Doctrina Bíblica – Milagros

 

Dios Manifiesta su Presencia y su Poder

Pasaje clave: 1 Reyes 17:22

Las Escrituras no tienen una sola palabra que corresponda a nuestro vocablo “milagro”. Este concepto es una mezcla de los pensamientos expresados por tres términos: prodigio, obra de poder y señal.

La noción primaria es la de prodigio. (La palabra milagro, del latín “miráculum” denota algo que produce admiración). Un milagro es un suceso que, al observarlo, provoca consciencia de la presencia y el poder de Dios. Con propiedad, se califica de milagros a las manifestaciones de la providencia y las coincidencias asom­brosas, y a sucesos prodigiosos como el nacimiento de un niño, de igual manera que a las obras de nuevo po­der creador, puesto que también despiertan esa consciencia. Al menos en este sentido, hay milagros hoy.

La idea de la obra de poder se centra en la impresión que causan los milagros, y señala la presencia de ac­tos sobrenaturales de Dios en la historia bíblica, en los que participa el mismo poder que creó al mundo a par­tir de la nada. Así tenemos la resurrección de personas muertas, que Jesús realizó en tres ocasiones, sin contar la suya propia (Lucas 7:11-17; 8:49-56, Juan 1 l:3S-44), y Elías, Eliseo, Pedro y Pablo, una vez cada uno de ellos (1 Reyes 17:17-24; 2 Reyes 4:13-37; Hechos 9:36-41; 20:9-12).

Es una obra de este poder creador, no es posible explicarla en función de coincidencias, o de que la naturaleza haya seguido su curso. Lo mismo es cierto cuando se habla de sanidades orgánicas, de las cuales los evangelios relatan muchas; en ellas también se exhibe una recreación y restauración sobrenatural.

La palabra «señal» como definición de un milagro (usada continuamente en el evangelio de Juan, donde se relatan siete milagros claves) significa que son señal de algo; en otras palabras, que llevan en sí un mensaje. Los milagros de las Escrituras se hallan agrupados casi todos en los tiempos del Éxodo, de Elías y Elíseo, y de Cristo y sus apóstoles. En primer lugar, autentican a los propios obradores de milagros como representantes y mensa­jeros de Dios (Éxodo 4:1-9; 1 Reyes 17:24; Juan 10:38; 14:11; 2 Corintios 12:12; Hebreos 2:3-4), y tam­bién manifiestan algo del poder de Dios para salvar y juzgar. Ese es su significado.

La fe en lo milagroso es integral en el cristianismo. Los teólogos que descartan todos los milagros, con Lo que se obligan a sí mismos a negar la encarnación y la resurrección de Jesús, los dos milagros supremos de las Escrituras, no se deberían proclamar cristianos: su proclamación no sería válida. El rechazo de los milagros por los científicos de ayer no se derivaba de la ciencia, sino del dogma de un universo con una uniformidad absoluta, que los científicos introdujeron en su labor con las ciencias. No tiene nada de irracional que creamos que el Dios que hizo el mundo puede aún intervenir en él con su poder creador.

Los cristianos deben reconocer que no es la fe en los milagros de la Biblia, o en la capacidad de Dios para obrar milagros hoy si así Él lo desea, la que no tiene nada de razonable, sino la duda con respecto a estas cosas.

Extracto del libro “Teología Concisa”

Por J.I. Packer

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