Continuemos.

Un hombre le contó a su sicólogo que sus ansiedades le estaban quitando el sueño. Algunas noches soñaba que era una tienda de acampar; otras, que era una tienda de las que usan los indios. Rápidamente, el doctor analizó la situación y le dijo: «Ya sé cuál es su problema. Usted está demasiado tenso».

La mayoría de nosotros lo estamos. Como padres quizás hemos sido demasiado rígidos. Mis hijas están en la edad en que los jovencitos empiezan a conducir automóvil. Parece que fue ayer que les estaba ayudando a aprender a caminar y ahora ya están detrás del volante de un automóvil. Es sorprendente. Estoy pensando seriamente en mandar a hacer una calcomanía especial para el auto de Jenna que diga: «¿Cómo manejo? Llame al 1–800-mi-papá».

¿Qué hacer con estas preocupaciones? Literalmente: Dejarlas en la cruz. La próxima vez que estés preocupado por tu salud, o la casa, o las finanzas o los viajes, emprende un viaje mental al cerro. Pasa allí unos momentos mirando de nuevo las cosas relacionadas con la pasión.

Pasa tu dedo por el filo de la lanza. Balancea un clavo en la palma de tu mano. Lee el letrero escrito en tu propio idioma. Y mientras haces esto, toca el suelo sucio, manchado con la sangre de Dios.

  • Sangre que derramó por ti.
  • La lanza que le clavaron por ti.
  • Los clavos cuyo dolor sintió por ti.
  • El letrero que dejó allí por ti.

Todo esto lo hizo por ti. Sabiendo esto, sabiendo todo lo que hizo por ti allí, ¿todavía piensas que no tendrá cuidado de ti aquí y ahora?

O, como escribió Pablo: «Dios no quiso retener a su propio Hijo, sino que lo dio por nosotros. Si Dios hizo esto, ¿cómo no nos va a dar generosamente todas las cosas?» (Romanos 8.32).

Hazte un favor: deja tus momentos de ansiedad en la cruz. Déjalos allí junto con tus momentos malos, tus momentos de ira y tus momentos de ansiedad. ¿Podría sugerirte una cosa más? También tu momento final.

Salvo que Cristo regrese antes, tú y yo tendremos un momento final. Un último suspiro. Un momento en que nuestros ojos se cerrarán y nuestro corazón dejará de latir. En una fracción de segundo dejarás lo que conoces y entrarás en lo que no conoces.

Esto es lo que nos molesta. La muerte es la gran desconocida. A pesar de eso, siempre estamos haciendo bromas con lo desconocido.

Sara lo hizo. Denalyn y yo creímos que era una gran idea. Secuestraríamos a nuestras hijas de la escuela y las llevaríamos en un paseo de fin de semana. Hicimos reservaciones en un hotel y arreglamos los detalles pertinentes con los profesores, pero sin que las niñas supieran nada. Cuando el viernes por la tarde nos presentamos ante Sara en la sala del cuarto grado, pensamos que saltaría de alegría. Pero no lo hizo. Se mostraba temerosa. ¡No quería abandonar la sala de clases!

Cuando nos fuimos, le aseguramos que no ocurriría nada malo. Habíamos venido para llevarla a un lugar muy divertido. No funcionó. Cuando subimos al auto, se puso a llorar. Estaba confundida. No le agradaba la interrupción. A nosotros tampoco. Dios promete venir en un momento en que no lo esperamos para llevarnos de este mundo gris que conocemos a un mundo dorado que no conocemos. Y como no lo conocemos, no estamos seguros de querer irnos. Incluso nos sentimos mal cuando pensamos en su venida.

Por esta razón, Dios quiere que hagamos lo que Sara finalmente hizo: confiar en el padre. «No se turbe tu corazón ni tenga miedo», nos dice. «Vendré otra vez y os tomaré para que estén conmigo y así puedan estar donde yo estoy» (Juan 14.1-3).

Entre paréntesis, en poco tiempo Sara se tranquilizó y disfrutó el viaje. Tan a gusto estaba que no quería regresar a casa. Tampoco tú querrás volver acá.

¿Problemas respecto de los momentos finales? Déjalos a los pies de la cruz. Déjalos allí con tus momentos malos, tus momentos de ira y tus momentos de ansiedad.

Acerca de este tiempo, alguien podría decirme: «Mira, Max, si dejo todos esos momentos en la cruz, me voy a quedar solo con los momentos buenos».

Bueno, ¿qué te parece? Tienes toda la razón.

Extracto del libro “Él Escogió los Clavos”

Por Max Lucado

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