1) Exprese amor y aceptación. Recuerde que no existe jerarquía de pecados en la Biblia. Dentro de la comunidad cristiana tendemos a ver algunos pecados como menos “perdonables” que otros. Cuando el apóstol Pablo escribe su lista en 1ª Corintios 6:9 y 10, coloca la homosexualidad entre otros pecados, ni mejor ni peor, sólo uno más entre otros igualmente de malignos. El amor es condición esencial para poder ayudar. Para los cristianos, toda persona es objeto del amor de Dios. Por lo tanto, acompañe, no discrimine; ayude, no condene.

2) Verifique si la persona quiere ser ayudada.

Hay esperanza para todas las personas. La Biblia nos asegura que muchos homosexuales dejaron sus prácticas, 1ª Corintios 6:9-11. Recuerde que el comportamiento sexual es la decisión de hacer como de abstenerse de hacer algo, incluyendo el beso, el tomarse de las manos, el masturbarse y una amplia gama de otros comportamientos. En toda persona sana, desde el punto de vista psicológico, es posible ejercer la voluntad en el sentido que se quiera. En otras palabras, tanto la práctica de la homosexualidad, la bisexualidad, la heterosexualidad u otros comportamientos sexuales, son conductas voluntarias. Depende de la persona la práctica. No de un tercero, una convención social o familiar y tampoco de un demonio. Este dato es sumamente relevante porque no hay persona, método o estrategia que pueda ayudar a una persona que no quiera modificar su conducta. La razón por la que muchos consejeros se desaniman en el proceso de discipulado es porque están tratando de ayudar a la persona equivocada.

3) Lleve a la persona a un encuentro con Jesús.

Éste debería ser el primer paso, pero ha quedado en este punto porque si observa que la persona no tiene una vida de comunión auténtica con Dios, aunque haga años que asiste a la iglesia, llévela a un encuentro con Jesús.

“Cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará”, 2ª Corintios 3:16. La Biblia dice que lo que resulta imposible para los hombres, es posible para Dios, Lucas 18:27. Al aceptar a Jesús se implanta Su naturaleza divina y esa persona nunca más estará sola. Alguien dijo: “lo que está detrás de nosotros y lo que está delante de nosotros son cosas insignificantes comparadas con la que está dentro de nosotros”. ¡La presencia del Espíritu Santo será la diferencia entre el éxito y el fracaso!

No centre toda la atención en la sexualidad como si fuera lo único y más tremendo de la vida de ese hombre o de esa mujer. Probablemente existan otras muchas experiencias de vida que necesiten ministración y ayuda. Expresar compasión y empatía hará posible que esa persona comparta sus vivencias y sus temores. Ayudarla sinceramente es buscar junto a ella un horizonte diferente.

4) Guíe a la persona a una renuncia genuina.

La homosexualidad no es una enfermedad y no se trata ni se “cura”. Como consejeros, acompañamos a quienes por convicción personal desean vivir conforme a la Biblia.

El placer que se experimenta en una relación homosexual produce, a la postre, más placer. Las fantasías homosexuales producen apetitos homosexuales que conducen a experiencias homosexuales. Masters y Johnson demostraron que el placer entre un hombre y una mujer es comparativamente menor que el producido en una relación hombre – hombre o mujer – mujer.4 Es decir, un hombre sabe cómo estimular a otro hombre mejor que una mujer y, una mujer sabe cómo estimular a otra mujer, mejor que un hombre.

Como consejeros debemos guiarlos a una renuncia, es decir, a desprenderse voluntariamente no sólo de las prácticas que no condicen con la Biblia sino también del placer asociado a esas experiencias. Esto involucra entregar a Cristo el cuerpo y la mente. Permitir que sea Él quien gobierne en la vida íntima. Muchos homosexuales se remontan al pasado durante el proceso de discipulado, sublimando ese placer, y se dejan seducir reiteradamente para sentirlo, con nuevas cargas de culpa y dolor. Para una sociedad postcristiana y con relativismo moral no estaría mal que el placer determine la conducta pero, para quienes creemos en la Biblia como una verdad de valor absoluto, es inadmisible un comportamiento sexual diferente al determinado por Dios.

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