Doctrina Bíblica – Cristo Murió Para Mostrarnos que el Peor Mal Dios lo Encamina a Bien

 

Pasaje clave: Hechos 4:27-28.

Lo más profundo que podamos decir sobre el sufrimiento y el mal es que, en Jesucristo, Dios tomó el mal y lo convirtió en bien. El origen del mal está rodeado de misterio. La Biblia no nos lleva tan lejos como quisiéramos ir. Más bien nos dice que las cosas secretas pertenecen a Dios (Deuteronomio 29:29).

Lo más importante en la Biblia no es la explicación de dónde proviene el mal, sino una demostración de cómo Dios entra en él y lo convierte en todo lo contrario: justicia y gozo permanentes.

Había señales en las Escrituras a lo largo del camino de que esto sería así en cuanto al Mesías. A José, el hijo de Jacob, lo vendieron como esclavo en Egipto. Por diecisiete años Dios pareció abandonarlo. Pero Dios estaba en esto y lo hizo gobernador de Egipto, de modo que durante una gran hambruna pudo salvar a los mismos que lo vendieron.

La historia se resume en una palabra de José a sus hermanos: «Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien» (Génesis 50:20). Fue una prefiguración de Jesucristo, que se vio abandonado a fin de salvar.

O considérese el antepasado de Cristo. Dios había sido el único rey en Israel. Pero el pueblo se rebeló y pidió un rey humano: «No, sino que habrá rey sobre nosotros» (1º Samuel 8:19). Más tarde confesaron: «A todos nuestros pecados hemos añadido este mal de pedir rey para nosotros» (1º Samuel12: 19). Pero Dios estaba en eso. Del linaje de aquellos reyes Dios trajo a Jesús al mundo. El inmaculado Salvador tuvo su origen terrenal en el pecado cuando vino a salvar a los pecadores.

Pero lo más asombroso es que el mal y el sufrimiento fueron el camino señalado a Cristo para vencer sobre el mal y el sufrimiento.

Cada acto de traición y brutalidad contra Jesús fue pecaminoso y malo. Pero Dios estaba en eso. La Biblia dice: «Jesús fue entregado (a muerte) por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios» (Hechos 2:23).

El latigazo en sus espaldas, las espinas en su cabeza, la escupida en su mejilla, los arañazos en su cara, los clavos en sus manos, el lanzazo en su costado, la burla de los gobernantes, la traición de su amigo, la deserción de sus discípulos: todo fue el resultado del pecado, y todo lo concibió Dios para destruir el poder del pecado. «Se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera»  (Hechos 4:27-28).

No hay mayor pecado que odiar y matar al Hijo de Dios. No había mayor sufrimiento ni mayor inocencia que el sufrimiento y la inocencia de Cristo. Sin embargo, Dios estaba en todo eso. «Jehová quiso quebrantarlo» (Isaías 53:10). Su objetivo, a través del mal y el sufrimiento, fue destruir el mal y el sufrimiento: «Por su llaga fuimos nosotros curados» (Isaías 53:5).

¿No es cierto entonces que la pasión de Jesucristo Dios la encaminó a mostrar al mundo que no hay pecado ni mal tan grande que Dios, en Cristo, no pueda convertirlos en justicia y gozo eternos? El mismo sufrimiento que nosotros causamos se convirtió en la esperanza de nuestra salvación. «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34).

Extracto del libro “La Pasión de Jesucristo”

Por John Piper

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