La Doctrina de la Biblia – El Cánon de las Escrituras 7

 

Continuemos.

La aceptación de Hebreos como canónico la promovieron muchos en la iglesia en base a que se daba por sentada su autoría paulina. Pero desde los primeros tiem­pos hubo otros que rechazaron la autoría paulina a favor de una u otra de varias su­gerencias.

Orígenes, que murió alrededor del 254 D.C. menciona varias teorías de autoría y concluye: «Pero, quién en realidad escribió la epístola, sólo Dios lo sabe». Así que la aceptación de Hebreos como canónico no se debió enteramente a una creencia en la autoría paulina. Más bien, las cualidades intrínsecas del libro en sí mismo deben haber convencido finalmente a los primeros lectores, tal como continúan convenciendo a los creyentes hoy, de que quienquiera que haya sido su autor humano, su autor en definitiva solo pudo haber sido Dios mismo. La gloria majestuosa de Cristo brilla de las páginas de la Epístola a los Hebreos tan brillante­mente que ningún creyente que la lee con seriedad jamás querrá cuestionar su lu­gar en el canon.

Esto nos lleva a la médula del asunto de canonicidad. Para que un libro perte­nezca al canon, es absolutamente necesario que el libro tenga autoría divina.

Si las palabras del libro son palabras de Dios «por medio de autores humanos», y si la igle­sia primitiva, bajo la dirección de los apóstoles, preservó el libro como parte de las Escrituras, el libro pertenece al canon. Pero si las palabras del libro no son palabras de Dios, este no pertenece al canon.

La cuestión de autoría por un apóstol es im­portante, porque fue primariamente a los apóstoles a quienes Dios les dio la capa­cidad de escribir palabras con absoluta autoridad divina. Si se puede demostrar que un escrito es de un apóstol, su autoridad divina absoluta queda establecida automáticamente. Así que la iglesia primitiva automáticamente aceptó como parte del canon las enseñanzas escritas de los apóstoles que los apóstoles quisieron pre­servar como Escrituras.

Pero la existencia de algunos escritos del Nuevo Testamento que no fueron de autoría directa de los apóstoles muestra que hubo otros en la iglesia primitiva a quienes Dios también les dio la capacidad, por obra del Espíritu Santo, de escribir palabras que eran palabras de Dios, y por consiguiente con el propósito de que fue­ran parte del canon. En estos casos, la iglesia primitiva tuvo la tarea de reconocer cuáles escritos tenían las características de ser palabras de Dios (expresadas a través de autores humanos).

Para algunos de los libros (por lo menos Marcos, Lucas y Hechos, y tal vez He­breos y Judas también), la iglesia tuvo, por lo menos en algunos aspectos, el testi­monio persona] de algunos de los apóstoles que todavía vivían que respaldaban la autoridad divina absoluta de estos libros.

Por ejemplo, Pablo habría respaldado la autenticidad de Lucas y Hechos, y Pedro habría respaldado la autenticidad de Mar­cos como que contenía el evangelio que él mismo predicaba. En otros casos, y en algunas regiones geográficas, la iglesia simplemente tuvo que decidir si oía la voz de Dios mismo hablando en las palabras de esos escritos. En estos casos, las pala­bras de los libros habrían sido autoatestiguadoras: es decir, las palabras habrían dado testimonio de su propia autoría divina conforme los cristianos las leían. Esto parece haber sido el caso de Hebreos.

No debe ser sorpresa para nosotros que la iglesia primitiva pudiera reconocer Hebreos y otros escritos, no escritos por los apóstoles, como palabras de Dios. ¿Acaso Jesús no había dicho: «Mis ovejas oyen mi voz» (Jn.10:27)? Por consiguien­te. No se debe pensar que es imposible o improbable que la iglesia primitiva pudie­ra haber usado una combinación de factores, incluyendo el endoso apostólico, congruencia con el resto de las Escrituras, y la percepción de que un escrito era inspirado por Dios» de parte de una abrumadora mayoría de los creyentes, para decidir que un escrito era en efecto palabras de Dios (expresadas a través de un au­tor humano) y por consiguiente digno de que se incluya en el canon.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Teología Sistemática”

Por Wayne Grudem

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