Doctrina Bíblica – Cristo Murió Para Hacernos Santos, Intachables y Perfectos

 

Pasaje Clave: Hebreos 10:14, Colosenses 1:21-22, 1º Corintios 5:7.

Una de las mayores angustias en la vida cristiana es la lentitud de nuestro cambio, Escuchamos el llamamiento de Dios para que lo amemos de todo corazón, alma, mente y fuerza (Marcos 12:30). Pero ¿alguna vez nos elevamos a esa totalidad de afecto y devoción?

Exclamamos regularmente con el apóstol Pablo: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?» (Romanos 7:24). Gemimos aun cuando hacemos renovadas resoluciones: «No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús» (Filipenses 3:12).

Esa misma declaración es la clave de la paciencia y el gozo. «Cristo Jesús me ha hecho suyo». Toda búsqueda, mi anhelo y mi esfuerzo no son para pertenecer a Cristo (lo que ya ocurrió) sino para completar lo que falta en mi semejanza a Él.

Una de las mayores fuentes de gozo y constancia para el cristiano es saber que en la imperfección de nuestro progreso ya hemos sido perfeccionados, y que eso es debido al sufrimiento y la muerte de Cristo: «Con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados» (Hebreos 10:14). ¡Esto es maravilloso! En la misma oración dice que «estamos santificados» y que estamos ya «perfeccionados».

Estar santificado significa que somos imperfectos y estamos en proceso. Nos estamos volviendo santos, pero todavía no del todo santos. Y son precisamente éstos, y solo éstos, quienes están ya perfeccionados. El gozoso estímulo aquí es que la evidencia de nuestra perfección ante Dios no es la perfección experimentada, sino el progreso experimentado. Lo bueno de todo es que el hallarnos en el camino es prueba de que hemos llegado.

La Biblia pinta esto otra vez en el antiguo lenguaje de masa y levadura. En el cuadro, la levadura es el mal. Somos el grumo de la masa. Dice: «Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois; porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros» (1º Corintios 5:7). Los cristianos están «sin levadura». No hay levadura: no hay mal. Estamos perfeccionados. Por esta razón debemos «limpiarnos de la vieja levadura». Hemos quedado ácimos en Cristo. De modo que deberíamos llegar a ser ácimos en la práctica. En otras palabras, debemos llegar a ser lo que somos.

¿Cuál es la base de todo esto? «Cristo, nuestro Cordero de la Pascua, ha sido sacrificado». El sufrimiento de Cristo nos asegura perfección tan firmemente que ya es una realidad. Por consiguiente, peleamos contra nuestro pecado no sencillamente para llegar a ser perfectos, sino porque lo somos. La muerte de Jesús es la clave para combatir nuestras imperfecciones sobre el firme fundamento de nuestra perfección.

Extracto del libro  “La Pasión de Jesucristo”

Por John Piper

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