cristo-satisface-nuestra-necesidad-de-lo-milagrosoPredicaciones – Cristo Satisface Nuestra Necesidad de lo Milagroso 4

 

Continuemos.

No puedo explicarme los caminos de Dios. Después de todo, no hay ser humano que pueda. Isaías 55:8 dice que «sus caminos no son nuestros caminos ni sus pensamien­tos nuestros pensamientos». Reacciono vehementemente ante los predicadores que les comunican por radio y televisión a millones de personas que Dios sanará a cualquiera que le pida, usando la fórmula correcta. Creo que son responsables de fomentar esperanzas que quizá no se cumplan. Los que reclaman que Dios sanará a toda persona que ore con fe, creyendo, ocasionan angustia y desilusión entre más personas de la que podamos imagi­nar.

Conozco el caso de una familia que recibió la noticia de que el padre estaba gravemente enfermo de cáncer y que con toda probabilidad estaría muerto en cuestión de meses. Los hijos del hombre estaban muy unidos con él. Lo amaban profundamente y las noticias de su muerte inminente los destrozó emocionalmente. Una hermana, respondiendo a las afirmaciones de un predicador famo­so de la televisión, le escribió una carta preguntando qué era necesario para que su padre se sanara. El evangelista respondió (probablemente con una de esas cartas redac­tadas en una procesado de palabras) que si todos en la familia confesaran el pecado en su vida y, como creyen­tes purificados, oraran por la sanidad, entonces su padre sanaría.

Haciendo lo mejor que podía, cada miembro de la familia hizo según las instrucciones. Confesaron sus pe­cados. Pidieron al Espíritu Santo que les purificara el corazón y oraron con intensidad para que su padre se sanara. La triste noticia es que el padre no sanó, y murió.

Después de la muerte del padre, la hija volvió a escribir al evangelista. La respuesta que recibió fue detestable. El evangelista decía en su carta que la razón por la que el padre no había sanado era porque todavía había algún pecado en la vida de uno de los miembros de la familia. Eso lanzó a varios de esos jóvenes a las profundidades de la tristeza. Cada uno se sumió en la culpa, preguntándose qué pudo haber sido en su vida lo responsable por la muerte del padre. Cada uno pasó por un largo proceso de autoacusación. Dudo que alguno de ellos llegue a superar los efectos de esa carta.

Teología como la del redactor de cartas de ese evange­lista de la televisión es pura galimatías. Creo en lo mila­groso, pero no que nadie pueda controlarlo. Algunos evangelistas contemporáneos actúan más bien como magos que pretenden poseer poder personal y no como siervos de Dios que hacen como manda la Biblia y dejan a la discreción del Todopoderoso los que han de ser sanados y los que no.

Creo firmemente que las sanidades y los milagros no son normativos en la vida de la iglesia, sino que son «señales» del reino de Dios. Creo que en ellos Dios apuntó hacia lo que sucederá a todos los enfermos y mutilados en la vida al otro lado de la tumba. Las sanida­des son ocurrencias inusitadas que dicen a toda persona que está físicamente incapacitada o enferma que un día, algún día, él será sanado y estará bien. Las sanidades son declaraciones de las nuevas de que llegará el tiempo en que cada uno de nosotros tendrá un cuerpo nuevo, completo, saludable y libre de la posibilidad de la des­composición. Pero prometer que toda persona que ore será sanada en la tierra es algo muy equivocado.

Muchos saben de Joni Eareckson Tada. Esa hermosa y joven mujer que está paralizada ha orado y orado, y se han hecho oraciones por ella; pero ella sinceramente admitirá que no piensa que la sanidad sea para su cuerpo. Es una mujer excepcional que ha sido uno de los testi­monios más brillantes de Cristo en nuestros días. Su vida se ha convertido en un ejemplo para muchos minusválidos, demostrando que pueden llevar una vida producti­va, eficaz y de bendición para los demás aunque su cuerpo no funcione como a ellos les gustaría. Decir que a Joni Eareckson Tada de alguna manera le falta fe o que no ha orado debidamente pareciera obsceno.

Creo en lo milagroso. Siento temor reverente y admira­ción por eso. Conozco la verdad enunciada por Dostoievski de que tenemos una necesidad de lo milagroso para no ser sofocados por las expectaciones rutinarias de un mundo terrenal. Necesitamos lo milagroso porque tenemos que creer que este mundo de pronósticos cien­tíficos puede ser trascendido. Lo milagroso es lo que nos da base para la esperanza, aunque las circunstancias de la vida digan que no hay lugar para ella.

No me avergüenzo del evangelio de Cristo, porque satisface mi necesidad de lo milagroso. Y estoy seguro de que también satisfará la suya.

Extracto del libro “Es Viernes Pero el Domingo Viene”

Por Tony Campolo

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