La Doctrina de la Biblia – El Cánon de las Escrituras 9

 

Continuemos.

El orden en que muchos libros se colocaron en el canon es de poca consecuencia. Pero así como Génesis se debe colocar primero (porque nos habla de la creación), así Apocalipsis se debe colocar último (porque su enfoque es decirnos el futuro y de la nueva creación divina). Los eventos descritos en Apocalipsis son histórica­mente subsiguientes a los eventos descritos en el resto del Nuevo Testamento y exige que Apocalipsis se coloque dónde está. De este modo, no es inapropiado que entendamos esta excepcionalmente fuerte advertencia al final de Apocalipsis como aplicándose de una manera secundaria a todas las Escrituras. Colocada allí, donde debe estar colocada, la advertencia forma una conclusión apropiada a todo el canon de las Escrituras.

Junto con Hebreos 1:1-2 y la perspectiva de la historia de la redención implícita en estos versículos, esta aplicación más amplia de Apocalipsis 22:18-19 también nos sugiere que no debemos esperar más Escrituras que se añadan más allá de las que ya tenemos.

¿Cómo sabemos, entonces, que tenemos los libros que debemos tener en el ca­non de las Escrituras? La pregunta se puede contestar de dos maneras diferentes.

Primero, si preguntamos en qué debemos basar nuestra confianza, la respuesta en última instancia debe ser que nuestra confianza se basa en la fidelidad de Dios. Sa­bemos que Dios ama a su pueblo, y es de suprema importancia que el pueblo de Dios tenga las propias palabras de Dios, porque son nuestra vida (Dt.32:47; Mt.4:4). Son más preciosas, y más importantes para nosotros que todo lo demás del mun­do. También sabemos que Dios nuestro Padre tiene las riendas de la historia, y no es la clase de Padre que nos hará trampas o no nos será fiel, o que nos privará de algo que absolutamente necesitamos.

La severidad de los castigos que menciona Apocalipsis 22:18-19 que les vendrán a los que añadan o quiten de las palabras de Dios también confirma la importancia de que el pueblo de Dios tenga un canon correcto. No puede haber castigos más grandes que éstos, porque son castigos de castigo eterno Esto muestra que Dios mismo asigna valor supremo a que tengamos una colección correcta de los escri­tos inspirados por Dios, ni más ni menos.

A la luz de este hecho, ¿podría ser correc­to que creamos que Dios nuestro Padre, que controla toda la historia, permitiría que toda su iglesia esté por casi 2000 años privada de algo que él mismo valora tan altamente y que es tan necesario para nuestras vidas espirituales?

La preservación y compilación correcta del canon de las Escrituras en última instancia deben verla los creyentes, entonces, no como parte de la historia de la iglesia subsecuente a los grandes actos centrales de Dios de la redención de su pue­blo, sino como una parte integral de la historia de la redención misma.

Así como Dios obró en la creación, en el llamado del pueblo de Israel, en la vida, muerte y re­surrección de Cristo, y en la obra inicial y escritos de los apóstoles, Dios obró en la preservación y compilación de los libros de las Escrituras para beneficio de su pue­blo por toda la edad de la iglesia. En definitiva, entonces, basamos nuestra confian­za en la corrección de nuestro canon presente en la fidelidad de Dios.

La pregunta de cómo sabemos que tenemos los libros que debemos tener puede, en segundo lugar, contestarse de una manera algo diferente. Podemos querer enfo­camos en el proceso por el cual nos hemos persuadido de que los libros que tenemos ahora en el canon son los precisos. En este proceso dos factores intervienen:

  • La activi­dad del Espíritu Santo que nos convence al leer las Escrituras por nosotros mismos.
  • Y la información histórica que tenemos disponible para nuestra consideración.

Al leer la Biblia, el Espíritu Santo obra para convencemos de que los libros que tenemos en las Escrituras son todos de Dios y que son palabras suyas para nosotros. Ha sido el testimonio de los cristianos por todas las edades que al leer los libros de la Biblia, las palabras de las Escrituras les hablan al corazón como ningún otro libro.

Día tras día, año tras año, los creyentes hallan que las palabras de la Bi­blia son en verdad palabras de Dios que les hablan con una autoridad, poder y per­suasión que ningún otro escrito posee. Verdaderamente la Palabra de Dios es «viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón» (Heb.4:12).

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Teología Sistemática”

Por Wayne Grudem

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