La Doctrina de la Biblia – La Inerrancia de las Escrituras 5

 

Continuemos.

3. No tenemos manuscritos, por consiguiente, hablar de una Biblia inerrante confunde.

Los que hacen esta objeción señalan el hecho de que la ine­rrancia siempre se ha atribuido a las primeras copias originales de los documentos bí­blicos. Sin embargo ninguno de estos sobrevivió; tenemos sólo copias de lo que Moisés, Pablo o Pedro escribieron. ¿De qué sirve, entonces, asignar tanta impor­tancia a una doctrina que se aplica sólo a manuscritos que nadie tiene?

En respuesta a esta objeción se puede indicar primero que para más del 99% de las palabras de la Biblia, sabemos lo que decían los manuscritos originales. Incluso para muchos de los versículos en donde hay variantes textuales (es decir, diferentes palabras en diferentes copias antiguas del mismo versículo), la decisión correcta a menudo es muy clara, y hay realmente muy pocos lugares en donde la variante textual es difícil de evaluar y significativa para determinar el significado.

En el pequeño porcentaje de casos en donde hay una incertidumbre significativa en cuanto a lo que decía el texto original, el sentido general de la oración por lo ge­neral es muy claro partiendo del contexto. (Uno no tiene que ser erudito en hebreo o griego para saber cuáles son esas variantes, porque todas las traducciones moder­nas las indican en las notas marginales con palabras tales como «Algunos manus­critos antiguos dicen… » u «Otras autoridades antiguas añaden …»).

Esto no es decir que el estudio de las variantes textuales no tenga importancia, pero sí es decir que el estudio de las variantes textuales no nos ha dejado en confu­sión respecto a lo que decían los manuscritos originales; más bien nos ha llevado extremadamente cerca del contenido de esos manuscritos originales. En la prácti­ca, entonces, los textos presentes publicados con erudición del Antiguo Testamento hebreo y Nuevo Testamento griego son los mismos de los manuscritos originales.

Así que cuando decimos que los manuscritos originales eran inerrantes, también esta­mos implicando que más de 99 % de las palabras de nuestros manuscritos presentes también son inerrantes, porque son copias exactas de los originales. To­davía más, sabemos en dónde están las lecturas inciertas (porque donde no hay va­riantes textuales no tenemos razón para esperar una copia defectuosa del original).

Así que nuestros presentes manuscritos son prácticamente iguales que los manuscritos originales, y la doctrina de la inerrancia, por consiguiente, directa­mente tiene también que ver con nuestros manuscritos presentes.

Además, es extremadamente importante declarar la inerrancia de los docu­mentos originales, porque las copias subsiguientes fueron hechas por hombres que no decían tener garantía de parte de Dios de que sus copias iban a ser perfectas. Pero es de los manuscritos originales de los que se afirma que son palabras de Dios. Por eso, si tenemos errores en las copias (como las tenemos), son errores de hombres. Pero si tenemos errores en los manuscritos originales, nos vemos obligados a decir no sólo que son errores de los hombres, sino que Dios mismo cometió un error y habló falsamente. Y eso no puede ser.

 

4. Los escritores bíblicos «acomodaron» su mensaje en detalles menores a ideas falsas corrientes en su día, y afirmaron o enseñaron esas ideas de modo incidental.

Esta objeción a la inerrancia es ligeramente diferente de la que restrin­ge la inerrancia de la Biblia a asuntos de fe y práctica, pero se relaciona con ella. Los que sostienen esta posición aducen que había sido muy difícil para los escritores bí­blicos comunicarse con la gente de su tiempo si hubieran tratado de corregir toda información histórica y científica falsa en que creían sus contemporáneos.

Los que sostienen esta posición no aducen que los lugares en que la Biblia ofrece informa­ción falsa son numerosos, ni siquiera que esos lugares sean puntos principales de alguna sección particular de la Biblia. Más bien dicen que cuando los escritores bí­blicos intentan hacer una declaración importante, a veces presentan alguna false­dad incidental que la gente de ese tiempo creía.

A esta objeción a la inerrancia se puede replicar, primero, que Dios es Señor del lenguaje humano y que puede usar lenguaje humano para expresarse perfec­tamente sin tener que presentar ideas falsas que pudieran haber sostenido las personas del tiempo en que se escribió la Biblia. Esta objeción a la inerrancia esencialmente niega el señorío efectivo de Dios sobre el lenguaje humano.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Teología Sistemática”

Por Wayne Grudem

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