La Doctrina de Dios – Los Atributos Comunicables de Dios 11

 

Continuemos.

Esta entrega de sí misma que caracteriza a la Trinidad halla clara expresión en las relaciones de Dios con la humanidad, especialmente con los pecadores. «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo para que sea propiciación por nuestros peca­dos» (1 Jn 4:10). Pablo escribe: «Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por no­sotros» (Ro.5:8,  Jn.3:16).

Pablo también habla de «el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí» (Gá 2:20), con lo que muestra que se da cuenta de la aplicación perso­nal directa del amor de Cristo a los pecadores como individuos. Debe ser motivo de gran gozo saber que es el propósito de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo darse a sí mismos a nosotros para darnos verdadero gozo y felicidad. Es la naturaleza de Dios actuar de esa manera hacia los que ha decidido amar, y continuará actuando de esa manera hacia nosotros por toda la eternidad.

Nosotros imitamos este atributo comunicable de Dios primero amando a Dios en reciprocidad, y segundo, al amar a otros imitando la manera en que Dios los ama. Todas nuestras obligaciones a Dios se pueden resumir en esto: «Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente…. Ama a tu pró­jimo como a ti mismo» (Mt 22:37-38). Si amamos a Dios obedeceremos sus manda­mientos (1 Jn 5:3) y de esa manera haremos lo que le agrada. Amaremos a Dios, y no al mundo (1 Jn 2:15), y haremos esto porque él nos amó primero (1 Jn 4:19).

Uno de los más asombrosos hechos de toda la Biblia es que así como el amor de Dios incluye el darse a sí mismo para hacernos felices, nosotros podemos en reci­procidad darnos nosotros mismos y alegrar el corazón de Dios. Isaías le promete al pueblo de Dios: «Como un novio que se regocija por su novia, así tu Dios se regocijará por ti» (Is 62:5), y Sofonías le dice al pueblo de Dios: «el Señor tu Dios está en me­dio de ti… Se deleitará en ti con gozo, te renovará con su amor, se alegrará por ti con cantos como en los días de fiesta» (Sof 3:17-18).

Nuestra imitación del amor de Dios también se ve en nuestro amor a otros. Juan lo dice explícitamente: «Queridos hermanos, ya que Dios nos ha amado así, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros» (1 Jn 4:11). Es más, nues­tro amor a otros dentro de la comunión de los creyentes es tan evidentemente una imitación de Cristo que por ella el mundo nos reconocerá como de Cristo: «De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros» (Jn 13:35; 15:13; Ro 13:10; 1 Co 13:4-7; Heb 10:24). Dios mismo nos da su amor para capacitarnos para que nos amemos unos a otros (Jn 17:26; Ro 5:5). Es más, nuestro amor por nuestros enemigos refleja de una manera especial el amor de Dios (Mt 35:46-48).

 

8. Misericordia, Gracia, Paciencia. La misericordia, paciencia y gracia de Dios se pueden ver como tres atributos separados, o como aspectos específicos de la bon­dad de Dios. Las definiciones que se dan aquí muestran estos atributos como ejem­plos especiales de la bondad de Dios cuando los usa para beneficio de clases específicas de personas.

La misericordia de Dios es la bondad de Dios hacia los que están afligidos y an­gustiados.

La gracia de Dios es la bondad de Dios hacia los que merecen sólo castigo.

La paciencia de Dios es la bondad de Dios al retener el castigo de los que pecan por un período de tiempo.

Estas tres características de la naturaleza de Dios a menudo se mencionan jun­tas, especialmente en el Antiguo Testamento. Cuando Dios le declara a Moisés su nombre, proclama: «El Señor, el Señor, Dios clemente y compasivo, lento para la ira y grande en amor y fidelidad» (Éx34:6). David dice en el Salmo 103:8: «El Señor es clemente y compasivo, lento para la ira y grande en amor».

Debido a que estas características de Dios a menudo se mencionan juntas, pue­de parecer difícil distinguirlas. Sin embargo la característica de misericordia a me­nudo se recalca en donde las personas están afligidas y sufriendo. David dice, por ejemplo: «En grande angustia estoy; caigamos ahora en mano de Jehová, porque sus misericordias son muchas…» (2 S 24:14). Los dos ciegos que querían que Jesús viera su aflicción y los sanara clamaron: «¡Ten compasión de nosotros, Hijo de David!» (Mt 9:27). Cuando Pablo habla del hecho de que Dios nos consuela en la aflicción, llama a Dios «Padre misericordioso y Dios de toda consolación» (2 Co 1:3).

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Teología Sistemática”

Por Wayne Grudem

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