Doctrina Bíblica – Cristo Murió Para Librarnos de la Esclavitud del Pecado

 

Pasaje clave: Apocalipsis 1:5-6, Hebreos 13:12.

El pecado nos arruina de dos maneras. Nos hace culpables ante Dios, de modo que merecemos su justa condenación; y nos afea en nuestra conducta, de modo que desfiguramos la imagen de Dios que intentamos reflejar. Nos condena con la culpa y nos esclaviza al desamor.

La sangre de Jesús nos libera de ambas miserias. Satisface la justicia de Dios de modo que nuestros pecados pueden ser justamente perdonados. Y derrota el poder del pecado para hacernos esclavos del desamor. Hemos visto cómo Cristo absorbe la ira de Dios y erradica nuestra culpa. Pero ahora, ¿cómo la sangre de Cristo nos libera de la esclavitud del pecado?

La respuesta no es que Él sea un poderoso ejemplo para nosotros y nos inspire a liberarnos nosotros mismos de nuestro egoísmo. Claro, Jesús es un ejemplo para nosotros. Y uno muy poderoso. Claramente quiso decirnos que lo imitásemos. «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros; como yo os he amado que también os améis unos a otros» (Juan 13:34). Pero el llamado a la imitación no es el poder que libera. Hay algo más profundo.

El pecado es una influencia tan poderosa en nuestras vidas que debemos ser liberados por el poder de Dios, no por el poder de nuestra voluntad. Pero puesto que somos pecadores, debemos preguntar: ¿Está el poder de Dios dirigido hacia nuestra liberación o hacia nuestra condenación? Aquí es donde entra el sufrimiento de Cristo.

Cuando Cristo murió para erradicar nuestra condenación, Él como que abrió la válvula de la poderosa misericordia celestial para que fluyera a favor de nuestra liberación del poder del pecado. En otras palabras, el rescate de la culpa del pecado y la ira de Dios tenía que preceder al rescate del poder del pecado por la misericordia de Dios.

Las cruciales palabras bíblicas para decir esto son: La justificación precede y asegura la santificación. Ellas son diferentes. Una es una instantánea declaración (¡no culpable!), la otra es una transformación progresiva.

Ahora, para aquellos que confían en Cristo, el poder de Dios no está al servicio de su ira condenatoria, sino de su misericordia liberadora.

Dios nos da este poder para cambiar a través de la persona del Espíritu Santo. Es por eso que esas bellezas que son el amor, el gozo, la paz, la paciencia, la amabilidad, la bondad, la fidelidad, la gentileza, el dominio propio son llamadas «el fruto del Espíritu» (Gálatas 5:22-23). Por eso es que la Biblia puede hacer la asombrosa promesa: «El pecado no se enseñoreará sobre vosotros, pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia» (Romanos 6:14).

Estar «bajo la gracia» asegura el omnipresente poder de Dios para destruir nuestro desamor (no todo al instante, sino progresivamente). No somos pasivos en la derrota de nuestro egoísmo, pero tampoco suministramos el poder decisivo. Es la gracia de Dios. De aquí que el gran apóstol Pablo dijera: «He trabajado más que todos ellos, pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1º Corintios 15:10).

Quiera el Dios de toda gracia, por la fe en Cristo, librarnos tanto de la culpa como de la esclavitud del pecado.

Extracto del libro  “La Pasión de Jesucristo”

Por John Piper

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