La Doctrina de la Biblia – La Autoridad de las Escrituras 7

 

Continuemos.

B. No Creer o Desobedecer Alguna Palabra de la Biblia es no Creer o Desobedecer a Dios.

La sección precedente afirma que todas las palabras de la Biblia son palabras de Dios. Consecuentemente, no creer o desobedecer alguna palabra de la Biblia es no creer o desobedecer a Dios mismo. Así, Jesús puede reprender  a  sus discípulos por no creer las Escrituras del Antiguo Testamento (Lc.24:25).

Los creyentes deben guardar y obedecer las palabras de los discípulos (Jn.15:20): «Si han obedecido mis enseñanzas, también obedecerán las de ustedes». A los creyentes se les anima a re­cordar «el mandamiento que dio nuestro Señor y Salvador por medio de los após­toles» (2º P.3:2).

Desobedecer lo que Pablo escribe era acarrearse la disciplina eclesiástica, tal como la excomunión (2º Ts.3:14) y el castigo espiritual (2º Co.13:2-3), incluyendo castigo de Dios (este es el sentido evidente del verbo pasivo «será reconocido» en 1 Co.14:38). En contraste. Dios se deleita en todo el que «tiembla» a su palabra (Is. 66:2).

En toda la historia de la iglesia, los grandes predicadores han sido los que han reconocido que no tienen autoridad en sí mismos y han visto su tarea como la de explicar las palabras de la Biblia y aplicarlas claramente a la vida de sus oyentes.

Su  predicación ha derivado su poder no de la proclamación de sus propias experien­cias cristianas ni de las experiencias de otros, ni tampoco de sus propias opiniones, ideas creativas o habilidad retórica, sino de las palabras poderosas de Dios. Esen­cialmente se pararon en el pulpito, señalaron el texto bíblico, y en efecto le dijeron a la congregación: «Esto es lo que significa este versículo. ¿Ven ustedes también ese significado aquí? Entonces deben creerlo y obedecerlo de todo corazón, por­que Dios mismo, su Creador y Señor, ¡se lo está diciendo hoy mismo!». Sólo las pa­labras escritas de la Biblia pueden dar esta clase de autoridad a la predicación.

 

C. La Veracidad de las Escrituras.

1. Dios no puede mentir ni hablar falsedades.

La esencia de la autoridad de la Bi­blia es que puede obligamos a creerla y a obedecerla y a hacer que tal creencia y obediencia sean equivalentes a creer y obedecer a Dios mismo. Debido a que esto es así, es necesario considerar la veracidad de la Biblia, puesto que creer todas las palabras de la Biblia implica confianza en la completa veracidad de las Escrituras en que creemos.

Puesto que los escritores bíblicos repetidamente afirman que las palabras de la Biblia, aunque humanas, son palabras de Dios, es apropiado buscar versículos bí­blicos que hablen del carácter dé las palabras de Dios y aplicarlos al carácter de las pa­labras de la Biblia.

Específicamente, hay una serie de pasajes bíblicos que hablan de la veracidad de lo que Dios dice. Tito 1:2 habla de «Dios, que no miente», o (tradu­cido más literalmente) «el Dios sin mentira». Debido a que Dios es un Dios que no puede decir «mentira», siempre se puede confiar en sus palabras. Puesto que todas las Escrituras son dichas por Dios, todas las Escrituras deben ser «sin mentira», tal como Dios mismo lo es; no puede haber falsedad en las Escrituras.

Hebreos 6:8 menciona dos cosas inmutables (el juramento de Dios y su prome­sa) «en las cuales es imposible que Dios mienta». Aquí el autor no dice solo que Dios no miente, sino que no es posible que mienta. Aunque la referencia inmediata es sólo a juramento y promesas, si es imposible que Dios mienta en estos pronuncia­mientos, ciertamente es imposible que él mienta jamás (porque Jesús con rigor re­prende a los que dicen la verdad sólo cuando están bajo juramento: Mt 5:33-37: 23:16-22). De modo similar, David dice de Dios: «¡Tú eres Dios, y tus promesas son fieles!» (2º S.7:28).

 

2. Por consiguiente, todas las palabras de la Biblia son completamente verdad y sin error en parte alguna.

Puesto que las palabras de la Biblia son palabras de Dios, y puesto que Dios no puede mentir ni decir falsedades, es correcto concluir que no hay falsedad ni error en parte alguna de las Escrituras. Hallamos esto afir­mado en varios lugares de la Biblia. «Las palabras del Señor son puras, plata refinada en un homo en el suelo, purificada siete veces» (Sal 12:6. traducción del autor). Aquí el salmista usa imágenes vivas para hablar de la pureza no diluida de las pala­bras de Dios; no hay imperfección en ellas.

También en Proverbios 30:5 leemos: “Toda palabra de Dios es digna de crédito; Dios protege a los que en él buscan refu­gio». No es que algunas de las palabras de las Escrituras son verdad, sino que toda palabra es verdad. De hecho, la palabra de Dios está fija en el cielo por toda la eter­nidad: «Tu palabra. Señor, es eterna, y está firme en los cielos» (Sal 119:89).

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Teología Sistemática”

Por Wayne Grudem

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