La Doctrina de la Creación – La Creación y la Evolución 8

 

Continuemos.

Si alguien me pidiera que confiara mi vida para volar en un avión, y luego me explicara que la compañía aérea ha realizado sus vuelos con seguridad 1 vez cada 10340.000.000, o 1 vez cada 80000 millones de vuelos; ciertamente no me embarcaría, ni tampoco nadie que esté en sus cabales. Sin embargo es trágico que la opinión común, perpetuada en muchos libros de texto de ciencia actuales, de que la evolución es un «hecho» establecido ha continuado persuadiendo a mu­chos de que no deben considerar la total veracidad de la Biblia como un punto de vista intelectualmente aceptable por parte de individuos responsables y pensantes. El mito de que la «evolución ha refutado la Biblia» persiste y continúa impidiendo que muchos consideren el cristianismo como una opción válida.

Pero, ¿qué si algún día en realidad pudieran los científicos «crear» vida en el la­boratorio? Aquí es importante entender qué significaría.

Primero, no sería «crea­ción» en el sentido puro de la palabra, puesto que todos los experimentos en el laboratorio empiezan con algún tipo de materia previamente existente. Eso no da­ría una explicación al origen de la materia en sí misma, ni tampoco sería la clase de creación que la Biblia dice que Dios hizo.

Segundo, la mayoría de los esfuerzos contemporáneos para «crear vida» son en realidad simplemente pasos muy peque­ños en el proceso gigantesco de pasar de materiales inertes a un organismo vivo in­dependiente, aunque sea uno que consista de una sola célula. La construcción de una molécula de proteína o un aminoácido por ningún lado se acerca a la compleji­dad de una sola célula viva. Pero, más importante, ¿qué demostraría si la obra co­lectiva de miles de los científicos más inteligentes del mundo, con el equipo más costoso y más complejo de laboratorio disponible, trabajando en el curso de varias décadas, en realidad produjeran un organismo vivo? ¿«Probaría» eso que Dios no creó la vida? Muy al contrario: demostraría simplemente que la vida no resultó por casualidad sino que tuvo que ser creada por un diseñador inteligente.

En teoría, por lo menos, no es imposible que los seres humanos, creados a imagen de Dios y usando la inteligencia que Dios les ha dado, puedan algún día crear un organismo vivo partiendo de sustancias inertes (aunque la complejidad de la tarea supera con mucho cualquier tecnología que exista hoy). Pero eso sólo mostraría que Dios nos hizo para que seamos «semejantes a Dios»; que en la investigación biológica como en muchos otros aspectos de la vida nosotros podemos, de una manera muy pe­queña, imitar la actividad de Dios. Toda esa investigación científica en esa direc­ción realmente debería ser hecha con reverencia a Dios y con gratitud por la capacidad científica con que él nos ha dotado.

Muchos científicos no creyentes han sido influidos tanto por la fuerza acumula­tiva de las objeciones que se han presentado contra la evolución que han abogado abiertamente por posiciones novedosas para una u otra parte del desarrollo evolu­tivo propuesto de las cosas vivas. Francis Crick, que ganó el premio Nobel por ayu­dar a descubrir la estructura de las moléculas del ADN, propuso en 1973 que la vida debe haber sido enviada aquí por una nave espacial de un planeta distante, teoría que Crick llama «panspermia dirigida».

Para el presente autor parece iróni­co que científicos brillantes puedan abogar por una teoría tan fantástica sin el me­nor ápice de evidencia a su favor, y que mientras tanto rechacen la explicación directa dada por el único libro de historia del mundo que jamás se ha demostrado que está equivocado, que ha cambiado la vida de millones de personas, que mu­chos de los eruditos más inteligentes de toda generación ha creído completamen­te, y que ha sido una fuerza mayor para el bien que cualquier otro libro en la historia del mundo. ¿Por qué personas que son inteligentes aceptan creencias que parecen tan irracionales? Es como si creyeran en cualquier cosa, siempre que no sea el Dios personal de la Biblia, que nos llama a dejar nuestro orgullo, a humillar­nos delante de él, a pedir su perdón por haber desobedecido sus normas morales, y someternos a sus mandamientos morales por el resto de la vida.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Teología Sistemática”

Por Wayne Grudem

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