La Doctrina de Dios – Los Atributos Comunicables de Dios 15

 

Continuemos.

Pablo responde a una pregunta muy difícil en cuanto a la justicia de Dios diciendo: «¿Quién eres tú para pedirle cuentas a Dios? ¿Acaso le dirá la olla de barro al que la modeló: «¿Por qué me hiciste así?» ¿No tiene derecho el alfarero de hacer del mismo barro unas vasijas para usos especiales y otras para fines ordinarios?» (Ro 9:20-21).

En respuesta a la pregunta de Job en cuanto a si Dios ha sido justo en sus tratos con él, Dios le responde: «¿Corregirá al Todopoderoso quien contra él contiende? … ¿Vas acaso a invalidar mi justicia? ¿Me harás quedar mal para que tú quedes bien?» (Job 40:2,8). Así que Dios responde no en términos de una explicación que le permitiría a Job entender por qué las acciones de Dios fueron justas, ¡sino más bien en términos de una declaración de la majestad y poder de Dios!

Dios no necesita explicarle a Job la justicia de sus acciones, porque Dios es el Creador y Job es la cria­tura. «¿Tienes acaso un brazo como el mío? ¿Puede tu voz tronar como la mía?» (Job 40:9). «¿Alguna vez en tu vida le has dado órdenes a la mañana, o le has hecho saber a la aurora su lugar …» (Job 38:12). «¿Puedes elevar tu voz hasta las nubes para que te cubran aguas torrenciales?¿Eres tú quien señala el curso de los rayos? ¿Acaso te responden: «Estamos a tus órdenes»?» (Job 38:34-35). «¿Le has dado al ca­ballo su fuerza?» (Job 39:19). «¿Es tu sabiduría la que hace que el halcón vuele y que hacia el sur extienda sus alas?» (Job 39:26). Job responde: «Qué puedo responderte, si soy tan indigno? ¡Me tapo la boca con la mano!» (Job 40:4).

Debe ser motivo de agradecimiento y gratitud darnos cuenta de que Dios posee tanto justicia como omnipotencia.

Si fuera un Dios de perfecta jus­ticia sin poder para poner en práctica esa justicia, no sería digno de adoración y no tendríamos ninguna garantía de que la justicia a la larga prevalecerá en el universo.

Pero si fuera un Dios de poder ilimitado, y no hubiera justicia en su carácter, ¡qué inconcebiblemente horrible sería el universo! Habría injusticia en el centro de toda existencia y nada podría hacerse para cambiarlo. La existencia no tendría sentido, y nos veríamos lanzados a la más absoluta desesperanza. Por consiguiente, debemos continuamente agradecer y alabar a Dios por lo que él es, porque «todos sus caminos son justos. Dios es fiel; no practica la injusticia. Él es recto y justo» (Dt 32:4).

 

12. Celo. Aunque la palabra celo frecuentemente se usa en sentido negativo en cas­tellano, también a veces tiene un sentido positivo. Por ejemplo, Pablo les dice a los corintios: «El celo que siento por ustedes proviene de Dios» (2 Co 11:2). Aquí el sentido es «fervientemente protector o vigilante». Tiene el significado de estar pro­fundamente comprometido a procurar el honor o bienestar de alguien, sea de uno mismo o de otro.

La Biblia presenta a Dios como celoso de esta manera. Continua y ferviente­mente procura proteger su honor. Le ordena a su pueblo que no se postre ante ído­los ni les sirva: «Yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso» (Ex 20:5). Dios desea que se tribute adoración solamente a él y no a dioses falsos. Por consiguiente, le ordena al pueblo de Israel que derribe los altares de los dioses paganos de la tierra de Canaán por la siguiente razón: «No adores a otros dioses, porque el Señor es muy ce­loso. Su nombre es Dios celoso» (Éx 34:14; cf. Dt 4:24; 5:9).

Así que el celo de Dios se puede definir como sigue: El celo de Dios quiere decir que Dios continuamente procura proteger su honor.

Hay a quienes a veces no les gusta pensar que el celo sea un atributo de Dios. Esto se debe a que el celo por nuestro propio honor como seres humanos casi siempre es errado. No debemos ser orgullosos, sino humildes. Sin embargo debe­mos darnos cuenta de que el orgullo es malo por una razón teológica: no merece­mos el honor que le pertenece sólo a Dios (1 Co 4:7; Ap 4:11).

No es errado que Dios proteja su honor, sin embargo, porque él se lo merece por completo. Dios reconoce que sus acciones en la creación y redención son he­chas para honor suyo. Hablando de su decisión de retener el castigo de su pueblo, Dios dice: «Y lo he hecho por mí, por mí mismo. ¿Cómo puedo permitir que se me profane? ¡No cederé mi gloria a ningún otro!» (Is 48:11).

Es saludable espiritualmente para nosotros cuando aceptamos de una vez el hecho de que Dios merece recibir de su creación todo honor y gloria, y que es justo que él busque su propio honor. Sólo él es infinitamente digno de ser alabado. Darse cuenta de este hecho y deleitarse en eso es haber hallado el secreto de la verdadera adoración.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Teología Sistemática”

Por Wayne Grudem

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