La Doctrina de la Trinidad – Dios en Tres Personas: La Trinidad 18

 

Continuemos.

E. Aplicación.

Debido a que Dios en sí mismo tiene unidad y diversidad, no es sorprendente que la unidad y la diversidad también se reflejen en las relaciones humanas que él ha establecido. Vemos esto primero en el matrimonio. Cuando Dios creó el hom­bre a su imagen, no creó solo individuos aislados, sino que la Biblia nos dice que «Hombre y mujer los creó» (Gn.1:27). Y en la unidad del matrimonio (Gn.2:24) vemos, no una triunidad como Dios, pero por lo menos una asombrosa unidad de dos personas, personas que siguen siendo individuos distintos y sin embargo lle­gan a ser un cuerpo, mente y espíritu (1 Co.6:16-20; Ef.5:31). De hecho, en las re­laciones entre el hombre y la mujer en el matrimonio también vemos un cuadro de las relaciones entre el Padre y el Hijo en la Trinidad (1 Co.11:3). Aquí, así como el Padre tiene autoridad sobre el Hijo en la Trinidad, el esposo tiene autoridad sobre la esposa en el matrimonio.

El papel del esposo es paralelo al de Dios Padre, y el de la esposa es paralelo al de Dios Hijo. Es más, así como Padre e Hijo son iguales en deidad, importancia y personalidad, el esposo y la esposa son iguales en humani­dad, importancia y personalidad. Y, aunque no se lo menciona explícitamente en la Biblia, el don de los hijos dentro del matrimonio, que resultan del padre y de la madre, y están sujetos a la autoridad del padre y de la madre, es análogo a las relaciones del Espíritu Santo al Padre y al Hijo en la Trinidad.

Pero la familia humana no es la única manera en que Dios ha ordenado que haya diversidad y unidad en el mundo que refleja algo de su propia excelencia. En la iglesia tenemos «muchos miembros» y sin embargo «un cuerpo» (1 Co.12:12). Pablo reflexiona en la gran diversidad entre los miembros del cuerpo humano (1 Co.12:14-26) y dice que la iglesia es de esta manera: tenemos muchos miembros di­ferentes en nuestras iglesias, con diferentes dones e intereses, y dependemos y nos ayudamos unos a otros, demostrando de esta manera gran diversidad y gran unidad al mismo tiempo. Cuando vemos a personas diferentes haciendo muchas cosas diferentes en la vida de una iglesia, debemos agradecerle a Dios que esto nos permite glorificarle al reflejar algo de la unidad y diversidad de la Trinidad.

También debemos notar que el propósito de Dios en la historia del universo frecuentemente ha sido exhibir unidad en la diversidad, y de esta manera exhibir su gloria. Vemos esto no sólo en la diversidad de dones en la iglesia (1 Co.12:12-26), sino también en la unidad de judíos y gentiles, de modo que todas las razas, diver­sas como son, están unidas en Cristo (Ef.2:16; 3:8-10; Ap.7:9). Pablo se asombra de que los planes de Dios para la historia de la redención hayan sido como una gran sinfonía de modo que su sabiduría está más allá de nuestra comprensión (Ro.11:33-36).

Incluso en la misteriosa unidad entre Cristo y la iglesia, en la cual se nos llama la esposa de Cristo (Ef.5:31-31), vemos unidad más allá de lo que jamás podríamos haber imaginado, unidad con el mismo hijo de Dios. Sin embargo, en todo esto nunca perdemos nuestra identidad individual sino que seguimos siendo personas distintas siempre capaces de adorar y servir a Dios como individuos únicos.

A la larga el universo entero participará de esta unidad de propósito, con toda parte diversa contribuyendo a la adoración de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, porque un día ante el nombre de Jesús se doblará toda rodilla en el cielo y en la tie­rra y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre (Fil.2:10-11).

En un nivel un poco más cotidiano, hay muchas actividades que podemos de­sempeñar como seres humanos (en la fuerza laboral, en organizaciones sociales, en presentaciones musicales, y en equipos atléticos, por ejemplo) en las cuales mu­chos individuos distintos contribuyen a una unidad de propósito o actividad. Al ver en estas actividades un reflejo de la sabiduría de Dios al permitirnos tanto uni­dad como diversidad, podemos ver un tenue reflejo de la gloria de Dios en su exis­tencia trinitaria. Aunque nunca lograremos captar plenamente el misterio de la Trinidad, podemos adorar a Dios por lo que él es en nuestros cantos de alabanza, y en nuestras palabras y acciones que reflejan algo de su carácter excelente.

Extracto del libro “Teología Sistemática”

Por Wayne Grudem

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