La Doctrina de la Biblia – El Cánon de las Escrituras 3

 

Continuemos.

Josefo (nació en 37 ó 38 d.C.) explicó: «Desde Artajerjes hasta nuestros propios tiempos se ha escrito una historia completa, pero no se la ha considerado digna de igual crédito como los registros anteriores, debido a la interrupción de la sucesión exacta de los profetas» (Contra Apio 1.41).

Esta afirmación de parte del más grande historiador judío del primer siglo d.C. muestra que sabía de los escritos ahora con­siderados parte de la «apócrifa», pero que él (y muchos de sus contemporáneos) consideraban estos otros escritos «no … dignos de igual crédito» con lo que ahora conocemos como Escrituras del Antiguo Testamento. Según el punto de vista de Josefo, no había habido «palabra de Dios» añadidas a las Escrituras después de alrededor de 435 a.C.

La literatura rabínica refleja una convicción similar en su afirmación repetida de que el Espíritu Santo (en la función del Espíritu de inspirar la profecía) partió de Israel. «Después de que los últimos profetas Hageo, Zacarías y Malaquías murie­ron, el Espíritu Santo se separó de Israel, pero ellos todavía tenían a su disposición la bat kol (Talmud Babilónico Yomah 9b, repetido en Sota 48b. Sanedrín 11a y Mi-drash Rabbah on Cantar de Cantares 8.9.3).

La comunidad del Qumram (secta judía que dejó los Rollos del Mar Muerto) también esperaba un profeta cuyas palabras tendrían autoridad para invalidar cual­quier regulación existente y otras afirmaciones similares se hallan en otras partes en la antigua literatura judía (2º Baruc 85:3 y Oración de Azarías 15). Así que el pueblo judío no aceptó en general escritos posteriores a alrededor de 435 a.C. como que tuvieran igual autoridad con el resto de las Escrituras.

En el Nuevo Testamento no tenemos ningún registro de disputa entre Jesús y los judíos sobre la extensión del canon. Evidentemente había pleno acuerdo entre Jesús y sus discípulos, por un lado, y los dirigentes judíos y el pueblo judío, por otro, de que las adiciones al canon del Antiguo Testamento habían cesado después del tiempo de Esdras, Nehemías, Ester, Hageo, Zacarías y Malaquías. Este hecho queda confirmado por las citas del Antiguo Testamento que hacen Jesús y los autores del Nuevo Testamento.

Según un conteo, Jesús y los autores del Nuevo Testamento citan varias partes de las Escrituras del Antiguo Testamento como di­vinamente autoritativas más de 295 veces, pero ni una sola vez citan como divina­mente autoritativa alguna afirmación de los libros apócrifos ni de ningún otro escrito.

La ausencia de tales referencias a otra literatura como divinamente autori­tativa, y la extremadamente frecuente referencia a cientos de lugares del Antiguo Testamento como divinamente autoritativos, da fuerte confirmación al hecho de que los autores del Nuevo Testamento concordaban en que se tomaba el canon es­tablecido del Antiguo Testamento, ni más ni menos, como las mismas palabras de Dios.

¿Qué diremos entonces en cuanto a la Apócrifa, la colección de libros incluida en el canon por la iglesia católica romana pero excluida del canon por el protestan­tismo?

Los judíos nunca aceptaron estos libros como Escrituras, pero en toda la historia temprana de la iglesia hubo una opinión dividida en cuanto a si deberían ser parte de las Escrituras o no. Ciertamente, la evidencia cristiana más temprana va  decididamente en contra de considerar a la apócrifa como Escrituras, pero el uso de los apócrifos gradualmente aumentó en algunas partes de la iglesia hasta el tiempo de la Reforma.

El hecho de que Jerónimo incluyó estos libros en la Vulgata latina (terminada en el 404 d.C.) dio respaldo a su inclusión, aunque el mismo Jerónimo dijo que no eran «libros del canon» sino meramente «libros de la iglesia» que eran útiles y provechosos para los creyentes.

El amplio uso de la Vulgata latina en siglos subsiguientes garantizó su continua disponibilidad, pero el hecho de que no tuvieron original hebreo que los respaldara, y su exclusión del canon judío, así como la falta de citas de ellos en el Nuevo Testamento, llevó a muchos a verlos con suspicacia o a rechazar su autoridad. Por ejemplo, la lista cristiana más antigua de libros del Antiguo Testamento que existe hoy es la compilada por Melitón, obispo de Sardis, quien escribió alrededor de 170 D.C.:

“Cuando vine al este y Negué al lugar en donde estas cosas se predicaban y hadan, y aprendí con precisión los libros del .Antiguo Testamento, anoté los hechos y se los envíe. Estos son sus nombres: cinco libros de Moisés: Génesis, Éxodo, Números, Levítico, Deuteronomio, Josué hijo de Nun, Jueces, Rut, cuatro libros de reinos, dos libros de Crónicas, los Salmos de David, los Proverbios de Salomón y su sabidu­ría.» Eclesiastés, el Cantar de los Cantares, Job, los profetas, Isaías, Jeremías, los Doce en un solo libro, Daniel, Ezequiel, Esdras».

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Teología Sistemática”

Por Wayne Grudem

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