La Doctrina de la Sangre – El Sacrificio de Cristo Como Redención 6

 

Continuemos.

Cristo no nos ha redimido del pecado para darnos otra esclavitud, sino para darnos libertad. Hay un himno precioso que cantamos en la Cena del Señor, que dice: «Re­dentor, Tú me diste libertad». Es una palabra bellísima. De modo que la razón suprema del sacrificio de Cristo ha sido el santo deseo de Dios de redimir. La palabra de Dios subraya que el que redime tiene un derecho fundamental, tiene un interés especial en redimir. Y aquí nos estamos acercando a una cosa muy valiosa: los derechos del Redentor. Nosotros tenemos más bien la costumbre, cuando se habla de la redención, de pensar en nuestra libertad, quizá en nues­tra propia vida egoísta.

La Palabra de Dios subraya que la Redención es el acto por el cual el Redentor se apropia de lo que le había sido quitado, y el hecho de que algo le ha sido restaurado a Dios no puede ser ignorado.

 

C. Notemos que la Palabra de Dios habla con frecuencia de que entreguemos nuestra vida, y dice que tenemos que pre­sentar nuestros cuerpos. ¿Por qué?: Porque, en cierta manera, Cristo no tiene otros labios más que los nuestros; en cierta manera, Cristo no tiene más testigos que los suyos aquí so­bre la tierra. Cristo no tiene otras, manos más que las nues­tras; no tiene otros bolsillos más que los nuestros; no tie­ne otros pies más que los nuestros. De modo que el gran he­cho de la compra establece que todo nuestro ser, incluyendo nuestro cuerpo, no nos pertenece más a nosotros mismos, porque ahora pertenece a Dios.

El hecho eterno de la cruz ordenado por Dios, es­tá destinado a restaurar los derechos de Dios sobre la vida humana.

D. Separándose de Dios el hombre vació de sentido su vida. Separándose de Dios el hombre ha quitado sentido a su vida sobre la tierra. Sólo por una comprensión clara de to­do lo que está involucrado en la redención el cristiano, un pecador que antes estaba esclavizado, se da cuenta de que la verdadera libertad se encuentra dentro de la esfera de la voluntad de Dios.

Si de nuestro estudio de este gran tema sacáramos solamente la conclusión, que tiene fundamento bíblico, de que lo mejor para nuestra vida es la voluntad de Dios, ha­bría valido la pena estudiarlo. Algunos tenemos que recono­cer que muchas veces llegamos a esta conclusión después de muchos años de derrota, después de mucho tiempo de fracaso, después de habernos golpeado bastante queriendo hacer nues­tra propia voluntad. Por esto debemos subrayar que sólo por una comprensión clara de todo lo que está involucrado en la redención el cristiano se puede dar cuenta de que la verda­dera libertad se encuentra en el ámbito de la voluntad de Dios. Paradójicamente, solamente comprendiendo todo lo que está involucrado en la redención el cristiano se da cuenta de que la única manera en que se puede ser libre es por me­dio de la sumisión a Dios.

Hemos sido rescatados de una vana manera de vivir. Hay una manera de vivir para un creyente que es vana; hay una manera de vivir que es vacía, que deja el corazón vacío, aunque el tal sea Salvo así como por fuego. Hay una manera de vivir que es vana porque carece de realidad; porque está destinada a la ruina, a la corrupción.

Hay una vana manera de vivir que no deja ningún fruto, que promete el bien que no puede dar. La meditación en el precio inmenso al que hemos sido redimidos tiene que pro­ducir en nosotros un temor santificador de la vida; no un temor cobarde, no el temor que se arruga porque teme recibir un latigazo de Dios, sino un temor que santifica la vida, un temor que significa tener miedo de ofender a Dios y de vivir una vida lejos del propósito de Dios.

La redención nos coloca frente a la posibilidad de una manera fructífera de vivir para Dios. La redención ha puesto fundamento eterno al señorío de Cristo sobre nuestra vida. El mensaje de la redención nos enfrenta pues con grandes demandas. Nos demanda una consagración del corazón a Dios. La redención requiere de nosotros que aceptemos las demandas de una vida que ya pertenece a Dios.

Lo que hemos visto en estos tres capítulos, al tra­tar la Expiación, la Propiciación y la Redención, revela al­go de la riqueza de la doctrina bíblica sobre la sangre. Y revela que la doctrina sobre la sangre es lo que da unidad a toda la revelación bíblica.

«Compra la verdad, y no la vendas».

Extracto del artículo “La Doctrina Bíblica Sobre la Sangre”

Por Horacio A. Alonso

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