisar un universo. Mantener a los planetas en equilibrio, vigilar a los presidentes y a los reyes. Hay guerras que le preocupan y hambrunas que debe de solucionar. ¿Quién soy yo para hablarle acerca de mi uña encarnada?

Me alegra que lo haya preguntado.

Extracto del libro “Todavía Remueve Piedras”

Por Max Lucado

(CONTINÚA… DALE CLICK ABAJO EN PÁGINAS…)

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