La Doctrina de la Creación – La Creación y la Evolución 7

 

Continuemos.

e. Probablemente la dificultad más grande para toda la teoría evolucionista es explicar cómo alguna vida pudo haber empezado alguna vez. La generación es­pontánea inclusive del organismo vivo más sencillo capaz de vida independiente (la célula bacterial procariótica) de materiales inorgánicos en la tierra no pudo ha­ber sucedido por una mezcla al azar de sustancias químicas; requiere diseño inteli­gente y artesanía tan compleja que ningún laboratorio científico avanzado del mundo ha podido lograrlo. Johnson cita una metáfora ahora famosa: «Que un or­ganismo vivo surgió al azar de un caldo prebiótico es tan probable como si un tor­nado que barre un lote de chatarra pudiera ensamblar un Boeing 747 de los materiales de ese lote». El ensamblaje por casualidad es simplemente una manera naturalista de decir «milagro»».

A un nivel de sentido común, una ilustración sencilla mostrará esto. Si yo to­mara mi reloj digital, se lo diera a alguien, y dijera que lo hallé cerca de una mina de hierro en el norte de Minnesota, y que estoy convencido de que el reloj se armó por sí solo simplemente mediante la operación de movimiento al azar y fuerzas ambientales (más alguna energía de unos pocos rayos, tal vez), rápidamente me descartarían como loco. Sin embargo cualquier célula viva de la hoja de un árbol, o cualquier célula humana del cuerpo humano, es miles de veces más compleja que mi reloj digital. Incluso después de 4000 millones de años la «probabilidad» de que incluso una sola célula viva surja espontáneamente es prácticamente cero.

De hecho, se han hecho algunos esfuerzos para calcular la probabilidad de que la vida surja espontáneamente de esta manera. Kofahl y Segraves dan un modelo estadístico en el cual empiezan con una presuposición muy generosa: que todo metro cuadrado de la superficie de la tierra estuvo de cierta manera cubierta con 40 kilos de moléculas de proteína que podían mezclarse libremente, y que todas fueron remplazadas con proteína fresca cada año por mil millones de años. Luego calculan la probabilidad de que siquiera una sola molécula de enzima se de­sarrollara cada 1000 millones de años de historia de la tierra. La probabilidad es 1,2 veces 10-11, o una posibilidad en 80000 millones. Notan, sin embargo, que incluso con esas presuposiciones generosas y empezando con proteína fresca cada año por miles de millones de años, hallar una molécula de enzima —que práctica­mente es una tarea imposible— no resolvería de ninguna manera el problema:

La probabilidad de hallar dos de las moléculas activas sería alrededor de 10 elevado a la potencia 22, y la probabilidad de que serían idénticas sería de 1070. Y ¿podría la vida empezar simplemente con una sola molécula de enzima? Todavía más, ¿cuál es la posibilidad de que una molécula activa de enzima, una vez formada, pudiera hallar su camino a través de miles y millones de años a esa molécula de ARN o ADN formada al azar que contiene el código para esa secuencia particular de enzima de aminoácidos de la molécula, para que se puedan producir nuevas copias de sí mis­ma? Prácticamente cero.

Kofahl y Segraves informan de un estudio que realizó un científico evolucionis­ta. Este científico formula un modelo para calcular la probabilidad para la forma­ción, no simplemente de una molécula de enzima, sino del organismo vivo probable más pequeño por el proceso al azar. Encuentra la probabilidad de una po­sibilidad en 10340.000.000; es decir, una probabilidad en 10 seguido de ¡340 millo­nes de ceros! Pero Kofahl y Segraves notan: «Y sin embargo el Dr. Morowitz y sus colegas científicos evolucionistas ¡todavía creen que sucedió!»

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Teología Sistemática”

Por Wayne Grudem

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