Permítame que le diga quién es usted. En efecto, permítame que proclame quién es.

Usted es heredero de Dios y coheredero con Cristo (Romanos 8.17).

Es eterno como los ángeles (Lucas 20.36).

Tiene una corona incorruptible (1 Corintios 9.25).

Es un sacerdote santo (1 Pedro 2.5), un tesoro especial (Éxodo 19.5).

Fue escogido antes de la fundación del mundo (Efesios 1.4). Su destino es «loor y fama y gloria, y para que seas un pueblo santo a Jehová tu Dios» (Deuteronomio 26.19).

Pero mayor que cualquiera de los mencionados anteriormente, más significativo que cualquier título o posición, es el simple hecho de que usted es hijo de Dios. «¡Fíjense qué gran amor nos ha dado el Padre, para que se nos llame hijos de Dios! ¡Y lo somos!»(1 Juan 3.1).

¡Me encanta esa última frase! «¡Y lo somos!» Es como si Juan supiera que algunos de nosotros sacudiríamos nuestras cabezas y diríamos: «No, yo no. Puede ser la Madre Teresa. O tal vez Billy Graham. Pero yo no». Si eso es lo que siente, Juan agregó esa frase para usted. «¡Y lo somos!»

Por lo tanto, si alguna cosa es importante para usted, lo es también para Dios. Si usted es padre sabe esto. Imagínese si encontrara una herida infectada en la mano de su hijo de cinco años. Le pregunta qué le sucede y él le dice que tiene una astilla. Le pregunta cuándo le ocurrió. ¡Él le contesta que fue la semana pasada! Le pregunta por qué no se lo dijo antes y él le responde: «No quería molestarlo. Sabía que tenía mucho que hacer administrando la casa y otras cosas por el estilo y no quería ser un estorbo».

«¿Ser un estorbo? ¡Ser un estorbo! Soy tu padre. Eres mi hijo. Mi responsabilidad es ayudar. Cuando sufres yo también sufro».

Tengo un ejemplo perfecto de esto grabado en un videocasete. Jenna, mi hija de ocho años cantó un solo en un banquete de honor. Acepté quedarme en la casa con las otras dos hijas si mi esposa filmaba la actuación. Al llegar de regreso a casa, tenían una historia curiosa que contar y un interesante videocasete para mostrar.

Jenna se olvidó de la letra. Al subir al escenario frente a un gran auditorio, su mente se quedó en blanco. Como Denalyn estaba grabando en ese momento, pude observar la crisis a través de sus ojos, los ojos de una madre. Se nota que Denalyn se está poniendo nerviosa en el momento en que Jenna empieza a olvidarse de la letra: La cámara comienza a temblar. «Está bien, está bien», asegura la voz de Denalyn. Comienza a cantar las palabras para que Jenna se acuerde. Pero ya es demasiado tarde, Jenna dice «lo siento» a los presentes, rompe en llanto y se aleja corriendo del escenario.

En ese momento la mamá deja caer la cámara y corre tras de Jenna. La cámara graba el piso y la voz de Denalyn que dice: «Ven aquí, querida».

¿Por qué hizo eso Denalyn? ¿Por qué paró todo y corrió tras de su hija? (Dicho sea de paso, Jenna se recuperó. Denalyn le enjugó las lágrimas. Ambas ensayaron la letra. Y Jenna cantó y fue ovacionada.)

Ahora ¿por qué Denalyn se preocupó tanto? En el gran cuadro de las cosas, ¿tiene tanta importancia una vergüenza social? Usted conoce la respuesta aun antes de que se la diga. Para una niña de ocho años es algo sumamente importante. Y porque era importante para Jenna, también lo era para su mamá.

Y porque es hijo de Dios, si es importante para usted, es importante para Él.

¿Por qué transformó Jesús el agua en vino? ¿Para impresionar a la multitud? No, ni se enteraron de lo que hizo. ¿Para captar la atención del maestresala? No, él pensó que el novio estaba siendo generoso. ¿Por qué lo hizo Jesús? ¿Qué cosa motivó su primer milagro?

Sus amigos se sentirían avergonzados. Lo que a ellos les molestaba, a Él también. Si el niño sufre, el padre también sufre.

De modo que… ¡Adelante! Dígale a Dios lo que le duele. Hable con Él. No le echará fuera. No pensará que es una tontería. «Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro» (Hebreos 4.15–16).

¿Se interesa Dios por las cosas pequeñas en nuestras vidas? Más vale que lo crea. Si le interesa a usted, le interesa a Él.

Extracto del libro “Todavía Remueve Piedras”

Por Max Lucado

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