Doctrina Bíblica – Bondad

 

Dios es Amor

Pasaje clave: Salmo 136:1

Se suele explicar la declaración de que “Dios es amor” en función de:

A. La revelación, presentada por medio de la vida y las enseñanzas de Cristo, de que la inagotable vida del Dios uno y trino es una vida de afecto y honra mutuos (Mateo 3:17, 17:5; Juan 3:35; 14:31; 16:13-14; 17:1-5, 22-26), unida a…

B. El reconocimiento de que Dios hizo a los ángeles y los seres humanos para que glorificaran a su Hacedor, compartiendo el gozoso intercambio de esta vida divina a su propio modo, en su condición de criaturas.

Sin embargo, por cierto que esto parezca ser, cuando Juan dice que “Dios es amor” (1 Juan 4:8), lo que quiere decir (tal como explica más adelante) es que el Padre, por medio de Cristo, nos ha salvado realmente a nosotros, que éramos pecadores perdidos, y ahora creemos. «En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, cosa que no hemos hecho, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (4:9-10).

Al igual que sucede siempre en el Nuevo Testamento, “nosotros” como objeto y beneficiarios del amor re­dentor significa «nosotros los que hemos creído”. Ni en este lugar, ni en ningún otro, «nosotros» se refiere a todos y cada uno de los integrantes de la raza humana. Las enseñanzas del Nuevo Testamento con respecto a la redención son particularistas por completo, y cuando se dice que Dios amó y redimió al «mundo» (Juan 3:16-17; 2 Corintios 5:19; 1 Juan 2:2), se está haciendo referencia al gran número de elegidos por Dios que se hallan esparcidos por el mundo entero, en medio de la comunidad humana impía (Juan 10:16; 11:52-53); no a todas las personas que hayan existido, existan o vayan a existir. Si no fuera así, Juan y Pablo estarían con­tradiciendo cosas que dicen en otros textos.

Este amor soberano redentor es una de las facetas de la cualidad que las Escrituras llaman “bondad” de Dios (Salmo 100:5; Marcos 10:18); esto es, la gloriosa gentileza y generosidad con la que toca a todas sus cria­turas (Salmo 145:9, 15-16), y que debe conducir a todos los pecadores al arrepentimiento (Romanos 2:4). Los otros aspectos de esta bondad son la misericordia, compasión o lástima, que manifiesta bondad hacia las per­sonas angustiadas, rescatándolas de sus dificultades (Salmos 107, 136) y la paciencia, indulgencia y lentitud para la ira que siguen manifestando bondad hacia la persona, aunque ésta persista en su pecado (Éxodo 34:6: Salmo 7S: 38, Juan 3:10-4:11; Romanos 9:22; 2 Pedro 3:9). No obstante, la expresión suprema de la bondad de Dios sigue siendo la maravillosa gracia y amor inefable que manifiesta bondad al salvar a unos pecadores que sólo merecen La condenación; mas aun, salvándolos al enorme precio de la muerte de Cristo en el Calvario (Romanos 3:22-24; 5:5-8; 8:32-39; Efesios 2:1-10, 3:14-1S; 5:25-27).

La fidelidad de Dios a sus propósitos, promesas y pueblo es otro aspecto más de su bondad, que lo hace digno de toda alabanza. Los humanos mentimos y quebrantamos nuestra palabra; Dios no hace ninguna de estas dos cosas. En los tiempos más difíciles, podemos aún decir: «Nunca decayeron sus misericordias… gran­de es tu fidelidad» (Lamentaciones 3:22-23; Salmo 36:3; cf. Salmo 89, en especial los vs.1-2, 14, 24, 33,37, 49).

Aunque las formas en que Dios expresa su fidelidad sean a veces inesperadas y desconcertantes, y cierta­mente le parezcan al observador superficial, y a corto plazo, más una infidelidad que otra cosa, el testi­monio final de aquellos que caminan con Dios a través de los altibajos de la vida, es que «no ha faltado una palabra de todas las buenas palabras que Jehová nuestro Dios había dicho de ellos; todas les han acontecido, no ha faltado ninguna de ellas» (Josué 23:14-15).

La fidelidad de Dios, junto con los demás aspectos de su miseri­cordiosa bondad, tal como los presenta su Palabra, constituye siempre un sólido fundamento sobre el cual pueden descansar nuestra fe y nuestra esperanza.

Extracto del libro “Teología Concisa”

Por J.I. Packer

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