La Doctrina de Dios – Los Atributos Comunicables de Dios 12

 

Continuemos.

En tiempo de necesidad debemos acercarnos al trono de Dios para recibir mi­sericordia y gracia (Heb 4:16; 2:17; Stg 5:11). Debemos imitar la misericordia de Dios en nuestra conducta hacia otros: «Dichosos los compasivos, porque serán tratados con compasión» (Mt 5:7; 2 Co 1:3-4).

Con respecto al atributo de gracia, hallamos que la Biblia recalca que la gracia de Dios, o su favor hacia los que no merecen favor sino sólo castigo, nunca es una obligación sino que Dios siempre la da voluntariamente. Dios dice: «Tengo cle­mencia de quien quiero tenerla, y soy compasivo con quien quiero serlo» (Éx 33:19; citado en Ro 9:15). Sin embargo Dios regularmente obra con gracia hacia su pueblo: «Vuélvete a mí, y tenme compasión como haces siempre con los que aman tu nombre» (Sal 119:132). Es más, Pedro llama a Dios «el Dios de toda gracia» (1 P 5:10).

La gracia de Dios como bondad especialmente demostrada a los que no la me­recen se ve frecuentemente en los escritos de Pablo. Pablo recalca que la salvación por gracia es lo opuesto a la salvación por esfuerzo humano, porque la gracia es algo que se da de gratis. «Todos han pecado y están privados de la gloria de Dios, pero por su gracia son justificados gratuitamente mediante la redención que Cristo Jesús efectuó» (Ro 3:23-24).

La distinción entre gracia y salvación ganada por obras que merecen una recompensa también se ve en Romanos 11:6: «Y si es por gracia, ya no es por obras; porque en tal caso la gracia ya no sería gracia». La gracia, enton­ces, es el favor que Dios concede gratuitamente a los que no merecen ese favor.

Pablo también ve que si la gracia es inmerecida, hay sólo una actitud humana apropiada para recibir esa gracia; esto es, la fe: «Por eso la promesa viene por la fe, a fin de que por la gracia quede garantizada…» (Ro 4:16). La fe es la única actitud hu­mana que es opuesta a depender de uno mismo, porque incluye confianza o de­pendencia en otro. Por tanto, está desprovista de confianza propia o intentos de ganar justicia por esfuerzo humano. Si el favor de Dios va a venirnos sin nuestro propio mérito, debe venir cuando dependemos no de nuestro propio mérito sino de los méritos de otro, y allí es precisamente cuando tenemos fe.

En el Nuevo Testamento, y especialmente en Pablo, se puede ver, no sólo el perdón de pecados, sino también toda la vida cristiana como resultado de la conti­nua concesión divina de su gracia. Pablo puede decir: «por la gracia de Dios soy lo que soy» (1 Co 15:10). Lucas habla de Antioquía como el lugar en donde a Pablo y Bernabé «los había encomendado a la gracia de Dios para la obra que ya habían realizado» (Hch 14:26), indicando que la iglesia allí, al enviar a Pablo y a Bernabé, comprendieron que el éxito de su ministerio dependía de la continua gracia de Dios.

Todavía más, las bendiciones de «gracia» en los lectores de Pablo es la bendi­ción apostólica más frecuente en sus cartas (Ro 1:7; 16:20; 1 Co 1:3; 16:23; 2 Co 1:2; 13:14; Gá 1:3; 6:18).

De modo similar, la paciencia de Dios se menciona en algunos de los pasajes ci­tados arriba en conexión con la misericordia de Dios. El Antiguo Testamento fre­cuentemente habla de Dios como «lento para la ira» (Éx. 34:6; Nm 14:18; Sal 86:15; 103:8; 145:8; Jon 4:2; Nah 1:3; etc.). En el Nuevo Testamento Pablo habla «de la bondad de Dios, de su tolerancia y de su paciencia» (Ro 2:4), y dice que Jesucristo mostró su «perfecta paciencia» hacia Pablo mismo como ejemplo para otros (1 Ti 1:16; Ro 9:22; 1 P 3:20).

Nosotros también debemos imitar la paciencia de Dios y ser lentos para enojar­nos (Stg 1:19), y ser pacientes en el sufrimiento como lo fue Cristo (1 P 2:20).

Debemos llevar la vida «con paciencia» (Ef 4:2), y en Gálatas 5:22 se incluye la «pa­ciencia» en la lista de los frutos del Espíritu (vea también Ro 8:25; 1 Co 13:4; Col 1:11; 3:12; 2 Ti 3:10; 4:2; Stg 5:7-8; Ap 2:2-3; etc.). Como con la mayoría de los atri­butos de Dios que debemos imitar en la vida, la paciencia exige confianza momen­to tras momento en que Dios cumplirá sus promesas y propósitos en nuestras vidas en el tiempo que él ha escogido. Nuestra confianza que el Señor pronto cumplirá sus propósitos para nuestro bien y su gloria nos permitirá ser pacientes. San­tiago hace esta conexión cuando dice: «Así también ustedes, manténganse firmes y aguarden con paciencia la venida del Señor, que ya se acerca» (Stg 5:8).

 

9. Santidad. La santidad de Dios quiere decir que él está separado del pecado y dedicado a mantener en alto su honor. Esta definición contiene tanto una cualidad relacional (se­paración) y una cualidad moral (la separación es del pecado o mal, y la devoción es al bien del honor o gloria de Dios).

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Teología Sistemática”

Por Wayne Grudem

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