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Teología – DIOS EN TRES PERSONAS: LA TRINIDAD 11

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La Doctrina de la Trinidad – Dios en Tres Personas: La Trinidad 11

 

Continuemos.

Aunque en Nicea fueron condenados, los arrianos rehusaron dejar de enseñar sus puntos de vista y usaron su considerable poder político en toda la iglesia para prolongar la controversia por la mayor parte del res­to del siglo IV. Atanasio llegó a ser el punto focal del ataque arriano, y dedicó toda su vida a escribir y enseñar en contra de la herejía arriana. Por sus incansables esfuerzos, «casi por sí solo Atanasio salvó a la iglesia del intelectualismo pagano».

El «credo atanasiano» que lleva su nombre no se piensa hoy que proceda de Atanasio mismo, pero es una afirmación muy clara de la doctrina trinitaria que ganó uso creciente en la iglesia desde alrededor del 400 d.C. y en adelante y todavía se usa en las iglesias católicas y protestante hoy.

c. Adopcionismo. Antes de dejar la discusión del arrianismo, hay que mencionar una enseñanza falsa relacionada. El «adopcionismo» es el concepto de que Jesús vi­vió como un hombre ordinario hasta su bautismo, pero que Dios «adoptó» a Jesús como su «Hijo» y le confirió poderes sobrenaturales. Los adopcionistas no sostienen que Cristo existió antes de que naciera como hombre; por consiguiente, no piensan que Cristo fue eterno, ni piensan que es el ser exaltado y sobrenatural creado por Dios que sostienen los arríanos. Los adopcionistas piensan que incluso después de que Jesús fue «adoptado» por Dios como el «Hijo», no fue divino en su naturaleza, sino solamente un hombre exaltado a quien Dios llamó su «Hijo» en un sentido único.

El adopcionismo nunca logró la fuerza de un movimiento como el arrianismo, pero hubo algunos que sostuvieron ideas adopcionistas de tiempo en tiempo en la iglesia primitiva, aunque sus puntos de vista nunca se aceptaron como ortodoxos. Muchos en tiempos modernos que piensan que Jesús fue un gran hombre, alguien a quien Dios concedió poderes de manera especial, pero que no era realmente divi­no, caerían en la categoría de adopcionistas. La hemos colocado aquí en relación con el arrianismo porque esta noción también, niega la deidad del Hijo (y, de modo similar, la deidad del Espíritu Santo).

La controversia sobre el arrianismo llegó a su cierre en el concilio de Constanti­nopla en el 381 d.C. El concilio reafirmó las declaraciones nicenas y añadió una de­claración de la deidad del Espíritu Santo, que había caído bajo ataque en el período desde Nicea. Después de la frase «y el Espíritu Santo», Constantinopla añadió: «el Señor y Dador de la vida; que procede del Padre, que con el Padre y Hijo juntos es adorado y glorificado; de quien hablaron los profetas». La versión del credo que in­cluye las adiciones de Constantinopla es lo que comúnmente se conoce hoy como el Credo Niceno.

d. La cláusula filioqué. En conexión con el credo niceno, hay que mencionar bre­vemente un desdichado capítulo en la historia de la iglesia, y se trata de la contro­versia sobre la inserción de la cláusula filioqué en el credo niceno, inserción que con el tiempo llevaría a la división entre el cristianismo occidental (católico roma­no) y el cristianismo oriental (que consiste hoy de las varias ramas del cristianismo ortodoxo oriental, tales como la iglesia griega ortodoxa, la iglesia rusa ortodoxa, etc.) en el 1054 d.C.

La palabra jilioqué es un término latino que quiere decir «y del Hijo». No se inclu­yó en el credo niceno ni en la primera versión del 325 d.C. ni en la segunda versión del 381 d.C. Esas versiones simplemente decían que el Espíritu Santo «procede del Padre». Pero en el año 589 d.C, en un concilio regional de la iglesia en Toledo (en lo que ahora es España), se añadió la frase «y del Hijo», de modo que el credo en­tonces decía que el Espíritu Santo «procede del Padre y del Hijo (filioqué)».

A la luz de Jn.15:26 y 16:7, en donde Jesús dijo que enviaría al Espíritu Santo al mundo, pa­recía que no podía haber objeción a tal afirmación si se refería que el Espíritu Santo procedía del Padre y del Hijo en un punto en el tiempo (particularmente en Pente­costés). Pero esta fue una declaración en cuanto a la naturaleza de la Trinidad, y se entendió que la frase hablaba de las relaciones eternas entre el Espíritu Santo y el Hijo, algo que la Biblia nunca considera explícitamente.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Teología Sistemática”

Por Wayne Grudem

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