Doctrina Bíblica – Trinidad

 

Dios es Uno y Tres

Pasaje clave: Isaías 44:6

El Antiguo Testamento insiste continuamente en que sólo hay un Dios, el Creador que se ha revelado a sí mis­mo, a quien se debe adorar y amar de manera exclusiva (Deuteronomio 6:4-5; Isaías 44:6-45:25). El Nuevo Testamento está de acuerdo (Marcos 12:29-30; 1 Corintios 8:4; Efesios 4:6; 1 Timoteo 2:5), pero habla del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, tres agentes personales que obran juntos como equipo para producir la salva­ción (Romanos 8; Efesios 1:13-14; 2 Tesalonicenses 2:13-14; 1º Pedro 1:2).

La formulación histórica de la Tri­nidad (palabra derivada del latín “trinitas”, que significa “cualidad de ser tres”) trata de circunscribir y salva­guardar este misterio (no de explicarlo; eso está fuera de nuestro alcance), y nos hace enfrentarnos con un pensamiento que tal vez sea el más difícil de cuantos se le ha pedido jamás a la mente humana que maneje. No es fácil, pero es cierto.

Esta doctrina surge de los hechos que presentan los historiadores del Nuevo Testamento, y de la enseñanza de revelación que, hablando a lo humano, creció a partir de esos hechos. Jesús, quien oró a su Padre y les en­señó a los discípulos a hacer lo mismo, los convenció también de que Él era personalmente divino, y la creen­cia en su divinidad y en que es correcto ofrecerle nuestra adoración y nuestras oraciones, es básica dentro de la fe del Nuevo Testamento (Juan 20:28-31; 1:1; Hechos 7:59; Romanos 9:5; 10:9-13; 2 Corintios 12:7-9; Filipenses 2:5-6; Colosenses 1:15—17; 2:9; Hebreos 1:1-12; 1 Pedro 3:15).

El mismo prometió enviar otro Paráclito (Él había sido el primero), y la palabra “paráclito” describe un ministerio personal con muchas facetas, como las de consejero, abogado, ayudador, consolador, aliado, apoyo (Juan 14:16-17, 26: 15:26-27; 16:7-15). Este otro Paráclito, que vino el día de Pentecostés para cumplir con este ministerio prometido, era el Espíritu Santo, reconocido desde el principio como una tercera persona divina: mentirle a El, dijo Pedro poco después de Pentecostés, es mentirle a Dios (Hechos 5:3-4).

Así fue como Cristo ordenó que se bautizara en el nombre (singular: un Dios, un nombre) del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo: las tres personas que son el Dios único al que se consagran los cristianos (Mateo 28:19). Así es como encontramos a las tres personas en el relato sobre el bautismo del propio Jesús: el Padre reconoce al Hijo, y el Espíritu manifiesta su presencia en la vida y el ministerio del Hijo (Marcos 1:9-11). Así es como leemos la bendición trinitaria de 2 Corintios 13:14, y la oración para pedirles gracia y paz al Padre, al Espíritu y a Jesucristo, en Apocalipsis 1:4-5 (¿habría puesto Juan al Espíritu entre el Padre y el Hijo si no lo hubiera considerado divino en el mismo sentido que ellos?).

Estos son algunos de los ejemplos más destacados con respecto a la postura y el énfasis trinitario del Nuevo Testamento. Aunque no aparezca en su texto el len­guaje técnico del trinitarismo histórico, la fe y el pensamiento trinitarios están presentes a lo largo de todas sus páginas, y en ese sentido, se debe reconocer la Trinidad como una doctrina bíblica: una verdad eterna acerca de Dios que, aunque no aparece nunca de manera explícita en el Antiguo Testamento, es clara y mani­fiesta en el Nuevo.

La afirmación básica de esta doctrina es que la unidad del Dios único es compleja. Las tres «subsistencias» personales (como se les llama) son centros iguales y coeternos de conciencia propia, cada una de ellos es un «yo» en relación con dos que son «tú», y cada una de ellas participa de la plenitud de la esencia divina (la “sustancia” de la divinidad, si nos atrevemos a llamarla así), junto con las otras dos. No se trata de tres pa­peles representados por una sola persona (eso es modalismo), tampoco se trata de tres dioses que forman un grupo (eso es triteismo), el Dios único (“El”) es también e igualmente «ellos», y «ellos» están siempre juntos y siempre cooperan. El Padre toma la iniciativa, el Hijo se somete y el Espíritu ejecuta la voluntad de ambos, que es también la suya propia. Esta es la verdad acerca de Dios que fue revelada a través de las palabras y las obras de Jesús, y que le proporciona una fuerte base a la realidad de la salvación, tal como la presenta el Nuevo Testamento.

La importancia práctica de la doctrina de la Trinidad se encuentra en que nos exige prestar igual atención y dar igual honor a las tres personas en la unidad de su misericordioso ministerio con nosotros. Ese ministerio es el tema que trata el Evangelio, que no es posible plantear, tal como lo demuestra la conversación de Jesús con Nicodemo, sin traer a colación sus distintos papeles dentro del plan de gracia divino (Juan 3:1-15; observe en especial los vs.3, 5-8, 13-15, y los comentarios expositivos de Juan, que algunas versiones presentan como parte de la propia conversación, vs. 16-21).

Según la norma bíblica, todas las formulaciones no trinitarias del mensaje cristiano son inadecuadas y, en realidad, fundamentalmente falsas, y por naturaleza, tenderán a desfi­gurar la vida cristiana.

Extracto del libro “Teología Concisa”

Por J.I. Packer

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